The Objective
El purgatorio

Iñaki Gabilondo: «España no tiene solución si no se recuperan los diálogos»

El veterano periodista analiza en 'El purgatorio' la situación de España y el declive del debate público

Cuando un faro de la comunicación de su calibre se despoja de las ataduras de la actualidad diaria y de la crispación del bando fácil, lo que queda es una radiografía humana impecable. Pocas voces han marcado tanto como la de Iñaki Gabilondo (San Sebastián, 1942). Con más de medio siglo de trayectoria profesional, ha sido testigo y narrador privilegiado de algunos de los acontecimientos más importantes de la historia reciente de España. Inició su carrera en la radio, medio en el que alcanzó una enorme popularidad al frente de programas informativos de referencia como Hoy por hoy en la Cadena SER, convirtiéndose en una de las figuras más influyentes y respetadas del panorama mediático. Su labor también se ha extendido a latelevisión, la prensa escrita y los nuevos formatos digitales, siempre con un estilo caracterizado por el rigor, la independencia y la capacidad de análisis.

PREGUNTA.- Iñaki Gabilondo, bienvenido a El purgatorio. ¿Cómo está?

RESPUESTA.- Hola, Mateo, muy bien.

P.- ¿Bien? Cansado, me imagino…

R.- No, no te creas. Estoy mucho más en forma de lo que esperaba. No me canso mucho.

P.- Le traigo una sorpresa que tiene unos cuantos años y que es una cosa que ya no se lleva. ¿Le suena de algo esto?

R.- Vagamente, pero sí me suena. Con fotos dentro y todo. Caramba, caramba.

P.- Esa foto es de los años noventa, del Hoy por hoy de entonces, y lo que tiene en sus manos es el libro de estilo de la SER del año 88. Llevaba ya, si no me equivoco, dos años…

R.- Habíamos empezado Hoy por hoy dos años y medio antes, sí. Esto sí es una sorpresa. La foto luego la tengo que ver con calma.

P.- Yo creo que ya conocerá a algunos…

R.- Sí, ya veo quiénes están perfectamente. Aquí está este que tú conoces muy bien.

P.- Mi padre está por ahí, que tendría un poquito más de edad que yo. Este libro es el proyecto de normas de estilo de la Cadena SER del 88. Vi una de las normas de estilo que me hizo mucha gracia y que quiero sacar aquí: «Los rumores no son noticia». Claro, esto en el año 1988 era lo natural, pero a día de hoy…

R.- Sí, «los rumores no son noticia» es un clásico del periodismo. Una suerte de teoría universal aceptada por todo el mundo. Claro, luego esto se ha descacharrado mucho, sobre todo con la llegada de internet, al abrirse de forma absoluta todo el mundo, el pasado y el presente. Se ha producido un asalto a lo que cualquiera puede hacer o decir. Ahí se incluyen hechos ciertos, no ciertos, falsos y rumores. Pero sigue siendo verdad eso.

P.- De este librillo hasta hoy, que han pasado casi 40 años, ¿cómo ha cambiado la Cadena SER?

R.- ¿Y cómo ha cambiado España? ¿Y cómo ha cambiado el mundo? ¿Y cómo he cambiado yo? Ha cambiado mucho, pero en paralelo al resto de los cambios. No ha cambiado más que España o el mundo. El mundo de hoy es completamente diferente en todos los sentidos. Ni la política es como era, ni la manera de vestir, de vivir, de pensar o de moverse. Todo es completamente diferente.

P.- Una de las conclusiones que saco de este librillo es que no creo que, a día de hoy, en un medio de comunicación se dé un proyecto de manual de normas de estilo.

R.- Formaba parte de la incorporación, no hacía mucho, de la Cadena SER a Prisa. Yo estaba en la SER mucho antes de que llegara Prisa. Para mucha gente, yo empecé a comer cuando llegó Prisa, pero ya había dirigido dos emisoras y tenía dos Premios Ondas. Un año antes, aproximadamente, se había incorporado Prisa a la Cadena SER y ellos venían con esa mentalidad muy de periódico, donde había más costumbre y tradición de elaborar libros de estilo. En las radios no se hacía. Los periódicos sí lo solían hacer. Cuando Prisa se incorpora a la Cadena SER, entró también esto del libro de estilo.

«No conozco a ningún periodista que haya podido estar en contra de la línea editorial de su medio mucho tiempo»

P.- ¿Le ha sorprendido la salida de Barceló?

R.- Me ha sorprendido bastante, sí. Lo que pasa es que necesito conocer más detalles de lo que ha ocurrido exactamente, porque no tengo una información muy fresca. Hace tiempo que no estoy dentro. Nunca he sido muy amigo de los cotilleos, menos de los que no tienen sustentación en este momento. Oigo todo lo que se dice, pero no he hablado con ella, ni con Sastre, ni con el director general de la SER. Por tanto, no sé qué tipo de litigio ha habido de verdad.

Iñaki Gabilondo. | Carmen Suárez

P.- ¿Usted siempre ha respetado la línea editorial al hacer su trabajo?

R.- No conozco a ningún periodista que haya podido estar en contra de la línea editorial de su medio mucho tiempo. ¿Conoces a algún periodista de ABC en contra de la línea editorial de ABC

P.- Al que conozco le han echado, me imagino.

R.- Es que es imposible. No es que le hayan echado, es que convives en un marco. Un medio de comunicación es un proyecto intelectual que tiene unas determinadas coordenadas, que quiere contar la actualidad desde la perspectiva de una mirada: monárquica, republicana, conservadora, progresista, más joven o más vieja. Esa mirada marca el cuadro, y ahí se juega. Los que juegan en ese ámbito encajan en el asunto, porque si estuvieran permanentemente chirriando, no estarían. Es difícil que un proabortista activo enemigo del Papa pudiera estar mucho tiempo en la COPE, o un republicano radical en el ABC. Cuando hay colisiones serias, hay una herramienta legal que te asiste: la cláusula de conciencia. En otros casos se da una cierta naturalidad en el encaje dentro del medio en el que trabajas. Si estás encajando mal, esas cosas no suelen durar ni aquí ni en ningún sitio. Pero no sé exactamente si es el caso de Àngels porque, repito, no sé qué ha pasado.

P.- ¿Cree que tenemos más libertad ahora que antes? 

R.- No he visto que la tengamos menos. Yo creo que no. Lo que pasa es que ha cambiado por completo todo. Lo nuevo es la presión de las redes sociales sobre los medios. No se puede establecer una comparación con el tiempo anterior. No hay directrices que se acaten de rodillas, porque las relaciones de la gente que trabaja en un medio no son así, sino que son, más bien, atmósferas que uno respira. En esta atmósfera de libertad, yo creo que se trabaja. La gente que trabaja en la SER trabaja con libertad, y en esta casa me imagino que también. Luego cada cual tendrá las experiencias que tenga. Yo siempre he trabajado con muchísima libertad.

P.- Ha mencionado las redes sociales. Si usted fuera joven empezando ahora en los medios de comunicación, ¿tendría redes sociales?

R.- Sí. Las redes sociales no se pueden soslayar: han venido a quedarse. Así que no solo tenemos que estar, sino que hay que aprender a vivir ahí. Y no sé si estamos sabiendo vivir ahí todavía, porque es demasiado reciente el fenómeno y nos ha atropellado y sacudido de derecha a izquierda. Claro que hay que estar en redes sociales. El problema es cómo las usaremos o si seremos capaces de controlar su poderío arrollador, que a través del algoritmo nos está manejando prácticamente como títeres en muchas cosas. Eso alarma de verdad al mundo entero ahora. Sobre todo por lo que se viene con la inteligencia artificial. Es un mundo nuevo en el cual tenemos que aprender a vivir. No se trata de optar por este mundo o por otro: solo hay este y solo va a haber este. Ya nunca va a desaparecer internet, ni va a haber solamente unos periódicos, unas radios o unas televisiones. Va a haber eso y cien millones de señales más que van a llegar de todos lados siempre, unas ciertas y otras falsas, intencionadamente falsas, equivocadas o llenas de solvencia. Aprender a vivir ahí no es nada fácil, pero va a haber que hacerlo porque ese es el mundo en el que estamos.

P.- ¿Por qué no ve que se ha podido devaluar quizás la importancia de la información con tanto medio o seudomedio, como lo llaman algunos?

R.- Bueno, se ha transformado por completo. Es que no se puede comparar. Un programa de televisión con mucha audiencia ahora tiene un millón de espectadores, cuando hace muy poco tenía muchos más. Ahora decimos «medios de comunicación de masas» siguiendo la rutina, pero medio de comunicación de masas hoy es TikTok. Ya no son exactamente masas. Se está articulando todo de una manera completamente nueva y diferente. Los medios ya no ocupan el lugar que ocupaban ni tienen la trascendencia que tenían. Están compitiendo con estas nuevas oleadas de señales de todo tipo que llegan desde fuera, tratando de encontrar su acomodo, su sitio y su presencia. Algunos lo están consiguiendo, como el New York Times, mientras que otros lo están intentando. Todos están buscando, porque se ha muerto el mecanismo tradicional y ahora hay que acomodarse al nuevo.

P.- ¿Ha sido capaz de predecir el futuro alguna vez cuando empezaron estas tecnologías?

R.- Nadie puede ser capaz de predecir el futuro. A finales del XVIII, decían que el futuro iba a estar marcado por los grandes inventos, pero no se podían ni imaginar el impacto de la luz eléctrica. ¿Cómo puedes? Decir que la inteligencia artificial va a cambiar nuestro mundo lo dice cualquiera, pero eso no es adivinar; no tenemos la más remota idea de lo que va a significar. Por tanto, predecir el futuro desde el ahora es completamente tonto. Estamos empezando un nuevo tiempo, pero estamos en el minuto cinco del partido. Todo el mundo está ya deteniéndose a juzgarlo y a analizarlo como si fuera una historia concluida, pero acaba de empezar. Están todavía sobreviviendo los restos del viejo mundo con los primeros tiempos del nuevo en ese choque de olas que nos tiene a todos muy confusos. A mí ya me da igual porque yo voy de retirada, pero ahí es donde se van a tener que acomodar ustedes. Son preguntas que se tiene que hacer usted a sí mismo, no a mí, porque usted sabrá qué va a hacer en ese tipo de mundo y cómo va a torear en esa nueva plaza, porque esa es una realidad que está afectando ya a todos y cada uno de los ciudadanos y de los periodistas.

P.- ¿Utiliza usted la inteligencia artificial?

R.- Sí, un poco. Voy a ChatGPT, sobre todo para explorar y ver qué tipo de cosas es capaz de hacer. Le encargo diálogos y juegos, como «Haz un diálogo entre un matemático y un tal», y me divierte ver hasta dónde se puede empezar ya a llegar. Así todo, aunque solo son los albores, está provocando ahora mismo una reflexión profundísima, acentuada además por la encíclica del Papa, que ha sido un texto histórico sin la menor duda y que está colocando la atención del mundo entero sobre eso.

«España está en un momento de enorme tensión, de enorme agitación y de enorme inestabilidad, cosa que es evidente»

P.- Y de estos cinco minutos que llevamos de partido por ahora, ¿qué titular me podría dar de España?

R.- Pues que da miedo.

P.- ¿España o de la…?

R.- ¡De España a día de hoy! Ah, creía que de la inteligencia artificial. Bueno, de la inteligencia artificial, lo que le diría es que participo de la inquietud que el mundo tiene en torno al tema. No a la inteligencia artificial como herramienta en sí misma, sino por la colosal fuerza y la sensación de que los grandes poderes tecnocráticos del mundo están tratando de hacerse con el control general de la mente humana alrededor de esto, cosa que está alertando al mundo entero. Me inquieta, creo que es un fenómeno maravilloso que produce un desconcierto inicial y participo de él. Luego las cosas se suelen encajar. Soy esperanzado y creo que el ser humano terminará recolocándolo. Respecto a España, pues que está en un momento de enorme tensión, de enorme agitación y de enorme inestabilidad, cosa que es evidente.

Iñaki Gabilondo. | Carmen Suárez

P.- Se han cumplido ya ocho años de la moción de censura de Pedro Sánchez…

R.- No tengo muchas ganas de hacer una entrevista política. Si podemos tirar por otro lado… No estoy aceptando invitaciones para participar en grandes tertulias porque ya he perdido la fe en que cualquier cosa que se diga pueda ser interpretada como brota del que la expresa. Siempre se ha sabido que el mensaje empieza en el destino, pero ahora más que nunca están las posiciones tan marcadas de una manera tan radical y los prejuicios tan asentados, que es inútil lo que se diga. Va a ser recibido según el bando, diga lo que diga o diga lo contrario. Decía Einstein, y es verdad, que es más fácil disolver el átomo que disolver un prejuicio. En este momento, la polarización extrema ha llegado a una radicalización de tal manera que sabes que vas a entrar en el cuadrilátero a recibir las pedradas de aquí y de allá, y no tengo ninguna gana.

P.- Pero no es por una cuestión de que la política le dé pereza.

R.- No, la política no. Me cansa un poco el punto en el que se ha metido la política, que ha entrado ya en unos fragores de enfrentamiento tan radical que prácticamente hace inútil la posibilidad de construir nada, y eso me desanima. Querer participar ahí diciendo cosas sabiendo que es igual lo que digas o lo que dejes de decir… En esta casa concretamente, lo que yo vaya a decir producirá una serie de opiniones en contra que incluirán reproches, diga una cosa o diga la contraria. Pero no le estoy reprochando nada a esta casa. Digo que en cualquier otra es igual. Las posiciones están tan predeterminadas que casi no se admite un matiz. No conozco a casi nadie que en los últimos cuatro o cinco años haya expresado una opinión un poco matizada o inesperada de su color. Si eres del Madrid, una opinión un poco pro-Barça, o si eres del Barça, una opinión un poco pro-Madrid; en la política no se puede. Están las posiciones muy afinadas y ya no tengo mucho interés.

P.- ¿De qué le apetece hablar?

R.- Ah, usted sabrá, usted me ha llamado. Yo quería responderle a lo que usted me preguntara.

P.- Yo tengo un montón de preguntas, porque la política internacional también le da exactamente igual.

R.- Sí, también estamos en un poco lo mismo. La política internacional está marcando un ámbito geopolítico absolutamente brutal donde se ha impuesto la ley del más fuerte, eso ya está claro, y la ley del más fuerte es una derrota del Estado de derecho. Yo siempre he creído que toda la historia de la humanidad en el fondo viene a ser la batalla entre la ley de la fuerza y la fuerza de la ley. La fuerza de la ley ha ido poco a poco intentando echarle el pulso a la ley del más fuerte a lo largo de los siglos. El momento de la llegada de la democracia le permitió al ser humano ofrecerle una cierta resistencia a la fuerza con la fuerza de la ley, pero ahora se le ha doblado la mano y la ley del más fuerte impera absolutamente en este momento.

P.- ¿Echa de menos el micrófono?

R.- No. Pero además lo he dicho desde el primer día, no tuve ninguna pereza desde el primer día. Y ahora, por lo que le decía antes, como la deriva de este país hace casi imposible la conversación, tengo menos ganas todavía. Al sentarse delante de un micrófono, uno aspira a participar en la conversación de alguna manera, pero si ya no se puede participar en casi ninguna conversación porque las posiciones están tomadas…

P.- ¿El periodismo se ha convertido en una profesión de riesgo?

R.- Se ha dicho muchas veces que este es el mejor momento para dedicarse al periodismo y el peor para vivir de él, porque la vida está tan apasionante que es muy emocionante dedicarse al periodismo, pero al mismo tiempo está complicado porque las estructuras que sostenían la economía de las empresas se han alterado. Se está buscando por dónde encontrar los nuevos caminos del futuro, pero todavía no se han encontrado y se vive en pánico financiero. Es más difícil sobrevivir dedicándose al periodismo que hace unos cuantos años. Pero el periodismo en sí es apasionante, sí.

P.- Si volviera a nacer, ¿volvería a ser periodista?

R.- Me gustaría muchísimo volver a ser periodista, pero me daría miedo. Si el periodismo deriva hacia donde está derivando en la política española, está claro que no me dedicaría a una actividad que me llevara por ahí. Trataría de dedicarme a una actividad periodística que no me llevara a ese terreno, aunque todas llevan a ese terreno: me dedicaría a la información científica, la información musical, la información deportiva o a la de costumbres sociales. Pero no iría a la política, porque he visto que se ha simplificado todo para convertirlo en un juego de buenos y malos, de fans y de no fans, y eso lo que hace es un poco inútil cualquier esfuerzo porque sabes que están las cartas ya jugadas.

P.- Le gusta mucho la música.

R.- Sí.

«Mucha gente pensaba que a mí me llamaba todas las mañanas Polanco o Cebrián… No me ha llamado nunca nadie en mi puñetera vida, ni ningún político»

P.- Le ha salvado la vida la música.

R.- Sí, la música es lo que más me gusta, es lo que creo que mejor entiendo. Siempre me ha gustado mucho, igual que leer, pero la música es seguramente la emoción más abstracta e indescifrable. No se toca, pero te llega dentro y te sacude de verdad. Además, me gusta toda la música. Soy un gran aficionado a la música clásica y la ópera me encanta, pero eso no me ha impedido en modo alguno paladear todas las demás músicas. Me gusta la música que sea muy buena y que me llegue mucho, de cualquier género o de cualquier palo. Me da absolutamente igual.

P.- Hablando de la ópera, le gusta mucho, y si tuviera que ser un personaje de una ópera, ¿cuál sería?

R.- Es buena pregunta. A ver, un personaje de una ópera, ¿cuál podría ser? Casi todos son unos desgraciados en el fondo. O son asesinos o los terminan matando.

P.- O los terminan matando, claro, eso en el punto medio.

R.- Sí, se mueren demasiados, es un horror. No lo sé ahora mismo.

P.- Pero usted no tiene miedo a la muerte.

R.- No.

P.- Jamás lo ha tenido.

R.- No, nunca le he tenido miedo a la muerte, no sé por qué.

Iñaki Gabilondo. | Carmen Suárez

P.- ¿Y a la muerte de los demás?

R.- La muerte de los demás es otra cosa. Yo sí me he dado cuenta de que, por muchas amarguras que sufras, y yo he pasado algunas gordas, es verdad que es egoísmo puro: te produce mucho más dolor el dolor de la gente a la que quieres y a la que no puedes ayudar. Yo prefiero pasar los trances malos que yo he pasado que tener que ver de cerca los trances malos que he visto pasar a los demás. Pero no es generosidad. Al contrario, es egoísmo: sufro más viendo sufrir mucho a una persona que quiero que sufriendo yo; tal vez tengo bastante alto el nivel de dolor, pero me da poco miedo eso.

P.- ¿Cree en Dios? 

R.- No, no creo en Dios, pero soy español. Quiero decir que no es lo mismo no creer en Dios siendo finlandés que no creer en Dios siendo español y habiendo sido educado y criado en la doctrina y el pensamiento religioso católico, y que en un momento determinado de tu vida lo dejas. Siempre hay un punto de brasa ahí en el fondo de tu corazón que anda por ahí, un viento que yo de cuando en cuando percibo y que reaparece convertido en una especie de chispa. Está conectado casi siempre con las actividades de los misioneros o las actividades de la Iglesia abnegada, por ejemplo, las monjas que curan a los ancianos. Hay mucha gente que dice tener fe, pero vive como si no la tuviera, y eso no me interesa nada. Pero cuando veo a gente que tiene fe, cree en ella y vive de acuerdo con esa fe, llevándola hasta el extremo, ese agnosticismo que tengo sufre una pequeña sacudida y me reaparece una cierta brasa del pasado. Algo anda dormido por ahí.

P.- ¿Y en qué cree entonces? En algo hay que creer.

R.- Creo en millones de cosas. Es curioso, parece que si no se cree en eso, no se cree en nada. Esa es una teoría bastante curiosa que nos metieron en la cabeza antes, cuando decían: «Si tú no crees, ¿por qué no te dedicas al crimen y qué freno moral tienes?», como si fuese algo incompatible. Me parece absurdo pensar que no se pueden tener unos principios éticos, un respeto a la memoria, un respeto al compromiso con las siguientes generaciones, un respeto a los demás y una voluntad de ayudar si no se tiene una fe religiosa. Yo no tengo esa fe, pero creo en el ser humano, creo en la solidaridad humana, creo en los valores de la vida en común. Por lo tanto, no creo que sea cierto eso de que, si no tienes unos valores religiosos, estás condenado a ser una especie de catástrofe abocada al abismo. No lo creo.

«No creo en Dios, pero soy español: siempre hay un punto de brasa ahí en el fondo de tu corazón que anda por ahí, un viento que de cuando en cuando percibo»

P.- Y hablando del cristianismo, ¿qué opina de toda esta ola de jóvenes que creen en la Iglesia y que se refugian en ella?

R.- Bueno, son vaivenes. A lo largo de mi vida he visto muchos movimientos pendulares. En cierto sentido lo anuncié hace unos cuantos años. Dije: «Ya verás, dentro de poco a esta corriente tan materialista en la que estamos viviendo seguramente le puede llegar a suceder una ola semiespiritualista», pero es una espiritualidad un poco difusa, no necesariamente asociada a ser católico. Hay una espiritualidad flotando; es como si hubiera una cierta conciencia de que se necesita algo más allá de lo puramente táctil, y llega un momento pendular en esa dirección. Veremos cómo se plasma. Las religiones evangelistas están muy fuertes; vamos a ver qué pasa con ellas. Pero en nuestro mundo y nuestra cultura, esta sensación que percibimos de una cierta espiritualidad renacida es un movimiento que veremos en qué queda. Está no tanto asociado a la vuelta al catolicismo y a las prácticas de ir a misa, sino en una parte mayor a una sensación de regreso a una cierta espiritualidad general, no concreta.

P.- Desde que dejó de presentar Hoy por hoy, ¿ha soñado que lo presentaba? 

R.- No, he soñado que estaba ya sonando la sintonía y no llegaba al micrófono, e iba corriendo por el pasillo. Faltaban cinco segundos para que acabara la sintonía, me iban a abrir el micrófono y yo no llegaba. Iba corriendo por el pasillo. Eso sí me ha pasado muchas veces. Esa sensación de «no llego, no llego a tiempo, van a abrir el micrófono y no voy a llegar». Corriendo por el pasillo. No sé muy bien por qué, pero me ha ocurrido mucho y durante mucho tiempo.

P.- Si tuviese que meter un mensaje dentro de una botella, ¿cuál sería?

R.- Tendría que pensarlo. Toda la vida, todo lo que he dicho lo he pensado antes bastante. He conocido a muchos colegas míos que han tenido el arte o la sabiduría de poder decir las cosas un poco así, al vuelo, pero yo necesito apuntar mucho antes de disparar. Yo necesito mucha información y tiempo para tener opinión. Para cualquier cosa que he hecho o dicho, acertada o equivocadamente, le he dedicado un rato largo de reflexión. Por tanto, a esto mismo que me acaba de preguntar, le respondo así: necesitaría un ratito para darle vueltas a la cabeza y responderle adecuadamente a tan buena pregunta.

P.- O sea, que si le pregunto, que era la segunda pregunta, si se metiera usted dentro de la botella y se tuviese que ir a algún lado, ¿a dónde se iría? 

R.- Bueno, en ese caso me temo que iría donde quisiera la botella, porque esto está marcado por las olas y la corriente de las mareas. Pero si me tuviera que llevar a algún sitio, que me lleve a San Sebastián.

P.- Y hablando de botellas, ¿se vive mejor bebiendo buen vino?

R.- Sin duda. Hay un gran debate sobre si se debe o no beber. A mí siempre me ha gustado mucho beber, pero no me ha gustado nunca beber mucho. Al contrario, porque soy capaz de paladear un vino rico y bueno, me ha parecido siempre un poco sacrílego beber sin controlar. Entonces, creo que sí. A mí me gusta mucho un vino bueno. No bebo casi nunca durante la semana, solo el viernes o el sábado, pero cuando bebo, me gusta que sea bueno.

P.- Los jóvenes beben menos.

R.- Bueno, también va por rachas y por modas. Si yo le digo desde que yo tenía 20 años hasta aquí las bebidas que estaban de moda, cómo dejaron de estarlo y cómo vinieron otras… Ahora se han puesto de moda unas cosas que dentro de 5 años ya no lo estarán y estarán de moda otras, o sea que…

P.- Bueno, en comparación con una redacción de aquellos tiempos, era una cosa…

R.- Pues el cambio, lo primero que notaría si llegara a una redacción de aquellos tiempos, es que nadie está fumando y que nadie está bebiendo alcohol. Entonces fumaba todo el mundo, invitados y profesionales, y era muy normal que la gente estuviera tomando un whisky. Eso sería lo primero que notaría. Lo segundo, que no había ordenadores y que había mucho más debate. La diferencia entre el barullo que había en una redacción antes y el silencio higiénico, casi hospitalario, que hay ahora en los nuevos medios de comunicación es muy llamativa. Ahora todos están con el ordenador, en silencio, trabajando. Allí vivíamos mucho más apasionadamente y se debatían mucho más las cosas porque no teníamos ordenadores. No había música de los cascos, que es una cosa horrible. El tabaco, el whisky y el no tener ordenador le daban a todos los temas mucho juego de conversación, de discusión y de debate, porque allí no había la posibilidad de esconderte en una pantalla y buscar las respuestas por ahí. También había más enviados especiales, más corresponsales, más reporterismo en la calle y menos trabajo hecho desde la comodidad de la mesa. Es otra cosa distinta.

P.- ¿Cuál ha sido la llamada de teléfono que nunca habría esperado que le llegase?

R.- Ha habido muchas, pero así como para destacar en una conversación como esta, no recuerdo llamadas muy sobresalientes. Es curioso, porque la gente tiene una idea sobre cómo eran las relaciones entre los que hacíamos los programas y las empresas. Mucha gente pensaba que a mí me llamaba todas las mañanas Polanco —cuando en realidad me veía con él una vez al año en una comida al final del año— o que me llamaba Cebrián —que no me ha llamado nunca en su puñetera vida—, ni ningún político. No me ha llamado nadie nunca. Lo digo sabiendo que nadie lo va a creer, porque había ese principio referido a nosotros, no a los demás. Nadie pensaba que el obispo llamaba al de la COPE, eso no. Solo a nosotros nos llamaban los de arriba. Formaba parte de la guerra de los medios y de la realidad. A mí no me llamaba nunca nadie. Y de llamadas así esperadas de actualidad, pues llamadas del calibre de «han liberado a Ortega Lara», por ejemplo, que fue un calambrazo brutal en la redacción, o de noticias que han sido grandes calambrazos. Me acuerdo de esa.

P.- ¿No íbamos a dejar de lado la política? Me refiero, ¿cuál ha sido la llamada que nunca se esperaba que le llegase como a Iñaki Gabilondo, no al periodista, fuera de la política?

R.- Las llamadas que más me han impresionado, esperaba que me llegasen en el sentido de que se referían al fallecimiento de un ser querido, por ejemplo, o la llamada de un médico que te dice: «Tienes tal problema». Esas son las que no se espera recibir en el día a día y que uno prefiere no recibir. No tengo ninguna llamada de impacto o de show como para poder responderle brillantemente a tan brillante pregunta.

Iñaki Gabilondo. | Carmen Suárez

P.- ¿Le han llamado de la Zarzuela alguna vez para pedirle consejo, o de la Moncloa, incluso?

R.- Para pedirme consejo, no. A mí no me ha llamado para pedirme consejo nunca nadie. He estado en la Zarzuela alguna vez con el rey Juan Carlos, que me citaba de cuando en cuando. En el acto que se celebró por el 50 aniversario del comienzo de la monarquía en el Parlamento, tuvimos una conversación Fernando Ónega y yo con el Parlamento y con la Casa Real para organizar el acto. Pero no para pedir consejo. ¿Y llamarme de la Moncloa para pedirme consejo? Nunca.

P.- ¿Echa de menos a Fernando Ónega?

R.- Sí. No teníamos una relación muy directa, pero nos sabíamos muy unidos porque teníamos algunos rasgos y conexiones históricas. Date cuenta de que él era un hombre de confianza absoluta de Adolfo Suárez en una época trascendente de España, y yo fui director de informativos de la televisión en esa misma época cuando Suárez era presidente del Gobierno. Entonces tuvimos alguna manera triangular de conocernos ahí. Luego, yo dejé de ser director de Informativos de la SER para pasar a la tele, y ese lugar que yo dejé lo ocupó Fernando Ónega, de manera que teníamos también experiencia compartida en la misma casa. Éramos de la misma generación, casi de la misma edad. Nos respetábamos y nos queríamos mucho. Nos veíamos poco, pero me hacía muchísima gracia el sentido del humor que tenía. Eso que solía contar, la gente lo recuerda porque es inolvidable: cuando decía en el lecho de muerte qué le dice el marido a la mujer: «Oye, ahora que estoy a punto de morir, de verdad, ¿me has engañado alguna vez?», y dice ella: «¿Y si no te mueres?». Siempre estaba con un elemento gallego, un chascarrillo divertido, muy inteligente, y sobre todo fue de las pocas personas que se pudo mantener, con todo lo que ha pasado, siempre en la línea de la respetabilidad general. Todo el mundo le ha respetado y le recuerda con respeto y con afecto. Eso es un éxito muy grande para él.

P.- En relación con las traiciones, ¿ha habido algún Judas en su carrera?

R.- Bueno, Judas no. Lo que pasa es que la alta competición es muy dura en general, sea radio, tele, fútbol o lo que sea. Se libran batallas fuertes ahí y se disputan muchas cosas. Yo no he tenido a nadie que estuviera disputando mi puesto directamente y echándome zancadillas, pero siempre hay cosas en la historia de una larga carrera profesional jugando en las grandes ligas. Pasaron cosas, pero nada muy especial. A mí me han tratado bien, en general. Toda mi experiencia profesional es muy satisfactoria con toda la gente que me ha rodeado. Mis jefes me han dejado siempre en paz —aunque nadie se lo crea—, mis compañeros me han respetado y nos hemos querido mucho. No tengo experiencias muy amargas, aunque es cierto que si ahora tuviera que coger el bisturí de diseccionar, pues cogería a lo mejor seis momentos en los que sufrí un poco, pero nada más.

«Nunca le he tenido miedo a la muerte, no sé por qué. Me da pánico el dolor de la gente a la que quiero y a la que no puedes ayudar»

P.- ¿Cree que ha tenido una carrera casi que perfecta o perfecta?

R.- He tenido mucha suerte porque mi carrera no se parece para nada a la carrera de nadie de nuestra profesión. Mi primer sueldo fue dirigir una emisora de radio, mi segundo sueldo dirigir otra emisora, mi tercer sueldo dirigir otra emisora, mi cuarto ser director de informativos de la SER y mi quinto ser director de informativos de la tele. Normalmente, la gente hace un camino distinto: hace un trabajo más de campo, de programas, y luego, a lo mejor, de mayor, termina siendo directivo. En mi caso fue al revés; yo comencé siendo directivo. Durante bastantes años de mi vida no se me había ocurrido que fuera a sentarme delante del micrófono o ante la televisión; yo era un directivo que dirigía emisoras y estaba metido en el Comité de Programas de la SER. Fui llamado a ser un directivo y, por circunstancias de la vida, me terminé encontrando haciendo programas, haciendo un recorrido inverso. Todo el camino que la gente hace más habitualmente termina llevándole a los despachos. A mí me sacó de los despachos, y ya no quiero ver un despacho ni en pintura.

Iñaki Gabilondo. | Carmen Suárez

P.- ¿Y el truco dónde está? 

R.- Las circunstancias de la vida se produjeron así, no hubo truco. Un día decidí que no quería ser directivo. Es un trabajo muy amargo porque le triunfan y le fracasan los demás, como al entrenador. Tú estás en el banquillo dando las instrucciones, pero luego el que mete el gol te hace triunfar y el que falla el gol te hace fracasar: estás sentado mientras otros juegan. El directivo da instrucciones, marca líneas, marca pautas y espera a ver qué pasa. La sensación de estar a la sombra o detrás de la acción que tú no haces directamente te agota. Tú marcas las pautas de una televisión y luego el que hace el programa de televisión no lo hace bien y tú estás tirándote de los pelos, pero tú no haces el programa. Llegó un momento en que me dije que no quería depender de eso, quería triunfar con mis aciertos y fracasar con mis errores, pero no quería estar tan pendiente de cosas externas. Además, las posiciones directivas, sobre todo cuando era director de informativos de la televisión, me permitieron comprobar hasta qué punto caen sobre ellas una cantidad de tensiones de todo tipo, políticas y económicas, que me hicieron ver que ese no era mi mundo.

P.- ¿Le ha tenido miedo a la crítica?

R.- No, hombre. Te hace mucha más ilusión cuando te dicen que lo haces bien que cuando te dicen que lo haces mal, y hubo veces que se desarrolló con una gran crueldad —sobre todo porque nos tocó vivir una época en la que se libraban unas guerras feroces de medios—. Las críticas eran a su vez feroces también y se participaba de ellas, aunque a lo mejor no fueran directamente referidas a mí, sino de un medio contra otro. Había mucha crueldad; yo me he pasado mucho tiempo recibiendo cada mañana improperios e insultos de aquí y de allá. No me han importado casi nunca mucho, pero hubo algunas veces que sí porque eran comentarios de una gran crueldad. Al principio, sobre todo cuando Luis del Olmo y yo descubrimos de repente que había llegado gente que tomó la decisión de que ellos eran la libertad y nosotros no. Apareció de repente un «nosotros somos la libertad y vosotros no lo sois», y nos extrañó un poco. Pero cuando estás viviendo todos los días muchas horas en un tipo de actividad, forma parte de lo previsto. Yo aguanto siempre muy bien cualquier tipo de crítica porque reconozco el derecho de todos a tener su opinión, y aunque en ocasiones me han dolido algunas por crueles o injustas, forma parte del oficio.

P.- ¿Se acuerda del día de antes de dejar la radio? El día que dijo: «Dejo Hoy por hoy».

R.- Nunca lo he terminado de dejar, no paro de hacer cosas. Fue la empresa la que me pidió que hiciera otra cosa. Si no, no lo habría dejado entonces. Nunca se me hizo difícil porque nunca he tenido un sentido de propiedad sobre las cosas. Yo no me he considerado propietario. Yo no solo dirigí Hoy por hoy, yo lo creé; no existía. Lo bauticé y creé entero, pero nunca tuve la impresión de que era mi programa. Incluso alguna vez lo comentábamos con Mar, que estábamos empezando a chupar mucho balón. Decíamos: «Somos ya muy mayores, ¿qué hacemos aquí tanto tiempo si España ha cambiado? Si ahora somos viejos y somos ya una minoría, si la mayoría de la gente ya no tiene nuestra edad ni vive en nuestro mundo, ¿qué hacemos nosotros aquí?». Nunca he tenido una sensación de propietario, así que no me produjo mucho dolor. Además, a mí me ha ido muy bien profesionalmente; he tenido éxito continuado, nunca me ha faltado el trabajo y siempre han sido puestos destacados y notables. Todos los que vivimos esa época grande de la radio —Luis del Olmo, Encarna, José María García, yo— fuimos unos bendecidos porque vivimos una época gloriosa de la radio. Se tenía mucha notoriedad, dinero y estábamos en lo alto de una ola. Esa experiencia nos convirtió en unos verdaderos privilegiados, así que empezar a ponerle alguna pega cuando las cosas cambian de color y empieza a llegar otra gente sería injusto. Yo estaba muy agradecido de lo bien que me había ido.

P.- ¿Con qué entrevista se quedó con ganas de hacerla, que nunca la hizo?

R.- Hombre, a mí me hubiera gustado mucho haberle hecho una entrevista como Dios manda al Rey o al jefe de ETA. Me acuerdo de que Pedro J. le hizo una entrevista al jefe de ETA y se montó un follón de aúpa en la prensa. Decían: «¿Por qué la va a hacer?». Pues porque todos lo hemos intentado, solo que no lo hemos conseguido, y él lo ha logrado; ya está, ¡aleluya! Otra cosa es cómo hagas la entrevista. Puedes criticar las preguntas o el enfoque, pero criticar que un periodista le haga una entrevista a un jefe de ETA me parecía un contradiós. Yo lo intenté muchas veces, pero no me salió; Pedro lo intentó y le salió, y yo fui de los que defendió que lo hubiera hecho. Yo hubiera querido hacer esa entrevista. También hubiera querido entrevistar al Rey, pero al Rey no le gustaban los periodistas españoles para hacer entrevistas; cuando tenía que hacer alguna, la hacía con alguna periodista francesa o de fuera. Y luego me pasó una cosa bastante curiosa con Alicia Koplowitz, muy distinta a toda la gente que yo había conocido, que había vivido en otro universo. Un día le pedí una entrevista, como a todo el mundo, y, como a todo el mundo, me dijo que no. Pero me dijo que me seguía y que, aunque no me iba a conceder una entrevista, sí le gustaría que nos conociéramos y nos tomáramos un café. Ahí nos conocimos, nos caímos bien y ya está. Pero de relevancia informativa, yo diría que el jefe de ETA y el Rey son las dos entrevistas que me hubiera gustado poder hacer.

P.- ¿Qué pregunta nunca le han hecho?

R.- Me han preguntado tantas cosas que no creo que haya habido ninguna que no me hayan hecho. Me han preguntado todo lo habido y por haber, no sé.

P.- ¿Qué le hubiese gustado que le hiciesen, a lo mejor, o que le hiciese yo en esta entrevista?

R.- Eres un hombre libre que pregunta lo que le da la gana y yo no soy quien para decirte lo que tienes que preguntar o no. Lo que sí creo es que mi trabajo me colocó en un sitio muy destacado para muchas cosas, y por otro lado, al estar tan marcado en estas guerras de medios, siempre he tenido la sensación de estar acompañado de una especie de bola de hierro atada al tobillo: la de ser vistos como periodistas sometidos y agarrados a la tiranía de un medio ultrapoderoso que hacía lo que quería, como si nosotros fuéramos simplemente los muñecos del ventrílocuo de un poder por encima de nosotros. Y eso a mí me ha solido fastidiar. Luego ya me acostumbré, pero me fastidiaba porque todos nuestros compañeros vivían la misma vicisitud que yo, pero a ninguno le habían acusado nunca de eso. Todos eran muy libres menos yo; todos tenían mucho mérito cuando obtenían algún éxito menos yo, porque yo trabajaba en un sitio que era un poder absoluto e imperial. Sí he tenido en ocasiones esa pequeña tristeza de estar acompañado por esa etiqueta de «tú no eres un hombre libre, sino un hombre sometido a la tiranía de una empresa», de ser el muñeco de un ventrílocuo. Eso me produjo dolor en algún momento. Luego ya me di cuenta de que no merecía la pena.

Iñaki Gabilondo. | Carmen Suárez

P.- ¿Cómo sería su vida sin Lola?

R.- Ahora sería muy difícil porque ha llegado la edad en la que la fragilidad te acompaña y sin ella no podría seguramente ni resistir. Pero ha habido momentos de mi vida en los que ha sido tan trascendental, absolutamente trascendental, que puedo decir que me ha salvado la vida. En un momento de nuestra trayectoria, su presencia fue determinante para mí y para mi familia.

«Las redes sociales no se pueden soslayar. Están ahí y van a estar siempre. No han venido para estar diez minutos, han venido para quedarse para siempre»

P.- ¿Y a quién ha salvado usted en esta vida?

R.- Pues no sé, vete a saber. A lo mejor a algún oyente que no tengo ni idea de que exista y que, vete a saber en qué lugar, en qué día y en qué momento, por algo que yo dije o dejé de decir, resulta que le entró un resplandorcillo que le ayudó. Seguro que ha pasado, como también habrán ocurrido cosas al revés. Recuerdo una vez que me llamó una chica diciendo que quería que la atendiera porque se iba a suicidar; no le hice caso y se suicidó. Me estaba llamando de verdad pidiendo socorro y yo no me di cuenta; pensé que era otra llamada más de las muchas que entran de gente que te quiere conocer o que quiere que la llames. Yo creo que la semilla que uno va sembrando a lo largo de muchos años de micrófono, durante muchas horas todos los días, llega a lugares que ni imaginamos. Es la parábola del sembrador: mucha semilla habrá caído en la carretera y se la han comido los pájaros, pero otra habrá germinado en alguna mente. Seguro que hay gente a la que le ha podido ayudar algo que haya dicho, como seguro que hay gente a la que le ha pasado lo contrario. Es muy misteriosa la comunicación: el mensaje brota del origen, pero nace exactamente en el destino. Es ahí donde germina o donde no, y en el misterioso y grande mundo de los oyentes no sé qué tipo de cosas ha podido producir.

P.- ¿Ha disfrutado en esta charla que no hayamos hablado de política?

R.- Sí, muchas gracias, aunque me parece que ha decepcionado, pero…

P.- Me parece maravilloso. 

R.- Es lo que le digo. No tengo ningún interés tampoco en ir de equidistante; yo no soy equidistante de nada. Tengo mi opinión, mis posiciones, mi punto de vista y mi criterio ante las cosas. Lo que ocurre es que yo elegí esta actividad porque quería ser de alguna utilidad; quería que, si hacía un programa, le sirviera de algo a alguien. Pero es que ahora tengo una enorme duda de que sirva para algo lo que pueda decir alguien que tiene ya un nombre más o menos reconocido. Cuando empieza a hablar, va a ser ya recibido por tirios o por troyanos de una manera tan predeterminada que cualquier cosa que diga es inútil, no va a ser recibida como la quiero transmitir. Yo siempre he creído mucho en los matices, muchísimo. Me horrorizan las ideas absolutas, los bienes absolutos y los males absolutos; no creo en eso, creo que todo está mucho más combinado. Creo que España no tiene solución si no se recuperan los diálogos, el sentido de lo compartido y el sentido de lo común. Y como veo que las cosas no van por ahí, y como sé que no soy yo quien pueda contribuir a eso porque estoy invalidado por las etiquetas, pues me da pena y no quiero entrar.

P.- Pero ¿por qué cree que a la gente le molesta tanto que alguien no simpatice con un lado o con el otro?

R.- Porque se han polarizado las cosas, el juego ya es un juego de guerra. Es como en el fútbol: ¿tú le has oído a uno del Madrid aceptar que sea mejor Messi, o a uno del Barça que lo sea Cristiano? Si es alguien destacado, no. Butragueño, mira que es un señor educado, fino, cuidadoso, diplomático y magnífico, pero le va a costar mucho aceptar que ha sido penalti en contra del Madrid. Te pongo el ejemplo superlativo porque casi se considera una traición cualquier cosa que pueda parecer una concesión al pensamiento del adversario. Y ante eso, pues prefiero apartarme.

«El barullo que había en una redacción antes y el silencio higiénico, casi hospitalario, que hay ahora en las redacciones de los nuevos medios de comunicación es muy llamativo»

P.- ¿De las elecciones del Real Madrid habla o de eso tampoco?

R.- Yo soy de la Real Sociedad. Asisto con curiosidad a las elecciones del Real Madrid. Ahora me he enterado de que el aspirante Riquelme quiere contar con Raúl y que va a anunciar dentro de poco a quién va a fichar. Sigo con curiosidad e interés la aventura del Real Madrid, pero para mí son cosas de multimillonarios que están por encima de nuestras posibilidades; es como ver cómo Elon Musk está haciendo sus cuentas.

P.- Iñaki, si tuvieras que enviar a alguien, o a un grupo o a algo, al infierno de forma metafórica…

R.- No, yo al infierno no le mando a nadie, a nadie, para nada.

P.- ¿Y al cielo?

R.- Tampoco. Al cielo, desde luego, está mi madre, seguro. Yo no creo en el cielo, pero tiene que haber algo parecido para que quepa mi madre, porque si no, todo esto sería un disparate.

P.- Nada tendría sentido.

R.- No tendría sentido. Si no hay un sitio donde esté mi madre, un sitio un poco especial, entonces esto ha sido todo un error. Le mandaría a ese cielo donde está mi madre a mucha gente.

P.- Si tuviese que enviar a alguien al purgatorio…

R.- ¿A que pase un ratito antes de ir al cielo? Pues a todos.

P.- ¿Y ya?

R.- Como no le quiero mandar a nadie al infierno, al purgatorio los mandaría a todos; que pasen más o menos tiempo, pero que terminen saliendo de ahí para ir al paraíso.

P.- Iñaki Gabilondo, ha sido un placer que se pase por El purgatorio. Ahora, fuera de cámara, repasamos los nombres de cada uno de los de la foto del proyecto de normas de estilo de la Cadena SER de hace unos cuantos años.

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