The Objective
Crónicas del caos

¡Viva el Feijóo de Barcelona!

«Le ha costado a Feijóo caer en la cuenta de que estos herederos de Pujol y sus congéneres no son pactistas»

¡Viva el Feijóo de Barcelona!

El presidente del PP, Alberto Núñez Feijóo, en el Palacio de Congresos de Cataluña. | David Zorrakino (Europa Press)

Círculo de Economía. Barcelona, martes 2 de junio. Feijóo. Entrada francamente mala, salida excelentísima. La prueba es que enfadó a esos anfitriones, protagonistas de la falsaria burguesía catalana que llevan siglos babeando con el poder de turno. Josep Piqué, el mejor ministro de Exteriores que haya tenido nunca España, los conocía muy bien y por eso sentenciaba de esta guisa: «No son burguesía y menos aún clase dirigente, son hologramas perfectamente prescindibles». Tenía razón. Pero en todo caso, y contra muchas otras opiniones, Feijóo hizo muy bien en aparecer por Barcelona, un día antes de que el gran farsante corrupto —Pedro Sánchez, ¿quién si no?— también se diera por invitado, porque ya se sabe que estos burgueses de pitiminí ponen siempre una vela a Dios y otra al diablo, no vaya a ser que cambien las tornas y les pillen en pelotas. Pero a lo que vine: a la entrada del acto en cuestión, Feijóo fue avasallado literalmente por una pléyade de periodistas que le interpelaron de esta guisa: «¿Va usted a acudir a Waterloo para discutir con Puigdemont sobre la moción de censura?» El presidente del PP, que insólitamente no tenía preparada la respuesta, contestó sin afligirse: «Vamos a hablar de cosas serias». Ello dio motivo a que los medios leninistas lo interpretaran de forma torticera y aseguraran que «Feijóo no descarta la moción de censura». O sea, una mentira de la que él fue mínimamente culpable porque la contestación rotunda debió ser más o menos así: «Yo nunca, en ningún momento, voy a desplazarme a Waterloo a debatir con un forajido, un huido de la justicia».

Se equivocó, pero el error quedó arrumbado por la importancia de un discurso posterior en el que, por primera vez que se recuerde, un político español puso a cuatro patas a estos seres aprovechados, responsables, por activa o pasiva, de la entronización del independentismo rabioso que lleva años gobernando Cataluña. Son estos los mismos que ahora le pasan la mano por el lomo a ese ente sombrío. Illa de apellido, confabulado con Esquerra para dos objetivos: primero, para seguir repartiéndose el botín propio y el ajeno; segundo, para seguir lamiendo los costados del único que les puede garantizar que siempre seguirán chupando de la mamandurria que nos roban saqueando nuestros impuestos. Ahora se va filtrando por las radios y televisiones de la Generalidad que el disgusto de los supuestos empresarios que escucharon a Feijóo es evidente. «No se esperaban eso». ¡Y tanto que no se lo esperaban! Llevan años fichando a políticos de Madrid y contemplando, encantados, cómo estos gudaris se bajan ante ellos los pantalones hasta el astrágalo.    

Años parece que le ha costado a Feijóo caer en la cuenta de que estos herederos de Pujol y de sus congéneres que les cobraban y les pagaban al alimón no son pactistas, son sencillamente chantajistas que trincan y se pitorrean del dador. Con ellos, debe saberlo el presidente del PP, ni a recoger una herencia, porque, camino del notario, se quedan con ella. Si alguna duda tiene aún Feijóo, que se la despeje su recién reelegido, menos mal, presidente del PP catalán, Alejandro Fernández, denostado muchos años en la sede del partido por decir sin cortarse las mismas cosas que ahora señala su jefe: «Estos son mis principios; verá usted si los quiere». Ya la pelota está en el tejado del forajido de Waterloo, que conoce de primera mano que ningún enviado de Feijóo, tipo el delincuente Santos Cerdán o el chisgaravís de Zapatero, se va a acercar por el palacete del fugado para postrarse de hinojos y asegurar al receptor que todo lo que le pida le será concedido. Todo en aras de la gran palabra con que Sánchez engalana sus tediosos discursos: estabilidad.

Aquí no hay más cera que la que arde y esta no es otra que la decisión de Sánchez de eternizarse en el poder hasta donde le aguante la sociedad española. ¿Que la sociedad se pone tonta y le exige elecciones? Pues Sánchez le hace una pedorreta. La línea argumental del PP tiene que ser doble. Para empezar, no debe perder tiempo en bagatelas con martingalas —tipo moción de censura, inconvenientes— y así centrarse en el verdadero obstáculo para la regeneración del país: Pedro Sánchez Pérez-Castejón. Y con este sujeto, cuidadito del grande, porque está deparando pistas preocupantes sobre lo que perpetra, que no es otra cosa que aplazar las elecciones ad calendas graecas y manipularlas con los artificios más a mano. El ejemplo está servido: su socio, el terrorista colombiano Petro, se ha visto sorprendido porque la mayoría de su nación le ha puesto los cuernos en las elecciones y él, de acuerdo con Cepeda, otro compinche de la Internacional leninista, se opone a reconocer el resultado de las urnas. Quien a lo suyo se parece, aplausos merece, o sea que, ahora que viene el Papa, ¡ojo al Cristo, que es de plata! Aunque en este caso sea de alpaca y de la mala.

Feijóo ya sabe que su electorado, en gran medida, se ha quedado prendado de este político; seguro que, lejos de festejar a unos fifirichos empresarios, les ha cantado las verdades del barquero con un nítido mensaje: «Esto es lo que hay y yo no soy Sánchez». Le ha faltado añadir: «Ni ahora, ni cuando gobierne». De pronto, el que, según revelan los sondeos, va a ser próximo presidente del Gobierno español, se ha topado con esta certeza: el Feijóo que queremos es el de Cataluña, no el del principio, sino el del gran discurso. Como este sujeto no se va, aunque toda su familia ocupe varias celdas en Soto del Real, hay que dejarle en consonancia con su cuerpo esquelético: escuchimizado políticamente, de tal modo que, cuando pierda el poder porque Feijóo democráticamente le haya vencido, se dirija a deponer al primer Juzgado de Guardia que se ponga a mano. Ya, a estas alturas, no pueden coexistir dos Feijóo, el que nos confunde y el que nos reconforta. Este, además, es el que puede horadar la inconcebible votación de los radicales de Vox. Nada de dos por el precio de uno. ¡Viva el Feijóo de Barcelona!

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