The Objective
Jorge Vilches

El Papa no es suyo

«El sanchismo ha fracasado en su intento de instrumentalizar la visita del Papa, mientras los casos de corrupción siguen ahogando una legislatura muerta»

Opinión
El Papa no es suyo

Ilustración generada mediante IA.

Resultan grotescas las contorsiones de la izquierda y sus medios para que las palabras del Papa coincidan con sus obsesiones partidistas. Sin embargo, el sanchismo no ha conseguido que la visita de León XIV y la defensa del inmigrante vulnerable reduzcan la presión que sufre por los casos de corrupción. De hecho, algunos ministros aplaudieron las palabras del Pontífice en el Congreso con el mismo entusiasmo que yo pago mis impuestos.

El sanchismo —y el progresismo que le cuelga— no acaba de entender que el Papa no habla de política, sino de principios. No comprende que la doctrina de la Iglesia no es el programa electoral de un partido, sino que se basa en siglos de pensamiento y experiencia, y en una visión del mundo y de las personas basada en el cristianismo.

En consecuencia, resulta absurdo que los políticos y medios izquierdistas pretendan que la defensa de la vida frente a la cultura de la muerte —aborto y eutanasia— es compatible con un Gobierno que quiere blindar en la Constitución la interrupción del embarazo, por ejemplo. De ahí que León XIV dijera que la bondad de una ley no reside en contar con una mayoría parlamentaria, sino en sostener la dignidad humana. El contraste es llamativo. Mientras el Papa señala que el progreso de la civilización es el cuidado de la vida, la izquierda insiste en que el progreso es acabar con ella cuando la persona no ha nacido, ha envejecido o está enferma. No es lo mismo. Solo de esta coherencia vital surge el respaldo de la Iglesia al bienestar de los inmigrantes vulnerables.

Peor ha sido para la izquierda gobernante y mediática que León XIV recordara los dos fundamentos históricos de nuestra nación: la raíz cristiana y la lengua española. Tampoco debió agradar la referencia a la Escuela de Salamanca en lo relativo a los derechos humanos y a la limitación del poder. Ni una cosa ni otra debieron gustar a aquellos que adoran las dictaduras pasadas y presentes —como Venezuela, Cuba o China—, y que sueñan con levantar muros que dejen fuera a quienes no piensan igual. No en vano, la referencia papal a la libertad de pensamiento y expresión como fundamento de la democracia debió chirriar a quienes han atacado sistemáticamente en nuestro país a la oposición, a los jueces independientes y a la prensa libre.

Por eso, cuando León XIV hablaba de la responsabilidad de los políticos en el cuidado de las palabras era imposible no pensar en los argumentarios sanchistas llenos de insultos, repetidos por su equipo de opinión sincronizada. Expresiones como «máquina del fango», «fachosfera» o «ultras», que son una constante en la izquierda para la creación de su relato, constituyen justamente los ejemplos negativos que ha señalado el Papa. Ese lenguaje humillante llama al enfrentamiento polarizado, no al debate para la convivencia. En el fondo, y la izquierda lo sabe, el belicismo dialéctico forma parte de su alma totalitaria para la exclusión de la derecha de la vida pública.

«El Papa dijo que la ‘memoria histórica’ no debería ser un arma arrojadiza, sino el recuerdo general a los que sufrieron»

Tampoco se nos escapa que el Gobierno ha usado la polarización y las palabras humillantes —el guerracivilismo retórico—, para desviar la atención y crear una polvareda que oculte su corrupción y su cesión a los independentistas. Por eso, cuando León XIV hablaba de «paz» no se refería solo a las guerras de Ucrania y Oriente Medio, sino también a la política para la paz dentro de una comunidad política. Es hipócrita predicar el pacifismo lejos y, al mismo tiempo, polarizar al extremo la opinión pública del propio país para sacar un rendimiento político como hace el sanchismo. No es cristiano —ni coherente ni moral— sembrar la paz fuera y la guerra en casa. Por eso el Papa dijo que la «memoria histórica» no debería ser un arma arrojadiza de un partido contra otro, sino el recuerdo general de los que sufrieron.

Lo mismo pasa con su visión comunitaria. En su ignorancia, esta izquierda no ha entendido que la Iglesia y León XIV hablan del «bien común», no del «bien de lo público» o del Estado. De ahí que, para escándalo del progresismo, el Papa haya defendido lo evidente: que la educación de los niños la deciden los padres, no el político de turno empeñado en la ingeniería social. Por cierto, en la tribuna del Congreso estaba Isabel Celaá, infausta ministra de Educación en 2020 y hoy embajadora en la Santa Sede, autora de la célebre frase: «No podemos pensar de ninguna de las maneras que los hijos pertenecen a los padres».

Pero no se equivoquen: no es que León XIV haga política, es que repite los principios de la Iglesia con independencia de quién tenga delante. El Papa no ha venido a leer la cartilla a nadie. Es un líder espiritual en auge —se ha visto estos días en Madrid— y venía a hablar a los fieles y necesitados, tanto como a propagar la doctrina. Es por esto que el sanchismo ha fracasado en su intento de instrumentalizar la visita del Papa, mientras los casos de corrupción siguen ahogando, sin distracción posible, una legislatura muerta hace tiempo. De hecho, a Sánchez ya le queda una bala menos en la pistola. De tres que tenía —Papa, mundial de fútbol y vacaciones—, la primera ha fallado.

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