The Objective
Cristina Casabón

La caza del juez Peinado

«El victimismo en torno a Begoña es una forma de blindaje dentro de este relato y parece que funciona para cerrar filas»

Opinión
La caza del juez Peinado

Ilustración generada con IA.

Comienza la caza de Peinado, del juez Peinado, por los tapices con cacerías del Consejo General del Poder Judicial y de la Moncloa, por las cacerías como tapices, en los cotos de las familias del sanchismo. El juez Peinado se ha convertido en el quinqui ideológico que viene de una casta, la que el abogado del hermanísimo ha definido como España cañí. Hay que cazar al juez Peinado, no porque lo haga bien o mal, sino porque es una suerte de parvenu judicial, un bastardo ideológico. 

A mí me afecta la persecución política del juez Peinado (montería en la que participan, incluso, los editorialistas de algunos periódicos de derechas), porque, literaria como es una, veo ya en este magistrado un personaje de novela, un juez de raza, el último contrapoder de la democracia, fiel a aquel artículo 14 de la Constitución que empieza recordando que todos los españoles son iguales ante la ley. Lo hizo mal cuando puso en entredicho a funcionarios de la Policía Judicial que trabajan de escoltas de la señora; lo hizo como ustedes quieran, pero su aventura interior era recordar que aún existen jueces que, junto con los periodistas, son los últimos andamios y contrapesos del poder político. 

Pero para fábula literaria, la teoría del relato de asedio permanente contra el entorno del presidente. El victimismo en torno a Begoña es una forma de blindaje dentro de este relato y parece que funciona para cerrar filas. Nos quisieron hacer creer que esta señora no era como tú ni como yo, y la única diferencia es que ella tiene menos vergüenza y ambición de ser catedrática, con lo mal que está la universidad. Pero hay un mal cálculo: resulta especialmente ridículo que el victimismo se ejerza contra un juez que ha recibido cartas amenazantes e intimidaciones a su correo electrónico y despacho en 2024. 

La desconfianza hacia los jueces —o las guerras de unos jueces a otros, que es cosa más técnica y consiste de momento en abrir expedientes— se convierte así en una lluvia fina que va calando y dañando nuestro traje institucional. Puede sostenerse que la retirada del pasaporte es una medida discutible. Podemos juzgar que el juez Peinado ha ido demasiado lejos poniendo en entredicho la labor de los agentes de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado que forman parte de la escolta de la señora Gómez. Dudar de si esto es o no apropiado forma parte de la controversia jurídica normal en una democracia. Lo que ya pertenece a otro orden de cosas es convertir una discrepancia de criterio o incluso procesal en lawfare. 

 Una cosa es cuestionar la proporcionalidad de una cautelar o bien las palabras de un juez y otra muy distinta es la cacería que estamos viendo contra el juez Peinado. Y, quizás, quienes sostienen que determinadas decisiones judiciales están dando alas a la interpretación más conspirativa sobre lawfare deberían detenerse un momento y preguntarse quién mantiene viva esa ficción y hacia quién se dirige realmente la cacería. 

«Podemos juzgar que el juez Peinado ha ido demasiado lejos poniendo en entredicho la labor de los agentes de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado que forman parte de la escolta de la señora Gómez»

Peinado quiere reinventar la política, cuando lo único que ocurre es que la política le ha inventado a él. De modo que este valiente juez no es sino la metáfora de cómo el lobo estepario, el parvenu, el mínimamente independiente, lo haga bien o mal, puede poner en pie de guerra a las cien familias del sanchismo. La consigna es la misma desde 2024, siempre ha sido la misma, explícita o tácita, razonada o visceral: «Hay que cazar a Peinado».

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