The Objective
Gabriel Tortella

PSOE: ¿un juguete roto? (y 2)

«El partido ha ido cruzando todas las líneas rojas, confiando en que, para el votante socialista, sea más importante ostentar el poder que ser intelectualmente honesto»

Opinión
PSOE: ¿un juguete roto? (y 2)

Ilustración generada mediante IA.

En mi artículo anterior terminaba preguntándome si el uso indebido del Partido Socialista para su propio beneficio (y en perjuicio no solo de sus propios votantes, sino de la nación en su conjunto) por parte de Pedro Sánchez terminaría redundando en el hundimiento del partido e incluso su posible desaparición, como sucedió no hace tanto tiempo con Ciudadanos y UPyD, y, más lejanamente, con la UCD de Adolfo Suárez.

Que la posibilidad existe es indudable, y nadie es más consciente de ello que el propio Pedro Sánchez, el de las derrotas pédricas, es decir, derrotas que, aunque numerosas, no son suficientes para desalojarle de la Moncloa, donde se instaló a principios de junio de 2018 y en la que está decidido a hacerse fuerte e inamovible contra voto y marea. A convertirse en dictador, vaya. En esta segunda parte voy a ahondar en la cuestión manteniéndome en el plano puramente político, dejando a un lado los problemas de corrupción, no porque no tengan importancia —que la tienen, y mucha—, sino para no convertir este artículo en un libro.

Hasta tal extremo es consciente Sánchez de que los españoles le van a rechazar en las próximas elecciones generales que ha decidido poner todos los medios para incorporar al electorado español unos dos millones de extranjeros de matute, neoelectores o exoelectores, que son más propensos a votar por él porque ni le conocen a él, ni conocen España, algo que las últimas elecciones autonómicas han puesto de relieve: donde los españoles votaban contra Sánchez, los extranjeros votaban a favor. Nada debe sorprendernos del político más tramposo y mentiroso de nuestra historia contemporánea (quizá empatado con Fernando VII). Lo que sí sorprende es que la oposición no parezca estar haciendo nada para impedir el neopucherazo de matute que fragua este rufián (con perdón de los demás rufianes, prostibularios, parlamentarios, o como fueren).

«España y yo somos así, señora», dice un personaje, que es el polo opuesto de Sánchez, en la famosa obra de Eduardo Marquina En Flandes se ha puesto el sol. La frase aquí viene a cuento porque corrobora otra famosa, esta popularizada por Manuel Fraga cuando era ministro de Franco: «España es diferente». ¿En qué es diferente España? En muchas cosas (en realidad, cada país tiene sus propias singularidades), pero una de las singularidades españolas es que el Partido Socialista ha gobernado aquí durante 29 de los 48 años (el 60%) que han transcurrido desde que está vigente la Constitución, aunque, tanto en Europa como en el resto del mundo, los partidos socialistas están en cuarto menguante.

¿Por qué es tan resiliente el Partido Socialista español, en especial después de las calamitosas ejecutorias de Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez? La impopularidad de Sánchez, en particular, es proverbial: no puede salir a la calle sin ser abucheado e injuriado, como se comprobó recientemente, una vez más, cuando pisó la acera en Madrid, tan solo un instante, en compañía del Papa (que, en cambio, cosechaba aplausos continuos). El problema de Sánchez es que, además de ser un gobernante inepto y corrupto, y a pesar de tener buena facha, tiene un gesto antipático y falso, chulo y suficiente, y, en España, esto es casi lo más grave. Lo personal pesa mucho.

«El problema de Sánchez es que, además de ser un gobernante inepto y corrupto, tiene un gesto antipático y falso, chulo y suficiente»

En su partido es otra cosa; ahí se le respeta, más que se le quiere, pero conserva apoyos por dos razones primordialmente: reparte puestos y prebendas a voluntad y capricho; y se las arregla para mantenerse en el poder a pesar de su impopularidad, pase lo que pase, a contracorriente, pero siempre «impasible el ademán» (otra cita de otro clásico) y jamás asumiendo su responsabilidad (que es otra manera de mentir).

Y ahora llega el momento de volver a la gran pregunta: ¿por qué? ¿Por qué tiene tanto predicamento en España el Partido Socialista cuando en una gran parte de los países europeos el socialismo está de capa caída o, sencillamente, ha dejado de existir?

Hagamos un poco de historia: el siglo XX fue el gran momento del socialismo, sobre todo en Europa. Después de un siglo de lucha (el XIX), el socialismo triunfó en las dos grandes posguerras (1918-1939 y 1945-1992), como creo haber demostrado en mi libro sobre las grandes revoluciones. Pero en ciencia social abundan las paradojas: igual que, como descubrió Mancur Olson, económicamente es bueno perder guerras, en política es deletéreo para un partido lograr sus objetivos. Tras triunfar en el siglo XIX, el liberalismo dio paso al socialismo en el siglo XX; y este, a su vez, tras triunfar en el XX, ha dado paso a un conservadurismo moderado, de una parte, y a un izquierdismo minoritario y disparatado, de otra. ¿Menos en España? Desde luego, en esta materia España ha vuelto a ser diferente.

Aquí, tras los seis años de reformismo conservador de UCD y los 14 de reformismo socialista, se había logrado, con retraso, pero apresuradamente, la revolución socialdemócrata. Llegó entonces el momento, en 1996, de volver al conservadurismo reformista de Aznar, que culminó su acierto con la mayoría absoluta de 2000. Entonces el Partido Socialista vio abrirse un abismo a sus pies: cumplido su programa, ¿qué podía ofrecer a sus electores? En principio, poca cosa, y menos con la escasez de talento que albergaba; pero, entonces, una nueva generación del PSOE se asió a la divisa de Fraga como a un clavo ardiendo: «España es diferente».

«Durante el segundo mandato de Aznar, muchos en el PSOE empezaron a preparar el gran bandazo: pactar con separatistas»

¿En qué más es diferente? En dos cosas fundamentales: 1) Ha sufrido una guerra civil y la larga dictadura de Franco; y 2) tiene poderosos partidos separatistas en Cataluña y el País Vasco. Estas disparidades son otras tantas minas de oro para políticos oportunistas y desvergonzados. De estos había ya entonces muchos en el PSOE, los cuales, durante el segundo mandato de Aznar, empezaron a preparar el gran bandazo: pactar con separatistas y terroristas, para forjar una nueva mayoría a la que uno de ellos, Rubalcaba, motejó acertadamente: «Gobierno Frankenstein». Era, nada menos, lo contrario de lo que el PSOE venía propugnando desde la Transición. Pero era el único medio de conseguir alcanzar el Gobierno, el alfa y la omega del nuevo socialismo español. Había que lograr el poder como fuera; luego ya se vería qué hacer con él. Para endulzar tan amarga medicina, tan descarado arribismo, se resucitaría a Franco a bombo y platillo y se emprendería una intrépida campaña contra su cadáver.

Era un bandazo irresponsable y demagógico, pero que podía rendir sus frutos: al socialista de la vieja escuela que tuviera problemas de conciencia, se le enseñaba la puerta de salida. Y, efectivamente, comenzó un desfile de socialistas honrados y con principios: Joaquín Leguina, Nicolás Redondo Terreros y un largo goteo que continúa hoy mismo.

Los accesos del PSOE al Gobierno a partir del bandazo populista han sido poco normales, acompañados de raros incidentes traumáticos, como un atentado terrorista y la única moción de censura que ha triunfado en medio siglo de democracia. Pudiera llamársela «moción Frankenstein». Luego, en el poder, el partido ha ido cruzando todas las líneas rojas, confiando en que, para el votante socialista, sea más importante ostentar el poder que ser ideológicamente coherente e intelectualmente honesto. El constitucionalismo salió por la borda; se pactó abiertamente con los separatistas, algo que hasta entonces había sido tabú y muy criticado cuando Aznar lo hizo en 1996. El terrorismo de la ETA pasó de ser un crimen a considerarse poco más que una travesura, y, una vez logrado que proclamara el alto el fuego, los años de violencia fueron relegados al olvido mientras la Guerra Civil era transportada al presente y el cadáver de Franco exhumado e inhumado en términos tanto retóricos como materiales.

Como Fausto, el socialismo español vendió su alma al diablo a cambio del acceso al poder, por precariamente que sea. Gobernar con el apoyo de los separatistas habiendo perdido las elecciones de 2023 significa violar continuamente la letra y el espíritu de la Constitución, pero eso no importa, porque Sánchez ha colocado a uno de sus esbirros judiciales en la presidencia del Tribunal Constitucional, que se ha convertido, acto seguido, en Tribunal Anticonstitucional. Con el sanchismo en el poder, las instituciones tienen cometidos diametralmente opuestos a lo que proclaman sus títulos, y sus objetivos son estar al servicio del Gobierno, no al del pueblo, cuyos intereses son casi siempre antitéticos.

«Gobernar con el apoyo indispensable de los separatistas equivale a que sean estos quienes gobiernen España»

Así, el Ministerio de Igualdad está basado en la premisa de que los hombres son violentos y agresivos y las mujeres no, por lo que unos y otras deben recibir tratos judiciales radicalmente diferentes. Es, en realidad, el Ministerio de Desigualdad. El Ministerio de Transportes, por su parte, debiera llamarse Ministerio de Descarrilamientos y Retrasos y tener como divisa la frase inmortal de su simiesco titular: «Lo estoy haciendo muy bien». El Ministerio de Hacienda debiera llamarse de Estrujar al Ciudadano y Gastar sin Presupuesto… Pero volvamos a Presidencia.

Gobernar con el apoyo indispensable de los separatistas equivale a que sean estos quienes gobiernen España: uno se pregunta si los millones de votantes que aún apoyan al PSOE son conscientes de esto. A los partidos separatistas la corrupción y la incompetencia del PSOE no les importan absolutamente nada. Al contrario: cuanto más desprestigiado esté el Gobierno, más se le puede exigir, es decir, más caro se puede vender el apoyo, y más se justifica el separatismo contra una España corrompida. El precio que el gobierno paga por tal apoyo corre a cargo de los españoles, cuyos impuestos se vuelcan a carretadas en favor de las autonomías donde triunfa el separatismo, Cataluña y el País Vasco, que resultan estar entre las más ricas.

El igualitarismo tradicional de la izquierda, por consiguiente, también ha saltado por la borda. En la actual España socialista, los pobres subvencionan a los ricos: he aquí la última moda del progresismo, que hoy personifica el anterior presidente, Rodríguez Zapatero, que afirmaba en su día que ser socialista es «tener poco y dar mucho» y, sin embargo, hoy está enredado en un caso de blanqueo de capitales y extorsión al servicio de la dictadura venezolana. Para colmo de tener poco, se le han incautado joyas en su caja fuerte por valor de casi un millón y medio de euros, cuyo origen no ha sido capaz de explicar verosímilmente. Es el caso del socialista contrabandista.

Hoy el socialismo español es un juguete roto en manos de Pedro Sánchez, que lo utiliza como hace con todo lo que toca, desde la Fiscalía, la Abogacía del Estado y el Tribunal Constitucional hasta Indra, Telefónica y Correos, y tantas otras empresas e instituciones, para sus propios fines, que son exactamente los opuestos a los de la mayoría del país, incluidos los votantes del PSOE. Cuanto antes se percaten estos de ello, cuando adviertan que están votando contra sí mismos y contra España, como ya lo advirtieron antes extremeños y andaluces, que dejaron de votar al PSOE en cuanto le vieron la cara a Sánchez, antes dejará este partido de ser un juguete y de estar roto. Y lo mismo se aplica a España entera.

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