Su Santidad noquea a Su Sanchidad
«Al presidente le crujió la mandíbula al oír al Papa hablar de ‘moral’ y ‘límite del poder’. Y cuando le escuchó que ‘la autoridad lleva siempre consigo responsabilidad’»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Aquí andábamos, chapoteando en el lodazal, cuando nos cayó del cielo un Papa sensato y transparente. Me gustó Robert Prevost desde el primer momento: que fuera matemático, jugador de tenis y aficionado a los coches (conducirlos y repararlos) me parecieron unas credenciales interesantes en un misionero. Además es afable, tiene mirada perspicaz, bonhomía y cierta timidez. Un contrapunto al exhibicionismo sectario de Bergoglio.
Estaba cantado que Pedro Sánchez, en plena eclosión de sus cloacas, intentaría patrimonializar la visita. Se ha pegado al Papa como una garrapata. Incluso se ha colado en el viaje a Canarias, donde no estaba prevista su presencia. ¡Él y 15 ministros!
Hasta ahora Su Santidad ha logrado neutralizar a Su Sanchidad. De haber podido, Sánchez habría recibido al Papa en Moncloa con Begoña de blanco riguroso. Pero fue él quien tuvo que desplazarse ayer hasta la Nunciatura con un bonsai bajo el brazo. Y luego se apresuró a tuitear sobre su gran sintonía y cuánto «comparten el compromiso» por las migraciones, el multilateralismo y el entendimiento entre los pueblos.
«De haber podido, Pedro Sánchez habría recibido al Papa en La Moncloa con Begoña vestida de blanco riguroso»
El problema es que, acto seguido, León XIV habló en el Congreso. Pueden leer aquí su magnífico discurso. Antes tuvimos que tragarnos a la telonera, Francina Armengol, siempre a la bajura de lo que se espera de ella: lugares comunes, lenguaje inclusivo y argumentario monclovita para secuestrar el mensaje del Papa, al que situó con ellos «en el lado correcto».
Su cháchara inane se desintegró en cuanto tomó la palabra el Pontífice. Destacó el legado cultural y filosófico español. La fe y la razón, la tradición y el pensamiento. De Santa Teresa a Unamuno, del Quijote a la Escuela de Salamanca. Importantísima reivindicación (ahora que algunos exigen que España pida perdón) de los maestros salmantinos que «introdujeron en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder».
Al presidente del Gobierno le empezó a crujir la mandíbula al oír «moral» y «límite del poder». Que «la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad». Que «el bien común está por encima de los intereses particulares». Que hay que defender «la vida humana desde su concepción hasta su ocaso natural» (el Papa está sin duda al corriente de que el Gobierno pretende introducir el aborto como derecho en la Constitución).
El mal rato siguió cuando León XIV reivindicó la familia y el derecho de los padres a escoger la educación de los hijos (tienen en la mira a la concertada). Y cuando recordó que la paz se instaura también a través del discurso y que «quienes ejercen una responsabilidad pública tienen una especial obligación de custodiar la palabra para desarmar el lenguaje», a media bancada socialista, empezando por Óscar Puente, le explotó la cabeza.
Naturalmente el Papa habló de paz y de inmigración, y lo hizo desde la moral pero también desde el pragmatismo, alejado de la demagogia. Todos los diputados aplaudieron muchísimo y cada quien se quedó con lo que quiso. Oigamos a Mertxe Aizpurua, de Bildu: «Me quedo con la idea de los inmigrantes, no con la del aborto». Como para hablar de respeto a la vida está ella, que acostumbraba a señalar objetivos a ETA.
«El discurso de León XIV en el Congreso fue magnífico. Armengol, de telonera, estuvo a la bajura de lo que se espera de ella»
Otra aplaudidora, Miriam Nogueras ignoró igualmente la filosofía papal sobre los particularismos. Agarró a León XIV y no lo soltaba, enseñándole todos sus dientes y conminándolo, en inglés, a que hablara en catalán en su próxima etapa del viaje. «Su santidad, soy catalana, como Gaudí. Hablar en el idioma de la tierra que le da la bienvenida es un acto maravilloso de amor y respeto. Espero que disfrute su visita a Cataluña, mi nación». Otro diputado de Junts le dijo lo mismo en italiano. Esta noche el Papa ha soñado con Gaudí y con dentaduras coronando la Sagrada Familia. Hablará en catalán, de eso se ha encargado Omella, arzobispo de Barcelona, y estos pelmas se pondrán la medalla.
Desde las tribunas le escuchaban fuerzas vivas de todo pelaje. Destacó la ausencia de Zapatero, tal vez para que no le preguntaran por las joyas, ahora que ya se sabe que los rubíes y las esmeraldas son auténticos. En cambio se apareció José Bono, robando tiempo a sus negocios. También estaba Mercedes González, la directora general de la Guardia Civil, con cara de futura imputada. Y el padre Ángel. Solo faltaba Leire Díez con una libreta.
León XIV sabe dónde ha venido. Conoce nuestra historia y en qué momento desgarrado nos encontramos. De ahí su insistencia en el diálogo, en la responsabilidad de los líderes, en la necesidad de «derribar los muros» (¿hola, presidente?) y superar la polarización. Menos mal que estos días en Madrid han permitido aflorar a una España civilizada. Medio millón de jóvenes primorosos y alegres. Concentraciones multitudinarias sin un solo incidente. Y un Papa abrumado por el cariño.
Si quitamos la sobredosis de actuaciones musicales y de coreografías, el afán protagónico (y los discursos) del cardenal José Cobo o el anticlímax de ver en un escenario a Unai Sordo y Pepe Álvarez, nuestras Pili y Mili del sindicalismo vertical, yo creo que la primera etapa del viaje papal ha sido un éxito. Para León XIV, que está demostrando que vuela alto. Y sobre todo para nosotros, creyentes o no, porque nos ha brindado un soplo reconfortante.