Unos presupuestos quiméricos
«Ha bastado con anunciar que va a presentar unos para 2027 para que sus socios intuyesen que estos iban a ser el instrumento para obtener los últimos privilegios»

Ilustración generada mediante IA.
Ante lo que está cayendo, Sánchez no sabe ya qué conejo sacar de la chistera. Delante del empresariado catalán, jugando por tanto en campo propio, notificó que el Gobierno va a presentar los Presupuestos de 2027. En realidad, en condiciones normales, el anuncio no tendría ningún sentido, porque sería una obviedad; más que una obviedad, una obligación constitucional. Pero en esta legislatura nada es normal, y cuesta suponer que algo de lo que dice Sánchez vaya a cumplirse. Es difícil creer que, después de estar toda una legislatura contraviniendo la Constitución y sin presentar en ningún año los Presupuestos, lo vaya a hacer cuando la legislatura está muerta y para un ejercicio en el que las elecciones se celebrarían, en el caso más favorable, a su mitad.
En realidad, promesas, promesas, han existido siempre. Todos los ministros —en especial la de Hacienda—, a lo largo de todo este año, nunca han dejado de afirmar que estaban trabajando para presentar los presupuestos. La novedad, por tanto, se encuentra más bien en que por primera vez reconocen que en 2026 tampoco los va a haber y que se repetirá lo ocurrido en 2025 y en 2024. Aunque bien es verdad que, a estas alturas del año, nadie podía esperar ya otra cosa.
¿Qué finalidad persigue Sánchez con este anuncio? Tal vez, una vez más, se trataría de extender una cortina de humo. Cambiar de perspectiva y conseguir que la prensa hable de algo distinto a los múltiples casos de corrupción que le afectan a él y al PSOE. Pero en esta ocasión existen también otros motivos. Por ejemplo, pretende echar un órdago frente a todas las especulaciones que se produjeron en los días anteriores sobre el fin de la legislatura y la posible presentación de una moción de censura.
Y es que Sánchez conoce mejor que nadie las verdaderas intenciones y también las limitaciones de sus socios en ese Gobierno de vocación cantonalista, que no progresista. Sabe de sobra cuáles fueron los verdaderos motivos de la moción de censura que plantearon hace ocho años y que, desde luego, nada tenían que ver con la posible corrupción del PP. Esta constituía tan solo un pretexto. Para unos, la razón se encuentra en que la única forma de estar en el Gobierno es incurrir en sodomía política, comprando el apoyo de nacionalistas y soberanistas; y los otros quieren obtener a costa del Estado, es decir, del resto de las autonomías, toda una serie de privilegios y prebendas que en condiciones normales no conseguirían.
Sánchez ha sido consciente desde el principio de que los nacionalistas, muchos de ellos convertidos ya en golpistas, no pueden abandonarle, aunque lo digan, porque nadie excepto él es capaz de traicionar al Estado y darles al menos parte de lo que piden. Vascos y catalanes también lo saben. Por eso resulta tan ridículo cuando adoptan esas poses y afirman que han roto todas las amarras con el Gobierno o que Sánchez debe convocar elecciones.
«Si el líder del PP ha puesto sobre la mesa la moción de censura, pienso que es tan solo para mostrar fehacientemente la hipocresía de los nacionalistas»
Feijóo participa también de la misma opinión y por tal razón entiende que una moción de censura estaría perdida de antemano y que él nunca podrá llegar al acuerdo que demandan los integrantes de la coalición de vocación cantonalista. Es verdad que Junts y el PNV son de derechas, muy de derechas, quizás más que el mismo PP. Pero hace mucho tiempo que el juego político que se practica en España nada tiene que ver con las izquierdas y las derechas, sino con los cantones y el provincialismo.
Si el líder del PP ha puesto sobre la mesa la moción de censura, pienso que es tan solo para mostrar fehacientemente la hipocresía de los nacionalistas y en especial de Aitor Esteban. El líder del PNV, después de presentarse muy digno censurando la actual situación política y postulando la necesidad de convocar elecciones anticipadas, se ha negado a participar de cualquier forma en una moción de censura, con lo que expresaba de forma clara que sus quejas y lloros eran pura impostura.
Al principio, Esteban puso como excusa a Vox, manifestando que el PNV no podía participar en nada en lo que estuviese esta formación política. Excusa un tanto infantil, porque se supone que, quieran o no, habrán tenido que coincidir con Vox en muchas votaciones en el Congreso, tanto más cuanto que ideológicamente, dejando al margen el tema territorial, PNV y Vox tienen bastante parecido. Por otra parte, si su rechazo va dirigido a evitar que Vox entre en el Gobierno, esta postura no deja de ser contradictoria con su petición de que se disuelvan las Cortes y se convoquen elecciones, porque el resultado electoral lógicamente será el mismo, se convoquen los comicios de una u otra manera.
Feijóo, con la finalidad de dejar más al descubierto la farsa del líder del PNV y privarle de sus falsos argumentos, se comprometió a que, si triunfaba la supuesta moción de censura, formaría un Gobierno simplemente de transición, orientado en exclusiva a convocar elecciones y en el que no estuviese Vox. Es más, esta última formación afirmó que estaría de acuerdo con esta forma de actuar con tal de provocar una nueva consulta electoral. Otra cosa distinta sería, por supuesto, el Gobierno que saliese de estas nuevas elecciones. Pero nada distinto de si Sánchez hiciese caso a Esteban y disolviese las Cortes.
«Son significativos los reproches que Esteban lanza al PP y que, según él, son impedimentos para apoyar una moción de censura»
El discurso de Aitor Esteban tomó luego un rumbo nuevo: reprochar al PP no sé cuántos agravios, queriendo indicar con ello que no podía apoyar una moción de censura de esta formación política. Una vez más, cae en una flagrante contradicción, porque lo que no quiere en definitiva es un Gobierno PP-Vox, ni siquiera un Gobierno exclusivamente del PP. Claramente, sus preferencias son que se mantenga el Gobierno actual, que es del que saben que pueden obtener casi todo lo que quieran. Pero entonces, ¿a qué viene denunciar la existencia de una caótica situación de la política española actual, si es en esa situación en la que se encuentra a gusto? ¿Y por qué plantea la necesidad de convocar elecciones anticipadas cuando, con bastantes probabilidades, el resultado va a ser cambiar el estado de cosas que es el preferido del PNV e introducir otro que no desean?
Son significativos los reproches que Esteban lanza al PP y que, según él, son impedimentos para apoyar una moción de censura. Denuncia que no han defendido en Bruselas la introducción del vasco como idioma oficial de la Unión. También se han posicionado en contra de constituir una selección de pelota vasca en Euskadi o han protestado porque se transfiriera al PNV la propiedad del edificio de Avenue Marceau, en París, en el que está alojado en la actualidad el Instituto Cervantes. Como se ve, todos ellos asuntos de extrema trascendencia por los que merece la pena poner en juego la democracia y la gobernabilidad del Estado.
Y es que al PNV le importa un bledo que haya o no corrupción en España; pasa de que se esté deteriorando la democracia o de que en toda la legislatura no se haya aprobado ni un solo presupuesto. No le afecta nada de todo ello, a pesar de afirmar que la legislatura está terminada. Lo único que le interesa es que el vasco se hable en Europa, que se apruebe la selección de pelota vasca o que devuelvan al PNV el edificio de París.
Otegi lo ha dicho claramente. En este sentido, su discurso es menos hipócrita. Lo único importante es mantener el bloque —él dice progresista, pero en realidad cantonalista— porque su interés exclusivo es avanzar hacia la soberanía vasca. Las elecciones, cuanto más tarde, mejor. La corrupción para Bildu carece de trascendencia; es tan solo una operación inventada por las fuerzas, según ellos, retrógradas, para dificultar el camino hacia el Estado plurinacional.
«Ya sabemos que en esos presupuestos se va a incorporar el nuevo sistema de financiación autonómica y la condonación de deudas»
Algo parecido se puede afirmar del nacionalismo catalán, encerrado, al igual que el vasco, en sus intereses provincianos. Intereses que están unidos al Gobierno Frankenstein y a su permanencia. Y, digan lo que digan, están lejos de querer un adelanto electoral, sea por la disolución de las Cortes o por una moción de censura. Sánchez, que conoce muy bien todo ello, ha querido cerrar cualquier brecha y sabe que era fácil hacerlo. Ha bastado con anunciar que va a presentar unos presupuestos para 2027 para que sus socios intuyesen que estos iban a ser el instrumento para obtener los últimos privilegios, aprovechando el tiempo que queda pendiente.
Ya sabemos que en esos presupuestos se va a incorporar el nuevo sistema de financiación autonómica y la condonación de deudas. A pesar de la publicidad que desde Hacienda y desde Cataluña se ha querido hacer garantizando que con estas medidas todos salimos beneficiados, es muy posible que tuviesen dificultades para ser aprobadas aisladamente, ya que formaciones como Compromís, la Chunta, Más Madrid, BNG, etc., si fuesen congruentes, no podrían sancionarlas. No es verdad que todos los españoles salgan ganando. Por más que el dinero a distribuir se incremente, si unos reciben más que otros y el coste se reparte por igual a través de la Hacienda pública de la Administración central, es evidente que habrá transferencia de unas regiones a otras.
Se mire como se mire, los catalanes, bien sean de Esquerra o de Junts, se mueven en la misma órbita, la de exprimir lo más posible al Estado. Pero en ese mismo campo juegan también los empresarios catalanes. Hay algo que está por descubrir: la rama económica del procés y del golpe de Estado. Feijóo lo dejó muy claro en el Cercle d’Economia. Sabía lo que podía esperar del empresariado catalán. «No vengo a pedir favores ni tampoco a regalarlos». Los participantes afirmaron que no había estado empático.
Quien sí derrochó empatía fue Sánchez. Él sí fue a dar y a pedir favores. A demandar que le ayudasen a mantener unido el bloque cantonalista, lo cual no es muy difícil, ya que sus miembros lo están deseando, y a ofrecerles a cambio mantener el río de prebendas que viene derramando sobre los independentistas. Y para ello les anuncia unos presupuestos fantasma que ciertamente no se podrán ejecutar, pero que servirán como vehículo para aprobar determinados compromisos, tales como el sistema de financiación, o se utilizarán como instrumentos de propaganda en una próxima campaña electoral.
Todos los gobiernos, cuando anuncian los presupuestos, afirman que son los más sociales de la democracia. Pero en esta ocasión podría ser que sobre el papel sea cierto —el papel lo aguanta todo—, ya que son unos presupuestos espectrales, quiméricos, que no se van a ejecutar, por lo que se les puede engordar todo lo que se quiera y sea preciso para convertirlos en un buen instrumento de propaganda. Además, cuanto más se inflen, mayor será el marrón para el siguiente Gobierno.