'Hey, Trump! Listen to nosotros: we somos the hispanos'
«’We the Hispanos’ es el síntoma de un movimiento que busca revisar el papel de lo hispano en la historia»

Desfile por el Día de la Hispanidad en Nueva York. | Comité del Desfile de la Hispanidad
El titular tiene trampa porque no es un mensaje solo a Trump y a su más que cuestionable metodología sobre la inmigración. Los presidentes que lo precedieron hicieron también deportaciones masivas, aunque parece que se le reclama más a este presidente que, por ejemplo, a Obama, al que le rodea un aura de santurrón.
Hablamos mucho de la increíble impronta que dejó la Monarquía Hispánica primero y España después en los países de Hispanoamérica, pero muchas veces parece que se olvida que esa misma influencia se respira en numerosos estados de Estados Unidos por razones muy obvias. La primera, porque también hubo exploradores españoles que llegaron hasta allí. La segunda, porque la inmigración de los países iberoamericanos es la mayoritaria en dicho país. La imagen de los mal llamados «latinos» —lo correcto sería hispanos— ha cambiado sustancialmente en las últimas décadas, para bien. Estados Unidos rezuma influencia hispana en prácticamente todo su territorio, incluida la zona donde se asentaron las 13 colonias.
Y, sin embargo, esa evidencia —que está en los nombres de las ciudades, en el derecho, en la religión, en la cultura material y hasta en la propia configuración territorial— ha sido sistemáticamente invisibilizada por un relato histórico dominante que ha preferido construir la identidad estadounidense como un proyecto exclusivamente anglosajón. Es ahí donde entra We the Hispanos, el nuevo documental de José Luis López-Linares, que se estrena este viernes 17 de abril en cines y que pretende, precisamente, disputar ese relato.
El punto de partida del documental es tan sencillo como incómodo: cuando las 13 colonias británicas declaran su independencia en 1776, el territorio que hoy conocemos como Estados Unidos era, en su mayor parte, espacio de influencia o dominio español. Es decir, la América anglosajona nace, en gran medida, rodeada —y condicionada— por una América hispana previa. Algo que parece obvio de entrada, pero que, sin embargo, no lo es. Sorprende ver, en los primeros minutos del documental, unas imágenes de ¡procesiones de Semana Santa! que, de no ser por los edificios colindantes, bien podrían situarse en la mismísima Sevilla. Obviamente, eso es una herencia española.
Florida, Texas, California, Nuevo México, Arizona… no son simplemente territorios «con nombres en español», como a veces se presenta de forma superficial. Son espacios organizados a partir de misiones, ciudades y estructuras administrativas creadas bajo la Corona española. La primera ciudad europea en lo que hoy es Estados Unidos, San Agustín (1565), no fue inglesa, sino española. Este dato, que debería ser central en cualquier relato sobre los orígenes del país, suele aparecer relegado a una nota a pie de página o, incluso, ocultado.
We the Hispanos intenta revertir precisamente esa lógica: no añadir «un capítulo más», sino replantear el marco completo. El documental forma parte de una trilogía iniciada con España, la primera globalización (2021) y continuada con Hispanoamérica, canto de vida y esperanza (2024), en la que López-Linares ha ido construyendo una narrativa alternativa sobre el papel de España en la historia global.
El objetivo ahora es más ambicioso: insertar la herencia hispana en el núcleo mismo del relato estadounidense.
Hispanos, no «latinos»: una cuestión de lenguaje (y de poder)
Uno de los ejes más interesantes —y potencialmente polémicos— del documental es el cuestionamiento del término «latino». No es un debate menor ni puramente semántico. «Latinoamérica» es, en realidad, un concepto del siglo XIX, promovido desde Francia (as usual) para diluir la referencia española y, con ella, su dimensión cultural y religiosa. Frente a ello, el término «hispano» remite directamente a una tradición histórica, lingüística y jurídica concreta.
En Estados Unidos, esta distinción se vuelve especialmente relevante. La categoría «latino» ha servido durante décadas como etiqueta homogeneizadora para comunidades profundamente diversas, pero también como instrumento de simplificación cultural y, a menudo, mirada con cierta superioridad moral e intelectual, cuando su riqueza patrimonial es incuestionable. ¿Racismo? ¿Clasismo? Más bien ambas cosas a la vez.
El documental propone, implícitamente, un desplazamiento: del «latino» como identidad construida desde fuera al «hispano» como identidad histórica. No es casualidad. Estamos, de nuevo, ante una batalla por el relato y es muy importante reivindicar que lo nuestro está presente en miles de detalles. Uno curioso que desvela el documental, por ejemplo, es que el famosísimo dólar lleva impresa una S cruzada por dos barras verticales. Todas las monedas llevan la inicial de su nombre en su idioma. ¿Por qué no lleva «dólar» una D en lugar de una S? Pues porque proviene de la expresión «Spanish dollar». Como esa curiosidad, hay unas cuantas más que nos revelan, una vez más, las maravillas que la Historia cuenta sobre nuestro pasado.
Y hay otro momento del documental que deja literalmente con la boca abierta: varios músicos explican algo en lo que probablemente la mayoría no haya caído jamás —salvo los especializados—, y es que en el origen mismo de los compases del jazz está la guitarra española. No es una conexión forzada ni un guiño anecdótico, sino una realidad que se percibe en la estructura del ritmo, en la forma de marcar el tiempo, en esa complejidad que también encontramos en el flamenco. De ahí, pasando por los ritmos afrocaribeños, hasta desembocar en Nueva Orleans. Una línea continua que desmonta, una vez más, la idea de compartimentos estancos en la historia cultural y que obliga a repensar hasta qué punto lo hispano está en lugares donde ni siquiera habíamos mirado.
De minoría invisible a actor central
El contexto demográfico refuerza la tesis del documental. Estados Unidos es hoy uno de los países con mayor número de hispanohablantes del mundo, con más de 40 millones de personas. Pero, más allá de la cifra, lo relevante es el cambio cualitativo: los hispanos han pasado de ser percibidos como una minoría periférica a convertirse en un actor central en la cultura, la economía y la política del país.
Ese cambio de percepción es reciente. Durante décadas, la imagen del «latino» en Estados Unidos estuvo asociada a estereotipos de marginalidad, inmigración irregular o baja cualificación. Hoy, en cambio, se ha diversificado y sofisticado: empresarios, políticos, creadores, profesionales altamente cualificados. We the Hispanos se inserta en ese momento de transición, ya que no solo revisa el pasado, sino que se funde con el presente. En el fondo, la pregunta que plantea no es únicamente histórica, sino profundamente contemporánea: ¿quién forma parte del «nosotros» americano?
Hay una paradoja que atraviesa todo el documental —y que lo hace especialmente sugerente desde el punto de vista narrativo—: Estados Unidos, que se construye a sí mismo como ruptura con Europa, es en realidad heredero de varias tradiciones europeas simultáneamente, entre ellas fundamentalmente la española.
Mientras el relato oficial ha enfatizado la herencia británica —derecho común, parlamentarismo, ética protestante—, ha tendido a invisibilizar la influencia hispana: derecho civil, urbanismo, misiones, mestizaje cultural, presencia lingüística. No se trata de sustituir un relato por otro, sino de reconocer que la identidad estadounidense es, desde su origen, plural y compleja.
Como ya ocurría en los trabajos anteriores de López-Linares, We the Hispanos no está exento de controversia. Su aproximación ha sido criticada por algunos sectores que consideran que estos documentales tienden a ofrecer una visión excesivamente positiva del papel de España en América. No es una discusión nueva. Forma parte de un debate historiográfico más amplio sobre la llamada Leyenda Negra y las narrativas contrapuestas sobre la expansión española.
Lo interesante, en este caso, es que el documental desplaza ese debate al terreno estadounidense, donde la cuestión adquiere una dimensión distinta: no se trata solo de reinterpretar el pasado, sino de reconfigurar identidades presentes.
Más allá de las posiciones ideológicas que pueda suscitar, We the Hispanos tiene una virtud indiscutible: obliga a mirar donde normalmente no se mira y, me atrevo a decir, debería ser de obligada visión en colegios esta trilogía para que sepamos, de una buena vez, nuestra historia. Saber que Estados Unidos no se construyó sobre un vacío, sino sobre territorios, culturas y estructuras preexistentes. Cuestionar la idea de que lo hispano es un añadido reciente, vinculado exclusivamente a la inmigración contemporánea.
Y, sobre todo, plantearse la gran pregunta: ¿por qué esta parte de la historia ha sido sistemáticamente minimizada? ¿Quién tiene la culpa? ¿Franceses, británicos? En historia, las respuestas no suelen ser sencillas ni responden jamás a un único elemento. Pero lo que sí parece claro es que tiene que ver con la construcción de los relatos nacionales, con las dinámicas de poder cultural y con la necesidad —muy humana— de simplificar el pasado para hacerlo narrativamente manejable.
Nada nuevo bajo el sol, por otra parte, aunque, afortunadamente, estamos viviendo un auténtico revival de la defensa de nuestras raíces. ¿Acaso no se ve estupendamente bien cuando lo hacen nacionalismos españoles? Pues este es infinitamente más potente e importante en la historia de Occidente.
We the Hispanos no es solo una película. Es un síntoma, que forma parte de un movimiento más amplio que busca revisar el papel de lo hispano en la historia global y, en particular, en la estadounidense. Un movimiento que conecta con cambios demográficos, culturales y políticos que ya están en marcha.
Quizá la mayor aportación del documental no sea tanto lo que afirma como lo que sugiere: que la historia de Estados Unidos —como la de cualquier nación— es más compleja, más híbrida y más incómoda de lo que solemos admitir. Y que entender esa complejidad no es un ejercicio de nostalgia ni de reivindicación identitaria, sino una condición necesaria para comprender el presente.
