Trump, el Nerón del siglo XXI
«¿Está realmente loco este individuo o se hace el loco sin sopesar las consecuencias de su locura?»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Parece como si, entretenido jugando al golf en Florida o en Escocia, observara con deleite cómo se incendia el mundo —cómo contribuye él personalmente con sus vaivenes—, emulando a un Nerón del siglo XXI. ¿Un loco anda suelto en la Casa Blanca sin que nada ni nadie sea capaz de frenar su falta de visión geopolítica, su arrogancia y su lenguaje tabernario? Es difícil comprender cómo más de 75 millones de votantes dieron su apoyo a Donald Trump en las últimas elecciones presidenciales en 2024, derrotando ampliamente a la candidata demócrata Kamala Harris. Buena parte de culpa hay que apuntársela al entonces presidente Joe Biden, enfermo de deterioro cognitivo, que se resistió hasta el último minuto en su objetivo de lograr la reelección. Hoy más de la mitad de los encuestados en EEUU critican la guerra en Irán y algunos legisladores insinúan la eventualidad de recurrir a una enmienda constitucional para incapacitar al presidente, algo que resulta muy complicado.
Aquí tenemos de nuevo a Donald John Trump, presidente número 47 de Estados Unidos, a punto de cumplir 80 años en junio, un magnate que gobierna el país y el mundo como si se tratara de una empresa inmobiliaria. Hay quienes le ríen sus gracietas, que coinciden con él en que ha sufrido una persecución judicial, olvidando que es el primer presidente estadounidense convicto por abuso sexual. En ciertos aspectos se asemeja a Silvio Berlusconi, aunque sus excesos políticos e inmorales superan a los del fallecido líder conservador italiano.
¿Pero está realmente loco este individuo o se lo está haciendo sin sopesar las consecuencias de su locura? A las multinacionales petroleras, la industria militar o las compañías tecnológicas poco les importa su eventual vesania. Se frotan las manos después de Venezuela y ahora Irán, porque obtienen pingües beneficios. A los medios de comunicación los odia pese a que se prodiga últimamente en declaraciones o ruedas de prensa.
La última, el pasado lunes, duró más de una hora y media (que aprenda por estos lares Pedro Sánchez), pero para describir la «maravillosa operación» de rescate de dos pilotos caídos en Irán como si fuera un cuento en la que intervinieron un centenar y medio de aviones. Lo contaba henchido de orgullo, mirando al secretario de Defensa y al jefe de Estado Mayor. «Amazing», repetía una y otra vez. Cuando un periodista de las primeras filas le interrogó, él, a quien le gusta mucho interrumpir porque es vehemente en el discurso, le interpeló de qué medio procedía. El reportero, un poco incómodo, le respondió que del New York Times, a lo que el Nerón del siglo XXI contestó: «Un diario lleno de fake news». Por un momento, hizo recordar a nuestro jefe de Gobierno cuando menosprecia a los «seudomedios digitales».
Unfit to lead, incapacitado para gobernar, sentenció en 2016 el entonces presidente Barack Obama cuando Trump, contra pronóstico, le ganó las elecciones a la demócrata y exsecretaria de Estado Hillary Clinton, a quien acusó de utilizar para su provecho en su mail particular información clasificada y estar en manos de los lobbies. Y cuando en 2020 las perdió frente a Biden, nunca admitió la victoria de este. Trump suele recurrir a frases cortas y rotundas sin contrastar. Qué más da que sean falsas o no. Lo importante es que no sean sutiles, que suenen a amenazas como la de acabar con la civilización persa si el sanguinario régimen iraní no abre el estrecho de Ormuz, por el que pasa el 20% del petróleo y gas mundial. Luego se desdice y afirma otra cosa. En la guerra contra Irán, está perdiendo prestigio a cada minuto en su propio país y así lo revelan las encuestas, lo cual es inquietante a poco de las elecciones de medio término en noviembre (renovación de toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado). Los republicanos controlan el Congreso, pero es muy verosímil que lo pierdan.
Uno de los empleos más complicados en Washington es el de portavoz de la Casa Blanca. La joven y actual responsable de comunicación, Karoline Leavitt, ha tenido que recular varias veces sobre el ultimátum dado a Irán. No sería de sorprender que Leavitt recurra a una buena dosis de tranquilizantes, pese a que su nómina sea alta y se desahogue con su pareja cada vez que abandone su despacho a última hora de la tarde.
En la visión de Trump, el mundo está dividido en buenos y malos —otra cosa que suena familiar por estos parajes— a base de eslóganes contradictorios. El Departamento de Estado tiene que estar estupefacto ante las líneas que emanan directamente del Despacho Oval y que desconsideran el lenguaje diplomático. En la última conferencia de prensa del Nerón estadounidense se le preguntó si tenía un plan B en el supuesto de que Teherán no accediera a sus exigencias. Claro que lo tengo, dijo, pero no se lo voy a decir a ustedes.
De momento, lo único cierto es que el ultimátum se ha convertido en un alto el fuego de dos semanas. Ambas partes han iniciado, en teoría, conversaciones en Islamabad (Pakistán). El primer ministro pakistaní y su jefe militar son los mediadores. En el lado americano están figuras en principio poco fiables como el vicepresidente JD Vance, el yerno de Trump, Jared Kushner, y el multimillonario y amigo personal del presidente y apagafuegos para Oriente Próximo, Steve Witkoff, que trabajan como si fueran los representantes de un magnate de la construcción.
Antes del inicio de las conversaciones, ya han emergido graves diferencias sobre el plan de paz de diez puntos presentado por Teherán y con el que Washington discrepa. Entre otras cosas, porque supone que los iraníes impongan una tasa a los barcos que circulen por Ormuz y continuar con la producción de uranio enriquecido con fines no militares, así como que Israel cese sus bombardeos en el sur del Líbano. Vance ha restado importancia a las divergencias y las ha justificado en que los negociadores iraníes no dominan el inglés. Existen dudas razonables para creer que el joven y fogoso vicepresidente se mueva con soltura en el lenguaje diplomático. Al inicio del alto el fuego, Trump sostuvo que el fin de las hostilidades de Israel en Líbano estaba incluido en el paquete, pero luego cambió de opinión y comunicó al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, que podía proseguir con su carnicería libanesa. Bibi Netanyahu está resultando ser uno de los grandes triunfadores de esta guerra, si es que hay realmente ganadores. En realidad, el primer ministro hebreo estaría encantado de que las conversaciones de Islamabad se estancaran para así continuar atacando objetivos estratégicos iraníes, así como la continuación de su presencia en el sur del Líbano.
¿Quién prepara el repertorio de frases retóricas cada vez que abre la boca Trump? Seguramente él mismo. Lo que más le entusiasma es escribirlas en su plataforma favorita, Truth Social. Por allí discurren algunos de sus exabruptos. Emulando a Mao Zedong, cree que la OTAN se ha convertido en un tigre de papel débil y sin importancia, una pandilla de traidores, porque no se han sumado a la guerra ni a la idea de crear una fuerza militar para abrir el Estrecho de Ormuz. Al secretario general de la Alianza Atlántica, Mark Rutte, le leyó la cartilla el miércoles. Muy criticado por su sometimiento al discurso del inquilino de la Casa Blanca, el ex primer ministro neerlandés confesó al término del encuentro en Washington que entendía la frustración de «Daddy Trump». The Wall Street Journal, citando a fuentes oficiales estadounidenses, afirmaba esta semana que Trump está considerando la retirada de soldados y el cierre de bases de EEUU en Alemania, España y también el Reino Unido, naciones a las que considera más traidoras que el resto de miembros de la organización militar occidental, ahora más que nunca en «coma cerebral», como dijo el presidente francés, Emmanuel Macron, mucho antes de la invasión rusa en Ucrania. Con Sánchez, el Nerón neoyorquino debe hacer vudú. El desprecio parece ser recíproco. Al jefe de Gobierno español le interesa, por motivos electorales, que Trump siga empantanándose en Irán. Su eslogan «No a la guerra» le está dando rédito, por muy oportunista que pueda parecer.
¿Es verosímil que Trump fuera apartado de la presidencia? Posible es, pero bastante improbable. Más sencillo sería un impeachment, un procesamiento judicial parlamentario. ¿Pero con qué cargos? Requeriría ante todo definir su «incapacidad» y ser presentada por el vicepresidente y los componentes del kitchen cabinet, el Ejecutivo restringido, para su aprobación por las dos Cámaras. Algo impensable en el momento actual. Nunca se ha recurrido directamente a la denominada enmienda 25 de la Constitución de EEUU. Indirectamente, se utilizó tras el magnicidio de John F. Kennedy en 1963 y la designación como sucesor del entonces vicepresidente Lyndon B. Johnson. Y también en el fallido atentado contra Ronald Reagan en 1981. La presidencia pasó durante el tiempo de la intervención quirúrgica al vicepresidente George Bush padre, contra la discrepancia del secretario de Estado, Alexander Haig, quien sostuvo que le correspondía a él.
