Zapatero y Sánchez: la bomba lapa contra la democracia
«Al principio recelaban uno del otro. No lo sabían, pero eran almas gemelas: compartían la mediocridad, la ambición, el cinismo y la falta de escrúpulos»

Ilustración generada mediante IA.
Desenmascarado por fin José Luis Rodríguez Zapatero, algunas voces cándidas sugieren que el expresidente acusado de capitanear una organización criminal, tráfico de influencias, falsedad documental y blanqueo de capitales no sabe bien lo que hace. Que se cree sus mentiras. Que vive en su mundo, como si fuera un alelado.
No es una defensa muy sólida, la verdad. Son más bien balbuceos. Uy, pero si sonreía. Y siempre saludaba. Y decía que «el infinito es el infinito, y que somos el único planeta del universo donde se puede leer un libro y donde se puede amar». Y que «la tierra no pertenece a nadie. Sólo al viento». ¿Cómo alguien con esos ojos acuosos y esa filosofía de seta alucinógena puede hacer algo malo? Pase que sostuviera a Maduro y una dictadura que practicaba el terrorismo de Estado, pero de ahí a trincar…
Y hete aquí que las investigaciones de la UDEF, que fundamentan un sumario abrumador, lo sitúan «en el vértice» de una trama que se extiende de Caracas a Pekín, de Dubái a las Islas Vírgenes. Se habla de tráfico de petróleo, oro y divisas. De testaferros y criptomonedas. De lavado de dinero desviado de programas contra el hambre en Venezuela, que para eso, entre otras cosas, pudo haber servido el rescate de la aerolínea Plus Ultra.
Leemos que Zapatero se llevaba comisiones a cambio de infiltrar en áreas estratégicas de la seguridad española a una compañía como Huawei, sujeta al dictado del Partido Comunista Chino. Que elaboraba facturas falsas. Que invertía con frenesí en activos inmobiliarios. Que tenía una secretaria que se llama Gertrudis, con aspecto de matar por su jefe. Y ayer, en un giro estupefaciente, hemos visto las fotografías del centenar de joyas y relojes que el faro fundido de la izquierda guardaba en una caja fuerte en su oficina (y que Gertrudis no había querido abrir a la policía). Regalos y herencia familiar de su mujer, se justifica. Pues viendo esas antiguas gargantillas y pulseras (brillantes, zafiros, rubíes, adivinan los expertos), Sonsoles Espinosa debe de ser descendiente de la Zarina de todas las Rusias.
«Viendo las joyas que dice haber heredado, Sonsoles Espinosa debe de ser descendiente de la Zarina de todas las Rusias»
Cuánto erró Alfonso Guerra cuando bautizó a su correligionario con el apelativo de Bambi. ¡Si ya se trajo de León fama de killer y varios cadáveres en la maleta!
Como presidente, el legado de Zapatero parece más un prontuario delictivo. Desenterró la Guerra Civil, dinamitó el pacto de la Transición, sembró la semilla del procés al alentar las aspiraciones independentistas, traicionó el consenso sobre ETA y dio oxígeno político a una banda moribunda. Negó la crisis, dilapidó las ayudas europeas, propició un endeudamiento salvaje y dejó a España al borde del rescate…
Salió con oprobio de Moncloa y, lejos de dedicarse a «supervisar nubes», prefirió supervisar facinerosos. Nada nuevo. ¿Nos hemos olvidado de que su Gobierno cobijó escándalos con el chavismo, como las mordidas de su embajador Raúl Morodo y la venta de fragatas de su ministro José Bono? Asombra oír ahora las evocaciones de Zapatero como si hubiera sido un injerto de Churchill y Gandhi.
Zapatero preparó el terreno, y Pedro Sánchez continuó la obra: ahondó en la brecha guerracivilista y convirtió en muro el cordón sanitario. Puso a España en manos de quienes quieren desmantelarla y ahora, al final de la correría, evalúa la ruptura constitucional definitiva, con la agitación republicana y plurinacional.
Y siempre, con Zapatero como presidente en la sombra: colocó a peones suyos en ministerios (Interior, Defensa, Transportes), medios (PRISA, RTVE), empresas públicas, el Constitucional, la Fiscalía General del Estado y la propia Moncloa. Impulsó los pactos con la izquierda antisistema de Podemos y negoció afanoso con Puigdemont para sostener a Sánchez. Cambió el rumbo de la política exterior para adecuarla a sus intereses, lejos del consenso occidental y cerca de Irán y el Grupo de Puebla.
«Zapatero preparó el terreno y Sánchez continuó la obra: ahondó en la brecha guerracivilista y puso a España en manos de quienes quieren erosionarla»
Al principio, Sánchez y Zapatero se llevaban mal. Recelaban uno del otro. No lo sabían, pero eran almas gemelas: compartían la mediocridad, la ambición, el cinismo y la falta de escrúpulos. De su mano, el PSOE se convirtió en un ecosistema ideal para mafiosos, que sacaron tajada incluso de las peores tragedias, como la pandemia. El problema es que, al final, como sostiene Ketty Garat, los clanes de los lobistas corruptos y de los comisionistas corruptos han acabado disputándose el terreno. Y las alcantarillas han reventado.
Dejemos de lado debates estériles sobre si ZP es malo o tonto (o tonto que se hizo malo, como dijo en su día Pérez Reverte). Es un memo ideológico, eso sí, porque es sectario. Pero lo constatable, lo desolador, es que Zapatero y Sánchez están dispuestos a poner una bomba lapa en los cimientos de la democracia. Por suerte, un retén de periodistas, policías, guardias civiles, jueces y fiscales decentes se ha conjurado para desactivarla.