La paradoja de Chesterton y el futuro de España
«¿Imitará Feijóo a Rajoy y dejará sin acometer las necesarias y urgentes reformas de nuestro sistema político?»

Ilustración de Alejandra Svriz.
¿Quién no recuerda algún cuento policíaco del padre Brown, ese Sherlock Holmes clerical y bondadoso, pero con una capacidad de deducción fría y objetiva que nada tiene que envidiar al sabueso de Baker Street? ¿O las sorprendentes aventuras del policía infiltrado en una organización subversiva con seudónimos semanales? Me temo que no sean muchos los que lo recuerden: son frutos de la imaginación de Gilbert K. Chesterton, escritor inglés bastante excéntrico y más inglés, con un gran sentido del humor y gran amigo de las paradojas, convertido al catolicismo ya en su madurez, y tan aficionado al debate que, cuando en su infancia su madre le dio un hermanito, dijo enseguida: «¡Qué bien, ya tengo con quién discutir!».
Hombre grande y corpulento, no se privaba de perorar en Hyde Park entre charlatanes y bolcheviques. Su amigo G. Bernard Shaw contaba que un día en que pontificaba en el parque encaramado en una caja de embalaje, esta se hundió, dando con sus huesos en el suelo. Chesterton se levantó triunfante diciendo: «¡Se ha hundido por el peso de mis argumentos!». También elogiaba Shaw a Chesterton por su exquisita cortesía: «El otro día le vi ceder su asiento en el autobús a dos señoras».
Gran amante de las paradojas y observador irónico de los desatinos humanos, decía esto Chesterton acerca de la política británica: «El mundo político se divide en Conservadores y Progresistas. La ocupación de los Progresistas es cometer errores. La de los Conservadores es impedir que se corrijan esos errores. Incluso cuando los revolucionarios se arrepienten de su revolución, los tradicionalistas la defienden como parte de la tradición».
Esta certera observación hecha en Inglaterra a principios del siglo XX puede perfectamente aplicarse a la España de principios del siglo XXI.
Llevamos mucho tiempo criticando amargamente el Gobierno mafioso, incompetente y corrompido de Sánchez, pero nos olvidamos de lo mucho que Sánchez debe a sus tan denigrados rivales políticos y, en particular, a su antecesor, Mariano Rajoy. Sinceramente, me sorprendo cada vez que Feijóo y sus correligionarios del Partido Popular pasean, alaban y exhiben con orgullo a Rajoy, que tan eficazmente contribuyó a su propia destitución, al derribo del Gobierno del Partido Popular y a su reemplazo por la némesis sanchesca.
Hay dos políticos españoles que tienen todo que agradecer a Rajoy, pero ninguno de ellos es de su partido. Estos dos políticos son Pedro Sánchez y Carles Puigdemont: ambos, y sus respectivos partidos, tienen tanto que agradecer a Rajoy que me parece desconsiderado por su parte no admitirlo y mostrar reconocimiento. «Ah», dirá el lector, «este admirador de Chesterton nos viene ahora con sus paradojas». Y yo respondo: «¡Claro!, por supuesto, la política está llena de paradojas».
«Si a Sánchez le dieran a elegir su oposición señalaría alborozado a Feijóo y Abascal»
Yo diría de Sánchez lo que Sean McMeekin, historiador de la Revolución rusa, dice de Lenin: «Tuvo suerte con sus enemigos». Llevo tiempo pensando (y no soy el único) que si a Sánchez le dieran a elegir su oposición, señalaría alborozado a Feijóo y Abascal; y si no fuera un mal bicho, como es, reconocería su cuantiosa deuda con Rajoy.
¿Qué tienen socialistas y nacionalistas que agradecer a Rajoy? Mucho: en primer lugar, lo que Chesterton denunció en su paradoja. Los conservadores toman los dislates de sus adversarios y los convierten en veneradas tradiciones. ¿Cuántas leyes ideológicas de los socialistas derogó el Gobierno de Rajoy, que disfrutó durante cuatro años de una holgada mayoría absoluta? Ninguna. Tanto miedo tenía Rajoy a tomar decisiones firmes y definitivas, que, en vez de derogar las leyes absurdas de Zapatero (no todas lo fueron, por supuesto), como la de Memoria Histórica, las de Igualdad y Violencia, que son exactamente lo contrario, de desigualdad (la igualdad está claramente establecida en la Constitución y en los Códigos Civil y Penal, y no está necesitada de añadidos, al contrario), y las de Educación, en lugar de derogarlas, repito, intentó pasarle la patata caliente al Tribunal Constitucional.
El Constitucional no está para derogar leyes; para eso están las Cortes, que son las que las han aprobado y pueden derogarlas, como Poder Legislativo que son. Obsérvese, de paso, que no es Sánchez el primero en valerse espuriamente del Constitucional como instrumento político, aunque sí es cierto que lo ha hecho de la manera más descarada y escandalosa, y que el primero en hacerlo no fue tampoco Rajoy, sino el hoy empapelado Rodríguez Zapatero. Pero ésa es otra historia.
Entre el miedo y la pereza, Rajoy dejó vigentes (aunque, eso sí, inactivas) esas leyes ideológicas del nuevo PSOE wokista y populista que nos ha regalado el presente siglo, este nuevo PSOE que inauguró Zapatero y que Sánchez ha magnificado y está llevando hasta sus últimas consecuencias. Cuando Sánchez le dio la patada a Rajoy y ocupó su lugar en 2018, se encontró con el trabajo hecho. Sus mayorías siempre fueron exiguas, pero no le hizo falta ningún esfuerzo legislativo para disponer de la obra legislativa de Zapatero, tan de su gusto.
«La pereza y la desgana de Rajoy le pusieron a Sánchez la moción de censura en bandeja»
Y aún se dio el lujo de adornarse añadiendo, mano a mano con Bildu, nada menos, al sectarismo de la Ley de Memoria Histórica un estrambote de Memoria Democrática para rematar la faena. A los demócratas que en su momento luchamos contra la dictadura de Franco, esto de la memoria democrática nos da mucha risa. Más apropiado hubiera sido que Sánchez patrocinara una Ley de Memoria Dictatorial, porque nadie se acuerda más del franquismo que élsin haberlo conocido.
Además de todo esto, la pereza y la desgana de Rajoy le pusieron a Sánchez la moción de censura en bandeja. Nunca sabremos por qué fue Rajoy tan blando y pasivo ante la conjura urdida por Pablo Iglesias Turrión, que puso a disposición de Sánchez la famosa moción. Un dubitativo Rajoy permitió que los sanchistas le birlaran a un aliado (el PNV, ciertamente muy poco de fiar) que fue clave para que los censurantes alcanzaran la mayoría. Un esfuerzo decidido por parte de los populares hubiera privado a Sánchez de la mayoría necesaria, pero Rajoy ni siquiera estaba presente cuando su destino como presidente estaba en juego en las Cortes.
Del agradecimiento que los separatistas catalanes deben a Rajoy ya he escrito en estas páginas. Cuando, después de la tragicómica declaración de independencia de Puigdemont en octubre de 2017, y después de unas agónicas vacilaciones por parte de Rajoy, por fin se aplicó el artículo 155 de la Constitución y se intervino la Comunidad de Cataluña, resultó evidente que nadie allí estaba dispuesto a arriesgar nada, ni un euro, en defensa de la independencia: los políticos independentistas se fueron a sus casas o huyeron (como el propio Puigdemont) y la ciudadanía acudió dócilmente a sus empleos y sus labores. No hubo el menor conato de rebelión, demostrándose palmariamente que el único atractivo que tiene la idea independentista en Cataluña está en cobrar de los fondos con que los políticos de Madrid riegan a los de Cataluña, creyendo así aplacarlos.
Ante tan evidente falta de entusiasmo independentista, Rajoy hubiera podido terminar en menos de un año con todo el frágil tinglado separatista y resolver de una vez el problema. En su lugar, con manos temblorosas, devolvió los mandos a los separatistas convocando unas elecciones prematuras y mal preparadas. Devolvió la vida a un independentismo moribundo a causa de sus habituales defectos de pereza y cobardía. Y los de Junts y Esquerra, encima, le denigran siempre que pueden. Parece mentira; el que no es agradecido no es bien nacido.
«Todo nuestro edificio constitucional necesita una reforma a fondo»
Otro tinglado político se tambalea hoy de manera aparatosa: el Gobierno-cuadrilla de Sánchez & Cía. ¿Sabrá la oposición darle la puntilla? No parecen ni tener las ideas muy claras ni estar muy conjuntados. ¿Seguirá Sánchez teniendo la suerte de Lenin? ¿Caerá el tinglado por su propio peso?
En todo caso, seamos optimistas y esperemos que la némesis sanchista y su muro se vengan pronto abajo. Mi siguiente pregunta es: ¿imitará Feijóo a Rajoy y, para «no meterse en líos» (frase favorita del de Pontevedra), se dedicará a la gestión con mayor o peor fortuna y dejará sin acometer las necesarias y urgentes reformas de nuestro sistema político, permitiendo que un aprendiz de Sánchez pueda en el futuro seguir sus pasos y continuar su labor de zapa, corrupción y golpe de Estado gradual?
No puedo ya entrar en detalles, pero todo nuestro edificio constitucional necesita una reforma a fondo, empezando por el Tribunal de dicho nombre, y siguiendo con la ley electoral, el Senado, la moción de censura, los reglamentos parlamentarios, la estructura autonómica…; hay que reforzar la independencia de instituciones tales como el Poder Judicial, el Banco de España, la Fiscalía General, el CIS, la Airef, hay que regular muy severamente la facultad gubernamental de otorgar subvenciones, y un larguísimo etcétera. Señores de la oposición, izquierdistas honrados y respetables (que los hay, y muchos), si en España siguen vigentes el inmovilismo y la paradoja de Chesterton, nuestro país va a ser en el siglo XXI, como el Imperio otomano en el siglo XIX, el «hombre enfermo de Europa». Hoy más que nunca nuestra divisa debe ser: renovarse o morir.
