La pereza mental
El PSOE lleva mucho tiempo apelando, no a las ideas, sino a la inercia de las creencias heredadas de sus electores

Ilustración de Alejandra Svriz.
Es indudable que el cerebro se cansa de ejercitarse (igual que los músculos) y que, al cabo de un rato de esfuerzo mental continuo, tenemos ganas de dejarlo y pensar en otras cosas más sencillas. Eso le ocurre a un rascaplumas como yo, que, al cabo de haber escrito unas páginas, está deseando dejarlo y ver un partido de fútbol por televisión. Similar a lo que le ocurre a cualquiera tras una caminata o una carrera o nadar unas decenas de metros, a menos que estemos muy entrenados. Después del esfuerzo, desfallecemos. Esto nos lo han explicado médicos y psicólogos, y es algo normal.
La cosa se complica o agrava cuando la pereza surge antes de que hagamos el esfuerzo: que nos dé pereza levantarnos del sofá o leer un libro o incluso un periódico. En el terreno mental o cognitivo, lo alarmante sucede cuando perdemos la curiosidad o el sentido crítico y nos aferramos a unas convicciones o conclusiones que hemos adquirido en el pasado y que nos negamos a examinar de nuevo. Cuando, para emplear la terminología orteguiana, convertimos nuestras ideas en creencias; y las ideas «se tienen», y por tanto pueden cambiarse, pero en las creencias «se está» y, por tanto, son ellas las que nos poseen a nosotros.
La cuestión importante está en saber si uno se rige por ideas, siempre sujetas a revisión, o se rige por creencias inmutables. Y ya lo afirmo de antemano: las creencias son mucho más cómodas de manejar, porque no requieren ningún esfuerzo mental. A ellas, a su inmovilidad, nos conduce la inercia o pereza cognitiva.
Otra variable importante a tener en cuenta en este tema es la edad. Los niños son generalmente curiosos, y es lógico. Se encuentran inmersos en un mundo construido por otros, y quieren entenderlo: por qué hay que vestirse todos los días, por qué hay que comer tres platos y solo uno dulce, por qué da vueltas el sol en torno a la tierra y por qué demonios hay que ir al colegio todos los días. Y, cómo no, de dónde vienen los niños recién nacidos. ¡Tantas cosas que entender! Entre los padres y el colegio, los niños van encontrando respuestas a sus preguntas, hasta que, ya jóvenes adultos, muchos creen que han aprendido todo lo que necesitaban para desenvolverse en la vida y comienzan a cerrar la fuente de su curiosidad. Pasan de las ideas a las creencias.
Esto es una equivocación. Vivimos en un mundo cada vez más complejo y cambiante, de modo que esas creencias que nos son tan gratas y tan cómodas se van quedando desfasadas y nos inducen a cometer cada vez más errores. Para no equivocarnos, debemos mantener la antena de la juventud desplegada, y seguir cuestionando y replanteando todo para evitar darnos de narices con realidades que ignorábamos por pereza y que a menudo nos dan grandes disgustos.
«Con el franquismo hemos transmitido una creencia errónea: que la izquierda, con todas sus equivocaciones, es moralmente superior»
Esto es algo que yo intentaba demostrar en mis anteriores artículos, comparando a personajes tan aparentemente dispares como Trump y Sánchez. La pereza mental, o «inercia cognitiva», no es patrimonio exclusivo de los españoles, aunque tiendan a incurrir en ella con excesiva frecuencia. Un ejemplo: la dicotomía derecha-izquierda tiene en España hondas raíces históricas (la proverbial existencia de «las dos Españas») y permaneció casi inmutable desde las Cortes de Cádiz a causa del relativo estancamiento económico del siglo XIX. Estalló violentamente con la II República y la Guerra Civil y, a causa de ello, pervive todavía con el recuerdo ya casi centenario de aquellos años críticos. Es hoy causa de un cierto escoramiento a la izquierda de la opinión pública, a pesar de que el cambio económico y social en el siglo XX haya sido muy profundo. El recuerdo de las cuatro décadas de franquismo no nos ha abandonado a los que lo vivimos y lo hemos transmitido a las siguientes generaciones.
Con él hemos transmitido una creencia errónea: que la izquierda, con todas sus equivocaciones, fue y es moralmente superior, en gran parte porque estuvo y está del lado de «los pobres del mundo» (como dice La internacional), mientras que la derecha defiende los intereses de los ricos. Esto es falso, como demuestra la historia económica, la historia del comunismo y como demuestra también la historia de la República (para muestra basta un botón), donde don Manuel Azaña, tan respetado por mis padres, tuvo el cuajo de pedir al presidente Alcalá Zamora que se repitieran las elecciones de 1933 porque las habían ganado las derechas.
Los Estados Unidos son un país muy diferente de España en todos los órdenes, aunque también existan ciertos rasgos comunes que no puedo examinar aquí. El caso es que la herencia histórica de los EEUU está más bien escorada hacia la derecha, ostentando en especial una fe casi innata en el liberalismo económico y un repudio instintivo hacia el intervencionismo estatal (todo lo contrario que en España, donde «lo público» tiene casi un halo de santidad). Esto es natural en un país de inmigrantes cuyo nivel de vida mejora rápidamente al pisar suelo americano y donde la economía de mercado está ligada históricamente a uno de los procesos de crecimiento económico más fulgurantes de la historia.
Pues bien, resulta bastante claro que tanto en España como en Estados Unidos está pesando electoralmente la pereza mental y que los electores, en momentos de indecisión y desconcierto, tienden instintivamente a seguir la querencia tradicional. Señalemos que lo mismo vimos en el Reino Unido hace diez años, cuando la inercia cognitiva británica votó absurdamente por el Brexit, en virtud de esa querencia ancestral isleña de separarse del continente, decisión histórica de la que se arrepintieron casi inmediatamente, pero que ya es muy difícil de enderezar y que les ha causado un sinfín de pérdidas económicas y de embrollos políticos.
«Solo mentes muy perezosas han podido tragarse los disparates que Trump ha vertido durante la campaña y su segundo mandato»
Algo parecido ha tenido lugar en Estados Unidos, donde Trump representa ese aislacionismo tradicional (basado en la creencia de una superioridad manifiesta, encapsulada en el acrónimo MAGA) que el país abandonó con Roosevelt y Truman durante la Segunda Guerra Mundial y la posguerra. Resulta curioso, dicho sea de paso, que Trump pretenda restaurar la grandeza de su país voceando a los cuatro vientos que allí las elecciones están sistemáticamente trucadas, algo que ningún otro presidente ha hecho, al menos en la historia reciente, y que es, esencialmente, falso.
Trump ha empleado el viejo recurso político de dividir al país en buenos y malos irreconciliables, denigrando hasta extremos inauditos a sus predecesores en el cargo. Solo mentes muy perezosas han podido tragarse los disparates que Trump ha vertido durante la campaña y durante su primer año y medio del segundo mandato. Pero parece que por fin una parte de los que le votaron han abierto los ojos ante las consecuencias de sus mentiras y errores, y es muy probable que en noviembre se lleve un revolcón electoral. Sus últimos dos años de mandato pueden resultar muy difíciles para él y, por ende, para los Estados Unidos y para el mundo.
Como están resultando igualmente difíciles para Sánchez y para España estos cuatro años de su malhadado y vergonzoso segundo mandato. A pesar de su recurso al mismo expediente electoral de Trump, la división del país (el famoso muro), condenando a la oposición al fuego eterno, Sánchez no fue reelegido como Trump. Sánchez, el de las victorias pírricas y las derrotas pédricas (en que el ganador no obtiene mayoría absoluta y el perdedor gobierna mediante pactos infames), tiene la peor historia electoral de nuestra actual democracia. Cuando se piensa, dejando la pereza mental a un lado, que su mejor resultado electoral han sido 123 diputados, un 35% del Congreso, y que lleva siete años consecutivos de derrotas electorales, uno se asombra de cómo se comporta en público, con una presunción que ofendería incluso a alguien que hubiera obtenido mayoría absoluta. Él, que ni soñar puede con la modesta mayoría relativa de 137 diputados que tiene el Partido Popular, adopta en el Congreso ante Feijóo la actitud de un rey ante el humilde súbdito descarriado.
Si el socialismo español hoy es de los pocos que sobreviven (malamente, en toda la extensión significativa de esta palabra) en Europa es porque, abandonando la racionalidad socialdemocrática, el PSOE se ha adentrado hace ya mucho tiempo por los caminos anfractuosos del wokismo y el populismo, apelando a la pereza mental de sus electores tradicionales y a la inercia cognitiva de los de la oposición, muchos de los cuales todavía quieren hacerse perdonar el ser de derechas, por moderadas y cristiano-demócratas que esas derechas sean.
«Consecuencia de todo este cúmulo de perezas mentales, EEUU, y el mundo entero, están sufriendo varias guerras locales»
Consecuencia de todo este cúmulo de perezas mentales, Estados Unidos, y el mundo entero, están sufriendo varias guerras locales, acompañadas de tasas intolerables de inflación, y probablemente tenga que recurrirse finalmente al racionamiento de la energía. España sufre lo mismo, y más, porque junto a unos niveles impositivos sin precedentes, soporta un deterioro de la moralidad pública y de la eficiencia política también sin precedentes, como demuestran: la pésima gestión sanitaria en tiempos de pandemia, cuando lo único en que pensaban nuestros socialistas era en cómo obtener beneficios de la tragedia y culpar a la oposición; la incuria de un ecologismo descaminado y una vil mezquindad política que agravaron los daños de la dana en Valencia hace año y medio; la obcecación de ese mismo ecologismo desnortado, que causó las 24 horas de apagón total hace ahora un año; el persistente caos ferroviario, con retrasos, descarrilamientos y decenas de víctimas mortales hace unos meses; unos niveles de corrupción también inéditos; la persistencia del desempleo; el aumento de la criminalidad; el desarreglo total en el mercado de la vivienda, cuya principal víctima es una juventud sin techo ni esperanza, y la indiferencia del gobierno ante los ataques a la propiedad privada.
Un Gobierno, además, arbitrario, inconstitucional y antidemocrático, sin presupuesto público ni control del gasto; el deterioro de la educación y de la sanidad; una productividad bajísima y estancada año tras año; la indiferencia de ese mismo Gobierno ante el asalto a nuestras fronteras por inmigrantes indocumentados, que es la única manera, para la política económica sanchista, de lograr crecimiento económico cuantitativo, ya que no desarrollo cualitativo, y quizá para rascar algún millón extra de votos favorables con vistas a otra derrota pédrica; etc.
Queridos conciudadanos: reflexionemos y, a la hora de votar, desperecemos nuestra mente y advirtamos que lo que importa no es que el Gobierno sea de derechas o de izquierdas, sino que sea eficiente y honrado. Merece la pena un pequeño esfuerzo mental antes de votar: dejemos, por favor, a un lado las creencias y activemos las ideas.
