The Objective
OPINIÓN

Barcelona humilla a Madrid con su superioridad estética

«La capital no estuvo a la altura de las circunstancias y se conformó con ejercer de plató para un programa rancio»

Barcelona humilla a Madrid con su superioridad estética

Ilustración generada mediante IA.

No creo que haga falta consultar a los secretarios personales del Sumo Pontífice, tampoco al regente de la Casa Pontificia, ni al camarlengo, menos aún al Consejo Cardenalicio, para confirmar que León XIV se emocionó al ver cómo se iluminaba por primera vez la cruz de la Torre de Jesús de la Sagrada Familia. Una emoción que llegó primero en forma de bendición de la gran torre —se levanta 172,5 metros del suelo, lo que convierte a la Basílica en el templo cristiano más alto del mundo— tras 144 años de titánico esfuerzo y numerosas batallas arquitectónicas, pero después de un elaborado programa concebido para dejar tanto al papa como a los millones de espectadores que contemplaron el espectáculo en directo por televisión al borde de las lágrimas. Como bazas, la música sacra, las voces blancas de la Escolanía de Montserrat y la belleza de las imágenes, algunas logradas con la inestimable ayuda de las linternas que los 4.000 asistentes portaban en el interior para iluminar las vidrieras. El remate, una brillante realización que convirtió en oro cada detalle de la ceremonia durante la retransmisión.

En cuanto a los drones que dibujaron la cara de Antonio Gaudí en el cielo de Barcelona… Para serles sincero, el tema supondría abrir un melón que requiere demasiado tiempo y esfuerzo para las pocas ganas de bronca que tengo.

Conviene detenerse un momento en la cuestión de la retransmisión, porque la televisión ha dejado de lado este tipo de programas, ya excepcionales, con una planificación exquisita y la carga emocional del ceremonial. Lo que se nos ofrece a diario es griterío ensordecedor, improvisación presentada como espontaneidad, contenido tosco como lencería de esparto. Y todo concebido para producir en la audiencia el mismo efecto que la comida basura: saciar rápida y eficazmente nuestro apetito. En este caso, de entretenimiento.

Frente a esta tendencia que domina la mediana pantalla (lo de pequeña se lo dejamos a los móviles), Barcelona decidió ser escenario inolvidable de una película de autor. Y en formato panorámico. Es cierto que contaba con un decorado grandioso, pero además decidió apostar por un relato cargado de solemnidad y épica. Ya lo hizo hace casi un cuarto de siglo, cuando prendió la llama del pebetero olímpico con una flecha que sigue atravesando nuestra memoria. Y lo ha vuelto a hacer con el papa León XIV como excusa, testigo, cómplice y protagonista de un momento que podría haber pasado sin más, condenado al olvido en un mundo saturado de noticias, pero que ha hecho historia al generar un impacto cuyos efectos se aprecian en la viralidad posterior.

Se comparte lo sorprendente, lo inédito, lo emocionante. Tampoco hace falta ser católico para sentir la fuerza de la espiritualidad de ese instante. Como tampoco resulta fácil no quedar apabullado ante una propuesta tan bien elaborada, calculada y presentada. Enhorabuena.

Aunque, todo hay que decirlo, hay otra razón para el impacto. Una que no entiendo cómo no ha sido motivo de agria polémica, levantamiento popular o dimisiones en masa. Recuerden que veníamos del show en el Bernabéu… Aquellos que lo vivieron en persona y no se arrancaron los ojos como el famoso meme de un desesperado Mickey Mouse, no darían crédito a lo que estaban viendo en Barcelona. Entre otras cosas, porque a esas alturas ya habrían perdido toda confianza en el género humano. Es comprensible, porque Madrid no estuvo a la altura de las circunstancias y se conformó con ejercer de plató para un programa rancio de televisión local: el estadio iluminado con unos focos blancos como esos que te ciegan en los fotomatones cercanos a las comisarías de barrio, con un cartel de estrellas sacadas de Noche de Fiesta y una retahíla de actuaciones que causarían sonrojo incluso en un festival de fin de curso de un colegio de integración. Cuando uno creía que lo peor había pasado, aparecía a traición otro peldaño hacia el noveno círculo del infierno de la vergüenza ajena. Cualquiera que haya conciliado el sueño después de semejante bochorno confía —¡ay, ingenuos e infelices!— en que el director artístico del engendro esté en busca y captura. Al fin y al cabo, hay gente en la cárcel por mucho menos.

En ese mar de mensajes que son las redes sociales, el oleaje me trajo uno que llamó mi atención: «Esta es la ‘superioridad estética católica’ de la que hablaba García Lorca», ilustrado con un video de la retransmisión desde la Sagrada Familia. Lástima que el tuitero no fuera más ambicioso —o concreto, ya no sé— en su análisis, más que nada para señalar que esa ‘superioridad estética católica’ a la que hacía referencia era la barcelonesa, pero no la madrileña.

Si el Papa tuviera que dar a un cronista deportivo su valoración del viaje a España, la respuesta seguramente sería: Madrid 0 – Barcelona 1

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