Desvergüenza
«Al final, todo este edificio de desvergüenza no caerá por un arrebato moral del sanchismo, sino por la aritmética implacable y el funcionamiento de la justicia»

Imagen creada con inteligencia artificial.
Nada es suficiente para que P. S. dimita o convoque elecciones. El motivo es que el sanchismo ha fusionado con enorme eficacia la desvergüenza y el victimismo, en un relato solo apto para feligreses enajenados y bien difundido por su prensa. En cualquier democracia europea, el presidente del Gobierno habría dimitido si su esposa es imputada por corrupción. Aquí, se victimizan y denuncian un golpe de la derecha usando a jueces y periodistas. No creen en lo que dicen, pero les sirve como excusa para continuar en el poder.
Lo mismo ocurre con la sentencia de 24 años para Ábalos, que fue la mano derecha de Sánchez desde 2016 en el Gobierno y en el partido. Fue quien presentó la moción de censura contra el PP como abanderado moral y tomó las riendas del PSOE para domarlo al capricho del jefe. Ahora le cae casi un cuarto de siglo de prisión, y los peones del sanchismo tratan de que nos fijemos solamente en la escasa condena a Víctor de Aldama. Para el sanchismo, el problema no son los años de prisión que han caído en un ministro de Sánchez que se enriqueció de forma ilícita e inmoral mientras moría gente, sino dominar el relato y distraer la atención.
Por supuesto: es inconcebible que en una democracia de la Unión Europea exista un presidente del Gobierno que no dimita teniendo a su mano derecha en la cárcel. España es hoy una anomalía vergonzante en la UE, donde sus gobernantes no solo son corruptos o están en el banquillo, sino que crean una narrativa contra la independencia del poder judicial y la prensa libre. Este desprecio a la dignidad y a las reglas mínimas de la democracia liberal demuestra que tenemos en Moncloa a un Gobierno autoritario. De ahí su resistencia a someterse a las urnas, temiendo que el día que pierdan el poder perderán la impunidad y los restos del naufragio socialista se les echarán encima.
Si el PSOE fuera una organización con dignidad y vergüenza, esto no ocurriría. Mientras el laborista Keir Starmer dimite porque su partido va a la ruina electoral, aquí Sánchez, en peores circunstancias y contando cada comicio como una derrota, se aferra al poder como el lobista Zapatero a una comisión. Lo hace porque el Partido Socialista no tiene sangre ni espíritu, convertido en un siervo del autoritarismo que reza para no salir de Moncloa. Entre cobardes y negligentes, los socialistas no sanchistas, si es que queda alguno, solo esperan a que el sanchismo se desangre. No les queda otra cosa: aguardar a que se vaya deshaciendo y quede marchito tras cada sentencia.
Al tiempo, el PSOE va perdiendo la poca vergüenza que le quedaba. No podrá volver a ser un partido de gobierno en mucho tiempo o quedará reducido a una fuerza residual, como ocurrió en Grecia, o pasará a ser un mero objeto de estudio histórico, como los socialistas franceses o italianos. Ningún candidato de ese partido podrá acudir a un medio y hablar de la corrupción de las derechas, de que el PSOE es la honradez o de que defiende a la gente común.
No podrán porque organizaron una trama corrupta y autoritaria antes de llegar al poder con un pucherazo en la sede de Ferraz y, una vez logrado, se irán inmersos en sentencias para el entorno familiar y político de Sánchez. Tampoco se verán en disposición de hablar de la Constitución española, ni de la unidad nacional en un proyecto común, ni del respeto a la división de poderes o de la libertad de prensa. Han destruido los puentes de la democracia para ocultar la corrupción, y eso tiene consecuencias.
Ahora van a cantar Julio Martínez, alias «Julito», y Leire Díez, la fontanera. El ejemplo de Víctor de Aldama es elocuente: si quieren condenas leves, deben delatar a sus jefes. Así caerán Zapatero y, detrás de él, Sánchez, que tendrá que defender en el Congreso que no se conceda el suplicatorio para ser juzgado. Mientras, P. S. se agarra a la legitimidad económica como único motivo para seguir en el poder. «Somos corruptos, pero España va bien y la gente tiene bienestar», parece decir. No es casualidad que este argumento sea utilizado por la dictadura china.
Al final, todo este edificio de desvergüenza no caerá por un arrebato moral del sanchismo, sino por la aritmética implacable y el funcionamiento de la justicia. Cuando los sumarios avancen, cuando Julito y Leire canten, cuando las sentencias se acumulen, el relato no servirá para nada. Entonces veremos al PSOE enfrentarse a su propio espejo: un partido que sacrificó su dignidad para mantener a un líder que únicamente quería impunidad. Y cuando llegue ese momento —porque siempre llega— no habrá victimismo, ni prensa amiga, ni apelaciones al bienestar que puedan tapar la evidencia. Solo quedará el rastro de un partido que eligió la corrupción antes que la democracia y que ahora se desmorona bajo el peso de su cinismo y cobardía.