De enchufes y enchufados
«Una democracia madura se mide por si el hijo del panadero tiene las mismas oportunidades que el hermano del presidente»

Ilustración de Alejandra Svriz.
España es un país tan extraordinario que ha conseguido convertir el enchufe en una institución paralela del Estado. Tenemos la Constitución, el BOE y el cuñado que conoce a alguien. A veces, incluso, las tres cosas confluyen en la misma persona.
Esta semana vuelve a sentarse en el banquillo David Sánchez, el hermanísimo, compositor de obras tan memorables para la historia universal como La danza de las chirimoyas, una pieza cuyo principal mérito artístico quizá haya sido demostrar que en España todavía se puede vivir de la cultura. Sobre todo si tu hermano vive en La Moncloa.
Lo interesante del juicio no es ya lo que diga la defensa ni lo que termine resolviendo el tribunal. Lo verdaderamente fascinante es el retrato antropológico que emerge de cada declaración. Porque el caso del hermanísimo no habla únicamente de David Sánchez. Habla de nosotros. De una enfermedad nacional que atraviesa generaciones, gobiernos, ideologías y administraciones. El viejo caciquismo español. Ese fósil político que creíamos enterrado en el siglo XIX y que sigue respirando bajo las alfombras de las instituciones.
Según la UCO, la creación del puesto no surgió de una necesidad cultural detectada por los conservatorios ni de una demanda profesional concreta. No. La fuerza motriz parecía encontrarse bastante más arriba. En las alturas del poder. Allí donde los cargos aparecen como las setas después de la lluvia y las plazas públicas florecen con la misma rapidez con la que algunos currículums descubren vocaciones repentinas.
Primero aparece la idea. Después se acelera la maquinaria administrativa. Más tarde surge el candidato perfecto. Y finalmente el candidato perfecto obtiene el puesto perfecto. Todo ello con una sincronización tan precisa que haría llorar de emoción a un relojero suizo.
«Cuando una plaza nace dirigida, estamos ante una estafa moral. La administración deja de ser un árbitro para convertirse en un trilero»
Pero quizá el episodio más revelador del juicio sea el de una testigo este pasado martes. Una de las once aspirantes. Una ciudadana cualquiera.
Una profesional de la música que acudió al proceso creyendo que competía en igualdad de condiciones. Como hacen miles de españoles cada año cuando preparan oposiciones, concursos o entrevistas. Dos días antes de la prueba le advirtieron de que no se esforzara demasiado. El puesto ya tenía dueño.
Qué detalle. Qué consideración. Qué admirable sentido de la eficiencia administrativa.
Mientras algunos estudiaban méritos, idiomas y experiencia profesional, otros parecían haber aprobado el requisito fundamental: llevar el apellido correcto.
Y ahí está el verdadero escándalo. No en David Sánchez. Ni siquiera en Pedro Sánchez. El problema son los otros once. Los invisibles. Los que jamás tendrán un telediario. Los que perdieron antes de empezar.
«Hemos cambiado el puro por el ‘smartphone’. Pero el reflejo sigue ahí. El enchufe continúa siendo la moneda sentimental del poder»
Porque cuando una plaza nace dirigida, estamos ante una estafa moral. La administración deja de ser un árbitro para convertirse en un trilero. La igualdad de oportunidades se convierte en una función de teatro. Y los ciudadanos pasan de opositores a figurantes.
Por eso produce cierta ternura escuchar ahora a algunos testigos descubrir repentinos ataques de amnesia. Funcionarios que recuerdan menos que un concursante eliminado de Pasapalabra. Correos electrónicos que desaparecen. Actas que mutan. Declaraciones que evolucionan con más giros argumentales que una serie turca.
Algunos incluso acumulan responsabilidades políticas y administrativas con un entusiasmo digno de un coleccionista de sellos.
Todo muy normal. Todo muy casual. Todo muy español.
Y mientras el foco mediático apunta a Badajoz, en Valencia también se acumulan investigaciones sobre presuntos enchufes, contrataciones discutibles y procesos bajo la lupa de la Fiscalía Anticorrupción. Cambian los nombres. Cambian las siglas. Cambian los colores de las corbatas. Pero la partitura siempre es la misma.
El problema nunca fue el partido. El problema es el sistema.
Ese mecanismo perverso que convierte la administración en una agencia de colocación para amigos, familiares, novios, novias, asesores, recomendados y conocidos del conocido de turno.
Las famosas Jéssicas de Ábalos no son una anomalía. Son un síntoma. Lo mismo que los hermanísimos. Lo mismo que los sobrinos políticos. Lo mismo que los asesores fantasma. Lo mismo que las plazas diseñadas con la precisión de un traje a medida.
España sigue arrastrando una herencia que viene de muy lejos. Del cacique que repartía favores desde el casino del pueblo. Del notable que decidía quién trabajaba y quién no. Del señorito que confundía la administración con su finca particular.
Hemos cambiado el puro por el smartphone. La boina por la videoconferencia. El despacho provincial por el ministerio. Pero el reflejo sigue ahí. El enchufe continúa siendo la moneda sentimental del poder.
Quizá por eso el juicio del hermanísimo resulta tan incómodo. Porque no estamos viendo únicamente a un acusado sentado en un banquillo. Estamos contemplando nuestro reflejo en el espejo. El país donde demasiadas veces importa más quién te recomienda que lo que sabes hacer.
Y mientras esa cultura sobreviva, mientras sigamos tolerando que los cargos públicos coloquen a familiares, amigos o protegidos como quien reparte décimos de lotería en Navidad, seguiremos lejos de las democracias modernas que luego admiramos.
Porque una democracia madura no se mide por los discursos que pronuncian sus dirigentes. Se mide por algo mucho más sencillo. Por si el hijo del panadero tiene las mismas oportunidades que el hermano del presidente.
Y en España, demasiadas veces, la respuesta sigue sonando como una vieja copla de pueblo. La misma de siempre. La del enchufe. La del enchufado.