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Cultura

Raro y valioso: don Ramón Carande, un gran historiador

Autor de ‘Carlos V y sus banqueros’, de cuya muerte se cumplen 40 años, fue pionero de la historia económica española

Raro y valioso: don Ramón Carande, un gran historiador

El historiador Ramón Carande. | UCOPress (Editorial Universidad de Córdoba)

El próximo 1 de septiembre se cumplirán 40 años exactos del fallecimiento de don Ramón Carande Thovar, uno de los mayores historiadores españoles del siglo XX, a la edad de 99 años y 4 meses. Fue un gran historiador y una gran persona. Yo no sólo he leído sus libros con inmenso placer y aprovechamiento, sino que tuve la fortuna de ser amigo y algo discípulo suyo.

Si su obra histórica es todavía un tesoro de conocimiento y sabiduría, su trato personal era un verdadero privilegio, porque a su gran inteligencia unía una simpatía desbordante, una gran bondad y un sentido del humor poco frecuente en el mundo académico. A su avanzada edad siempre se le veía alegre, dispuesto a hacer un comentario mordaz o contar una anécdota divertida; se le veía un hombre feliz, y razones tenía para serlo. Su vida y obra, creo yo, justificaban esa felicidad; había trabajado incansablemente y había sorteado, como veremos, toda clase de obstáculos y contratiempos; había producido una obra espléndida; gozaba de admiración y respeto, sus méritos habían sido muy generalmente reconocidos y premiados; y todavía tenía el humor de ser, o fingirse, modesto. Yo jamás he visto a nadie de su categoría darse menos importancia; su sentido del humor era como la caridad bien entendida, que empieza por uno mismo, y le hacía escribir cosas como: «Sé muy poco y prefiero declararlo así. Me quedo más tranquilo», en la «Advertencia» a su libro Sevilla, fortaleza y mercado.

Había nacido Carande en Carrión de los Condes, provincia de Palencia, en una familia acomodada. Su padre era abogado en ejercicio y republicano. De su madre heredó grandes fincas en Extremadura. Él salió un chico despejado y estudioso, que hizo la secundaria en Carrión, Santander y París. Estudió Derecho en Madrid, donde fue discípulo y admirador de don Francisco Giner de los Ríos, quizá la figura más destacada de la Institución Libre de Enseñanza, de la que Carande siempre se consideró discípulo. Terminado el doctorado, aconsejado por otro de sus maestros, Antonio Flores de Lemus, primer gran economista moderno español, partió para Alemania y Austria con una beca de la Junta de Ampliación de Estudios para estudiar economía con Gustav Schmoller, Franz Brentano y otras luminarias germánicas.

Gabriel Tortella y Ramón Carande.

A poco de regresar de Alemania, opositó con éxito a una cátedra de Economía Política y Hacienda Pública en la Universidad de Murcia, y pronto (1918) accedió a la de Sevilla, donde profesó el resto de su vida oficialmente «activa» (pongo comillas porque la vida de Carande fue activa hasta muy pocos días antes de fallecer). Después de ser catedrático de Hacienda, decidió ser historiador económico, y empezó a investigar en los archivos históricos (Indias, Nacional, Simancas, municipales) sobre la economía en tiempo de los Reyes Católicos y también sobre la historia de Sevilla, su tierra de adopción.

Carande no tenía madera de político, pero sí le interesaba la política, como intelectual que era. Cuando cayó la Monarquía, formó parte de la Agrupación al Servicio de la República, promovida por su amigo José Ortega y Gasset. Por consejo de este, no aceptó la propuesta de Manuel Azaña de ser ministro de Transportes en su Gobierno; con muy buen criterio, Ortega y Carande sabían deslindar el interés del intelectual por la política de la actividad propia del político.

Se avino en cambio a asesorar al Banco Urquijo, que en aquel momento estaba necesitado de prohombres republicanos, y entró a través del banco en empresas importantes, como Campsa y algunas de ferrocarriles. Durante la Guerra Civil fue detenido en Madrid y, tras ser liberado, fue acogido Carande en el chalet de su amigo José María de Cossío, mientras su familia se refugiaba en una portería y su casa era asaltada por turbas de milicianos, que se incautaron de lo que quisieron y destruyeron el manuscrito, notas y documentos de su libro casi terminado sobre los Reyes Católicos. Fue lo que él llamó «la insaciada ferocidad indígena».

«Perteneció a ese grupo de españoles que durante la Guerra Civil y su postguerra fueron perseguidos por republicanos y por franquistas»

Para más ensañamiento, al terminar la guerra, el Gobierno le separó de su cátedra sevillana, y las cosas pudieron haber sido aún peores si Carande no hubiera tenido amigos en todas partes, gracias a lo cual un ministro de Franco, pupilo suyo, le consiguió un puesto como consejero de Falange. Ahora esto casi da risa y le recuerda a uno el caso de Jorge Luis Borges, que fue inspector de aves de corral en Argentina; pero a don Ramón, su metamorfosis falangista —por cierto, no muy duradera— le salvó de males mayores en los primeros años del franquismo. Observemos, por cierto, que don Ramón perteneció a ese grupo selecto de españoles que durante la Guerra Civil y la posguerra fueron perseguidos por los republicanos y por los franquistas, y que gozan de mi más ferviente admiración como ciudadanos de esa añorada «tercera España» que nunca pasó de ser más que una ínfima minoría y que ojalá hubiera sido «inmensa», como deseaba Juan Ramón Jiménez.

Siempre animoso, Carande aprovechó sus vacaciones forzadas para emprender la que fue su obra más importante: los tres imponentes tomos del libro Carlos V y sus banqueros, su obra magna, que no es solamente historia financiera, como pudiera pensarse por el título; estudia toda la economía española, y parte de la política, de la primera mitad del siglo XVI. Es muy posible que el prestigio que le dio esta obra —cuyo primer volumen se publicó en 1943— contribuyera a que el Gobierno rectificara y le devolviera su cátedra sevillana en 1945.

A su calidad de adelantado de la historiografía económica española, une Carande su extraordinaria pluma, que destila prosa de muy alta calidad. Su castellano es clásico, de ecos cervantinos en su claridad y su elegancia. Contrariamente a lo habitual en los trabajos de investigación, sus libros no tienen notas, sino un minucioso apéndice de «Autoridades», lo cual facilita la lectura de corrido. A este atractivo se añade su sempiterno sentido del humor, que emerge también en su obra científica; Carande enseña deleitando y el lector puede imaginárselo riendo a carcajadas cuando nos cuenta cómo el emperador Carlos, siempre en busca de dinero para financiar sus empresas, casi siempre guerreras, pugna por vender los chapines de su difunta esposa. O cómo Gonzalo Fernández de Oviedo, el historiador de Indias, se reía del famoso jurista Juan López de Palacios Rubios por haber inventado el «requerimiento» que los conquistadores debían leer a los indios exhortándoles a someterse voluntariamente antes de entrar en combate contra ellos, lectura de improbable eficacia para con unas tropas indígenas que nunca habían oído hablar en castellano. Y a quien quiera un pálido reflejo del humor erudito de Carande, recuerde que a fray Bartolomé de las Casas le motejaba cariñosamente de «frailecito aguafiestas».

Ya los títulos de sus obras acostumbran a ser atractivos. Carlos V y sus banqueros no abarca el ambicioso contenido de la obra, pero tiene ecos de finanza y política renacentistas. Otro libro suyo, la Galería de Raros, recuerda el lenguaje archivístico, y es una serie de breves biografías de amigos y colegas, entre los que se encuentran Santiago Ramón y Cajal y la enternecedora Alice B. Gould, investigadora norteamericana que dedicó gran parte de su vida a establecer el elenco de los participantes en el primer viaje de Colón y que murió un 25 de julio, día de fiesta, a la puerta del Archivo de Simancas. El discurso de despedida de la Universidad de Carande se tituló, con terminología financiera, Mis acreedores preferentes; estuvo dedicado a sus maestros y en él se definió a sí mismo como «jubilado jubilante». Otros artículos suyos se titulan, por ejemplo, Los moriscos de Henri Lapeyre, los de Julio Caro, y algún morisco más o El sorprendido y sorprendente Adriano VI, papa. Ya habrá servido esta enumeración para mostrar la variedad de intereses, temas y períodos de su obra, que no se limitó en absoluto ni a Carlos V ni al siglo XVI.

«Con todo su elegante arcaísmo, Carande fue un gran innovador sin dejar de ser un clásico»

Con todo su elegante arcaísmo, Carande fue un gran innovador sin dejar de ser un clásico. Aparenta ser tradicional porque, a primera vista, no analiza, sino que simplemente expone lo que los documentos dicen; pero es una tradicionalidad engañosa, porque en la elección del tema y en el modo de seleccionar y ordenar el material nos encontramos con la mente de un economista. Innovó al aplicar la lógica y el método del economista al estudio de la política del emperador, casi una revolución científica en su tiempo. No en vano contaba Carande que en Simancas los papeles que él pedía pertenecían a una sección entonces titulada «Documentos financieros sin interés». Entiendo yo que con ello se convirtió en el primer español que hizo historia económica moderna verdadera y de calidad. Fue el precursor de otros precursores, como Joan Sardá y Jaume Vicens Vives.

Bueno, pues eso no le privaba de afirmar, con esa modestia guasona que le caracterizaba, que «a pesar de que se diga por ahí —tantas cosas se dicen— que [ha] sido poco menos que el introductor o algo así, de la historia económica, todo eso son puras fantasías». No lo eran, por supuesto. Eran la pura verdad.

Concluyamos con alguna otra muestra de su humor, a menudo relativo a sus visitas a los archivos. Esto nos lo contó en un Congreso sobre Archivos Económicos celebrado en el Banco de España. Como tantos otros investigadores, cuando trabajaba en Simancas, residía en Valladolid y tomaba, hasta el viejo castillo-archivo, un autobús, cuyo chófer se llamaba Nicéforo. Carande no pudo evitar llamarle «Portador de la Victoria», por la etimología griega de ese nombre, a lo que el aludido contestó: «Mire don Ramón, yo a esa ya no la dejo subir al coche, porque me alborota al personal».

Era difícil encontrar a un sabio más sabio y más divertido. Murió, a punto de ser centenario, a consecuencia de las complicaciones de una fractura que se hizo en el fémur al caerse cerca de su casa yendo a hacer una fotocopia. A tan desgraciado accidente lo llamaba «mi metedura de pata». A todos los que le conocimos nos pareció la suya una muerte prematura. Y lo fue, ciertamente.    

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