The Objective
Guadalupe Sánchez

Zapatero, la joya del sanchismo

«Al hombre al que el sanchismo lleva años reconstruyendo como estadista, al faro moral de la verdadera izquierda, lo investigan por contrabando de joyas»

Opinión
Zapatero, la joya del sanchismo

Imagen generada mediante IA.

El apóstol del PSOE, evangelista de la iglesia sanchista y autor de algunas de las parábolas más celebradas de la izquierda española, José Luis Rodríguez Zapatero, enseñaba a los fieles que «ser socialista consiste, normalmente, en tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho». Era un hermoso mandamiento. Tan hermoso que casi nadie reparó en la bula que la máxima contenía. Porque, a la vista de los acontecimientos, en ese «normalmente» es donde terminó escondiéndose el falso profeta. 

La frase siempre tuvo algo de estampita parroquial para fanáticos e ingenuos, pero conviene reconocerle una virtud: resumía en una línea la superioridad moral con la que la izquierda española ha pretendido manipularnos durante décadas sobre las bondades de una ideología que nunca se pensó para ser predicada con el ejemplo.

Porque, en el caso concreto de Zapatero, y tal y como revela el último auto del juez Calama, ser socialista, en su versión prémium, es tener un millón trescientos mil euros en joyas en la caja fuerte del despacho de Ferraz y mentir a la opinión pública sobre su procedencia y valor.

En una pieza separada de la del rescate de Plus Ultra —y secreta—, el instructor de la Audiencia Nacional investiga también a José Luis Rodríguez Zapatero por presuntos delitos contra la Hacienda Pública y de contrabando tras el hallazgo de un importante lote de joyas, relojes y piedras preciosas cuya valoración preliminar habría alcanzado los 1.323.915 euros. Repitan conmigo la cifra: UN MILLÓN TRESCIENTOS VEINTITRÉS MIL NOVECIENTOS QUINCE EUROS. En joyas de alta gama. Un «haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago» de manual.

Y ojo a los delitos que se le imputan a Zapatero:

«Cuando lo defraudado supera los 120.000 euros, deja de ser una infracción administrativa —multa— y se convierte en delito»

El delito fiscal es un viejo conocido. Aplicado al caso concreto: si alguien posee bienes de gran valor y no existe el menor rastro de que pagara los impuestos que esos bienes generan —IRPF, IVA, Transmisiones, Sucesiones y Donaciones, depende de cómo llegaran a sus manos—, Hacienda presume que hay una ganancia patrimonial que no se ha justificado. Cuando lo defraudado supera los 120.000 euros, deja de ser una infracción administrativa —multa— y se convierte en delito.

Estamos hablando de un expresidente del Gobierno de España que, presuntamente, habría mantenido en su poder bienes de lujo cuya entrada regular en territorio nacional no puede acreditarse. De un hombre al que el sanchismo lleva años reconstruyendo como estadista, como conciencia ética de la izquierda. El mismo que, tras abandonar la política, anunció que se iba a dedicar a contar nubes. Pues al faro moral de la verdadera izquierda lo investigan por contrabando de joyas. Y pocas cosas resultan más degradantes para la biografía de un expresidente que verse asociado a una conducta que remite al imaginario español del bandolero.

Zapatero declara el 17 y el 18 de junio y tendrá la oportunidad de acreditar al magistrado que, además de las de la herencia familiar —cuyo valor ronda los 200 euros—, el resto de joyas, las de gran valor, tienen el papeleo en regla. Otra cosa es que pueda o quiera. Pero no cabe duda de que se trata de una circunstancia que va a pesar a la hora de acordar —o no— su entrada en prisión provisional. Porque si esto es lo que guardaba en la caja fuerte del despacho —y teniendo en cuenta que la UCO ha interceptado mensajes de la trama que mencionan costosos regalos consistentes en relojes de lujo y en botellas de vino de gran valor—, ¿qué no guardará en casa, cuya orden de entrada y registro no se ha acordado aún? El riesgo de destrucción de pruebas es intenso.

Pero el artículo no puede terminar sin la guinda del pastel: la tasación de las joyas.

«El mayor ejercicio de blanqueo mediático del fango socialista tiene lugar en la cadena pública que financiamos con nuestro trabajo»

Hace apenas un par de días, Javier Ruiz, desde RTVE —la televisión al servicio del PSOE que pagamos todos—, nos tranquilizaba: las sospechas sobre el origen de las joyas se estaban disipando. Y mostraba imágenes de Sonsoles Espinosa, la esposa de ZP, con una de las «joyas» incautadas en la caja fuerte. Precisamente una carente de valor. Qué descanso. Todo mientras, en otro plató de la misma cadena, una tal Santaolalla acusaba de clasismo a los que insinúan que la bisutería no merece ser custodiada también en una caja fuerte. Cuando crees que no van a poder superar el esperpento anterior, siempre lo consiguen.

Semanas antes, el «portavoz autorizado» del expresidente había cifrado las alhajas entre 30.000 y 50.000 euros. Herencia de la abuela, decían. Pero la tasación gemológica de la joyería Ansorena ha multiplicado la cifra por veinticinco. Entre las «baratijas» heredadas, un collar de oro blanco de 18 quilates con una cadena cuajada de diamantes procedentes de Zambia por valor de 278.000 euros. Luis Arroyo, el activista licenciado en Sociología y Ciencias Políticas que ha asumido el vergonzante rol de portavoz de ZP, ha tenido que pedir perdón por haber inducido a error sobre el valor. Veinticinco veces de error. Eso no es nada, chiqui.

Las sospechas sobre las joyas de Zapatero no se han disipado. La credibilidad de Javier Ruiz, de Luis Arroyo y la del propio Zapatero, sí. Y que el mayor ejercicio de blanqueo mediático del fango socialista tiene lugar en la cadena de titularidad pública que financiamos con nuestro trabajo, es ya una verdad incontestable.

Queda la frase del principio, que ahora se entiende mejor. Ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho. Lo de tener muy poco va por nosotros. Lo de dar mucho, también. Ellos no, nunca. Y también queda el título del artículo. Porque Zapatero era la joya del sanchismo. Ahora tendrá que explicar en la Audiencia Nacional el origen de su fortuna, ya que de ello depende que no pierda todo su valor.

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