The Objective
César Antonio Molina

Zapatero y yo (y 2): «El presidente antepuso sus intereses a la crisis»

El exministro socialista de Cultura repasa los hitos de su gestión y los choques con ZP y otros miembros del Gabinete en esta segunda entrega de sus memorias políticas

Opinión
Zapatero y yo (y 2): «El presidente antepuso sus intereses a la crisis»

Ilustración de Alejandra Svriz.

Se equivocan quienes dicen que Zapatero no vio venir la crisis económica. Quizás él no la vio venir, pero Pedro Solbes lo avisó reiteradamente y, muchas veces, delante del resto de sus ministros. Todos estábamos apercibidos. Unos más que otros. Pero sabíamos que la crisis estaba a las puertas. El presidente, cuanto más pasaba el tiempo, en vez de hacerle caso a Solbes, arremetía contra él. Tras la quiebra de la Caja de Ahorros de Castilla-La Mancha, nos fue dando las pautas de todo lo que nos iba a acontecer. Solbes hacía el papel de un catedrático de Economía, mientras que el presidente se comportaba como un díscolo mal alumno, llevándole la contraria con argumentos peregrinos y faltos de total cientificidad. Solbes, que hubiera podido ser él mismo presidente del Gobierno, era un ministro totalmente experimentado en los anteriores gobiernos de Felipe González.

Se acercaban las elecciones y el presidente nos dijo que si queríamos seguir, ya sabíamos cuál era la doctrina verdadera. Nadie abrió la boca. Solbes se enfrentó a aquel debate televisivo con Manuel Pizarro. Tenía los dos brazos atados a la espalda. Todos hicimos lo mismo. Todos fuimos culpables. Yo, como la economía siempre me repugnó, cosa que comprobé con mi primera carrera de Derecho, apenas la citaba en los mítines que me tocaron dar por mi provincia natal de La Coruña, de la que salí elegido diputado. Sigo aún teniendo mala conciencia. Sobre esto, me confesé con el propio Solbes, pero él siempre me absolvió. El presidente fue prevenido de la crisis económica, pero antepuso sus intereses con nuestra silenciosa y, por qué no decirlo, temerosa complicidad. Quizás fue, en principio, mejor así porque cuando se puso a gestionarla fue un desastre. El país que le dejó a Rajoy estuvo a punto, como sabemos, de ser intervenido.

Papeles de Salamanca

El Parlamento, por presiones de los socios independentistas catalanes y vascos, había acordado que muchos de los papeles del Archivo de la Guerra Civil de la ciudad de Salamanca fueran devueltos a sus «propietarios». A Cataluña pertenecían gran parte de ellos. Destruir la unidad de un archivo es casi destruirlo en su totalidad. Mi antecesora lo había hecho con la policía, con nocturnidad y como si fueran fardos sin valor. Eso provocó grandes conflictos en la ciudad que se sintió, con razón, agraviada. Traté de arreglarlo sin por ello saltarme la ley. Hice que se inventariara todo, se fotografiara, se digitalizara y se trasladara con mimo. Este trabajo duró tanto como mi paso por el ministerio. Es decir, que durante ese tiempo no salió nada. Creamos un Patronato del Archivo, a base de grandes historiadores. Conseguimos un edificio para realizar actividades educativas, exposiciones, conferencias y proyecciones cinematográficas. Aceptamos la cesión de unos terrenos del Ayuntamiento cerca de la estación para conservar mejor los fondos antiguos y otros nuevos que se incorporarían.

Y las aguas fueron volviendo a su cauce. Lo único que no se llevó a cabo todavía fue ese edificio para los nuevos fondos. Pero lo más triste para mí fue lo siguiente. Le expliqué al presidente todo el asunto reiteradas veces y le recordé la importancia universal de Salamanca y que no era justa esta humillación que se extendía a toda Castilla y León, precisamente de donde él era originario. Llamó a una secretaria y le dijo que buscara el número de diputados socialistas que aportaba esta comunidad autónoma y que los comparara con los de Cataluña. Poco después, regresó con la respuesta en papel. La contribución catalana era abrumadora con respecto a la castellana. El presidente me pasó los papeles y con una extrema frialdad y malestar me dijo: «Aquí tienes la respuesta. ¿Algo más?».

Mapas de Ptolomeo

Unos funcionarios avisaron al Ministerio de que, desde hacía tiempo, se estaban produciendo robos en la Biblioteca Nacional. La directora, Rosa Regás, los había silenciado. Y ni siquiera estaba en Madrid, sino en Girona. Se le dijo que regresara inmediatamente y se resistió. Tenía que haber puesto la denuncia en comisaría, pero afirmó que ya tenía localizado al ladrón y que ella misma lo detendría. La denuncia la puso inmediatamente el Ministerio y lo sacamos a la luz. Como hacía décadas que no se llevaba a cabo un arqueo general, di la orden de realizarlo. Pero ya se sabía que lo más valioso recientemente robado eran los mapas de Ptolomeo. Casi una veintena.

«Pajín decía que las ONG alimentaban a los pobres, mientras que el Cervantes enseñaba nuestra lengua a la burguesía colonialista»

Le expliqué al presidente la gravedad de este asunto, así como le comenté cuidadosamente, para no molestarle, lo que significaba un incunable. Cuando abrió por fin la boca, me dijo textualmente: «Rosa nos ayudó mucho. ¡Cuídala!». No me dijo: «Pon en marcha todo lo necesario para recuperarlos», sino «Cuida a quien ha descuidado esta custodia». ¿Para qué, si no, se nombran a los directores de los museos y otras instituciones? Alfredo Pérez Rubalcaba, entonces ministro del Interior, entendió inmediatamente el problema. Nos conocíamos de mucho antes y nos teníamos estima. Se presentó en la Biblioteca Nacional, le explicamos y le enseñamos todo, y fue él quien puso en marcha a la Policía Nacional, la Guardia Civil y contactó con las policías internacionales.

La directora se negaba a dimitir y se me enfrentó violentamente apoyándose en sus «extraordinarios méritos» por la causa. Me retó a que la cesara y, finalmente, ante la inminencia de mi firma, la rubricó ella. Mandó a la Presidencia y a la Vicepresidencia, una carta llena de insultos. Y lo hacía esta señora que viajaba en avión a Cataluña mientras sus gatos, para que no se marearan, eran transportados en el coche oficial. Ella que tenía invadida la librería de la institución con sus propias y «esenciales» obras. Eso nos comentaron con gran escándalo los funcionarios. Hace unos meses, tras su muerte, la Biblioteca Nacional ha aceptado su biblioteca. Desconozco su importancia. Y la aceptó sin que la donante póstuma pidiera jamás perdón por estos desmanes. Siempre había dicho que convertiría a la Biblioteca Nacional en la Casa del Pueblo. Cualquiera podía pedir cualquier libro e incluso robarlo, como así aconteció.

Dama de Elche

Recibí a un grupo de diputados y senadores valencianos comandados por la que yo había calificado como la aristócrata del proletariado. Aquella secretaria de Estado de Cooperación de la cual el Instituto Cervantes recibía el dinero. Aquella futura ministra de Sanidad que se convirtió en la mayor enemiga de la institución que yo dirigía y, por ende, de mí. Decía que las ONG alimentaban a los pobres del mundo, mientras que el Cervantes enseñaba nuestra lengua gratuitamente (absolutamente falso) a los hijos de la burguesía colonialista y capitalista del mundo. El asunto que los traía era la intención de que la Dama de Elche se quedara en esta ciudad donde aún estaba cedida, irresponsablemente, por mi antecesora.

Según ellos, era de una relevancia extraordinaria para poder ganar las próximas elecciones. No les importaba lo más mínimo que esta joya de la arqueología ibérica se volatilizara debido a su fragilidad. Les recordé todas las vicisitudes por las que había pasado la propiedad de la misma. Y que, legalmente, no tenían ningún derecho. Luego les manifesté mi estupor ante el hecho de que pensaran que esta estatua equivalía a la de una santa o a la de la Virgen María misma, para pedirle semejante favor, el de ganar las elecciones. Lo más importante, les recriminé, era el haber hecho una gran gestión y haberla sabido explicar a los ciudadanos. Insistieron denodadamente y  llegaron a decirme que de perder yo sería el único y verdadero culpable, y que me atuviera a las consecuencias. Entonces me levanté de mi asiento y sin ninguna conmiseración los eché del despacho. Leire Pajín tenía ahora más motivos en mi contra. Es decir, el presidente.

Guernica

«César, ¿Euskadi es España?», me dice el presidente. «Por supuesto que sí», le respondo. «¿Entonces por qué el Guernica no podría estar allí?». Le explico, como tantas otras veces he tenido que hacer a los senadores y diputados del PNV, que Picasso cobró de la República. Que pidió que se mostrara en el Museo del Prado (el Reina Sofía es su continuación). Y, por tanto, en Madrid. Que Guernica no fue la única población bombardeada. Madrid fue la ciudad más castigada por los aviones franquistas, alemanes e italianos durante la Guerra Civil.

Al ser el frente principal durante casi toda la contienda y la capital republicana, sufrió ataques sistemáticos y de desgaste que la convirtieron en el objetivo principal. Que el lugar donde está el cuadro recibe millones de visitas que nunca recibiría en otro lugar. Y que además (esto me lo inventé yo entonces, aunque ahora es una absoluta realidad) es un cuadro enfermo, en peligro de cuartearse sin remedio. Y, además, añadí que lo que ellos buscan es demostrar que la guerra civil entre españoles fue en realidad una guerra del resto de España contra los vascos, y esto es del todo inadmisible política e históricamente.

‘Odyssey’ y Marine Exploration

Este asunto ni se lo comenté al presidente. Jamás hubiera sido capaz de comprenderlo envuelto en la maraña confusa en que estaba. Asumí yo la total responsabilidad frente a las negativas de Exteriores y la Consejería de Cultura de Andalucía. Decían que esa empresa privada saqueadora de pecios era una máscara de la CIA, el servicio de inteligencia británico y otros espías internacionales añadidos. Todo absolutamente falso, como se demostró. Esta historia se explica muy bien en el cómic que escribió Guillermo Corral, ilustrado por Paco Roca, bajo el título de El tesoro del Cisne Negro; y en la magnífica serie de Alejandro Amenábar, protagonizada por Karra Elejalde (que hace de mí como ministro), titulada La fortuna.

Cuando las cosas comenzaron a ir bien, tras la denuncia del ministerio en los juzgados de Tampa en los EEUU, la consejera de Cultura andaluza, que había pasado totalmente, me llamó para decirme que si se encontraban objetos valiosos, quería tener parte en todo aquello porque eran «aguas nacionales andaluzas». Solo pude reírme por lo de andaluzas que, además, no lo eran por serlo internacionales. Ni se había enterado.

«La consejera de Cultura andaluza quería tener parte en todo aquello porque eran ‘aguas nacionales andaluzas’»

Teruel y Soria

Recibo una llamada del presidente desde un helicóptero militar. Va camino de Teruel. Me pregunta si el museo que estamos proyectando allí si es ¿antropológico o etnográfico?. Le digo que esto último. Me pide que le explique la diferencia. Lo hago en medio de un gran ruido de motores. Le confirmo que así colaboramos con lo que se ha denominado Teruel existe. La mayor parte de los fondos están sin exhibirse en los sótanos del Museo del Traje en Moncloa. El edificio turolense había sido un antiguo hospicio y se conservaba en muy buen estado. Y en Soria existe íbamos a hacer el primer museo de la fotografía española en el antiguo Banco de España.

Le pareció todo bien. Aún hoy nada se ha hecho en ambos lugares. Y el alcalde de Soria, candidato del PSOE a la presidencia de la Junta de Castilla y León, lo ha vuelto a vender en su campaña con, nada menos, que 16 años de retraso.

Casón del Buen Retiro y la RAE

El presidente tenía con respecto a la cultura un grave complejo de inferioridad. El decía sentirse uno más, pero sabía que no era así. Por eso se inventó aquello de que Azaña había dicho que la política era la mayor de las bellas artes. El alcalaíno, en realidad, dijo que era una de las más importantes bellas artes. Pero al afirmar esto el presidente se sentía por encima de los demás. Un día, después de sugerírselo varias veces, lo acompañé al Casón y a la RAE. Fueron días distintos. De la primera institución salió indemne, pero no así de la segunda donde tuvo que escuchar muchas maliciosas, verdaderas o no,  insinuaciones de algunos académicos.

Era el 7 de noviembre del año 2007. El director de la RAE era Victor García de la Concha. Y acompañábamos al presidente el ministro de Industria Joan Clos y yo. Juan Luis Cebrián le lanzó una filípica debido al empleo que se estaba haciendo, publicitariamente en su favor, de la letra Z. El académico dijo textualmente: «No hace falta asesinar a la ortografía para ganar unas elecciones». El las escuchó como si tal, sin mostrar pasión alguna y con aquella sonrisa sempiterna de Netol. Al salir del edificio lo acompañé hasta su coche oficial para despedirlo. Entonces me dijo que subiera a él. Me sentí  honrado y creí que era la demostración de que todo había salido aceptablemente bien. Sentados y ya iniciada la carrera me dijo sin mirarme a la cara : «¡No me vuelvas a hacer esto!». Menos mal que el trayecto en coche desde la RAE al Parlamento, apenas dura un minuto.

Feria del Libro de Fráncfort dedicada a Cataluña

Finalizado el desfile militar del 12 de Octubre en la Castellana en donde asistí en directo a la pelea entre la vicepresidenta del Gobierno y la presidenta del  Tribunal Constitucional, un buen ejemplo de la separación de poderes. Busqué al presidente para despedirme. Me iba inmediatamente a Fráncfort para asistir a la inauguración de la Feria del libro dedicada a Cataluña. El resto de los españoles tuvimos que esperar varias décadas para que se nos dedicara una. El presidente me preguntó si ese viaje era una buena idea, si no levantaría suspicacias en Esquerra Republicana, los socios del Gobierno. Le contesté que mi relación con la Conselleria de Cultura era buena y nos conocíamos perfectamente. «Yo no iría» fueron sus penúltimas palabras. «Tu eres el presidente de España y yo el ministro de Cultura, llamaría más la atención nuestra ausencia», respondí. Y, además, le expliqué que era dejarles terreno libre para contar sus mentiras históricas. «Bueno, tú verás. Yo no iría». Remató. Una vez más me pesó mi deber estatal sobre el partidista. Y creo que esta vez también volví a perder muchos  puntos. No me importó.

Llegué tarde. Aquello parecía un funeral. Ninguna representación política alemana importante en la inauguración. Al saber de mi presencia, las autoridades germanas locales y federales mandaron a sus representantes, y todo floreció. Hacía unos meses la alcaldesa de esta ciudad había viajado a Madrid para ofrecerme, como director del Cervantes, el edificio que habían dejado vacío los norteamericanos. Y allí nos habíamos instalado. En la cena que nos dimos todos los españoles, catalanes o no, mostrábamos nuestro contento por lo bien que había salido. Las mentiras históricas en inglés o alemán sonaban a lo que siempre fueron, pura ficción. Por cierto, el ministro de Industria, Joan Clos, todo un caballero, se había hecho cargo de gran parte de los gastos de la Feria. A cambio, quería que le cediera la parte industrial de la Cultura. Por el contrario, yo creé rápidamente la Dirección General de Industrias Culturales.

Buenas prácticas

El Consejo de Ministros aprobó la ley defendida por mí, por la cual a partir de ese momento un tribunal internacional nombraría, según sus méritos, a los directores de museos y de otras importantes instituciones. En ningún caso romperíamos con las viejas tradiciones de aquellas que tuvieran arraigadas otras formas de elección. El caso era dar más poder a los ciudadanos y evitar en lo posible los nombramientos a dedo de los políticos. Miguel Barroso, con quien había colaborado en su revista El viejo topo, le comentó su desacuerdo a Carmen Chacón, que era una títere suya. Ella lo expuso en un Consejo de Ministros posterior. Como Rubalcaba y ella, según se decía, habían reñido por otros asuntos privados, él se puso de mi parte explicando las bondades que se experimentarían. La cosa quedó zanjada y la ley, mejor que peor, se ha ido practicando. Ha sobrevivido a mi cese y al cese vital de los oponentes. Barroso era de esos intrigantes entristas-capitalistas siempre dispuestos a derribarlo todo y a no construir nada.

Secundario político y cinematográfico

El presidente tenía una obsesión por los secundarios. Quizás él era en el papel que mejor se representaba. De ahí la obsesión que tomó con Manuel Aleixandre para que se le otorgara una de las grandes condecoraciones. Yo lo admiraba mucho y, además, tuve muy buen trato con él porque era un asiduo de la sala de billares del Círculo de Bellas Artes, donde yo fui director durante una década. Gran actor y una buena persona. Lo llamé por teléfono, se puso a llorar y se negó a recibirla porque era muy discreto y vergonzoso. Tuve que quedar con él y convencerlo. El acto se llevó a cabo en Moncloa, no sin que antes muchos de sus compañeros de gremio me mostraran sus quejas por no ser algunos de ellos los agraciados.

«Barroso era de esos intrigantes siempre dispuestos a derribarlo todo y a no construir nada»

Este gremio fue siempre el que me dio más problemas. Bardem (al que conocía desde hacía muchos años) quería protección policial para su casa, cosa que yo tuve que negarle después de hablar con Rubalcaba  y decirme que se la pagara él privadamente. Otros pensaban que las subvenciones caían del cielo. Directores y productores eran más razonables. Bardem no tenía muy buena opinión de Banderas como actor y comentaba que había rechazado muchos papeles malos que el malagueño había aceptado. Yo me entendí mejor con este último y a punto estuve de acompañarlo a Arabia para buscar subvenciones para una película que quería hacer a toda costa basada en Boabdil. Me hubiera encantado ese viaje pero no fui. A Barden le dimos el Premio Nacional de Cinematografía en el Festival de San Sebastián y a Banderas la Medalla de Oro a las Bellas Artes.

Ángeles y demonios ministeriales

Mi relación con Solbes siempre fue estrecha, era muy amable, irónico y burlón. Siempre apoyó el intercambio de importantes herencias artísticas a cambio de reducción de los impuestos de los donantes. Siempre me escuchó. El ministro grande y poderoso entendía mis cuitas como prior de la orden franciscana de la cultura. Con Rubalcaba también tuve una gran relación. Sabía el valor representativo y simbólico de nuestra cultura y nuestra lengua millonaria. José Antonio Alonso también era una persona cuidadosa. Intentó que me quedara en el Parlamento, pero mi decisión de dejar el acta era ya irrenunciable. De la Vega siempre me dejó hacer, nos caíamos bien y aún hoy en día no sé por qué razón.

Con Moratinos me llevé bien hasta que reclamé el derecho (aún no llevado a cabo) de que también el Ministerio de Cultura, y no sólo el de Exteriores, nombrara a los agregados culturales. O, al menos, hacerlo conjuntamente y que no solo fueran diplomáticos, sino grandes escritores o artistas. Mercedes Cabrera en mi pugna siempre respetuosa con ella para que se hiciera un Museo de la Ciencia en Coruña, me vaticinó lo que le pasaría en un futuro más o menos inmediato. En ese futuro estamos. Cristina Narbona, hoy gravemente inmersa en estos grandiosos escándalos como presidenta del PSOE, me «advirtió» de mis ingenuidades políticas. El presidente, que no la tragaba, la cesó muy pronto. Tuvo una gran visión: cesar a la que luego sería la presidenta del partido. En el resto del Gabinete había de todo. Yo fui ministro dos veces y, por tanto, asistí al cese de otros antes del mío.

Un ministro con dote

Algún supuesto periodista, es decir, sin estudios, afín a los fondos de reptiles, me preguntó que cómo acepté un cargo que me dio fama y publicidad y ahora reniego de quien me nombró. Yo respondo que a la política se llega desnudo o vestido. Con dote o sin ella. Los sin dote, la mayoría de ellos en nuestro país pasan a formar parte de una empresa que se llama partido y que a partir de entonces estará por encima del Estado. Al ser contratados tienen que acatar todas las instrucciones les gusten o no. Los que llegan con dote, no pierden jamás su libertad. Venían de un lugar y, al cese, regresaban al mismo. Yo ya era alguien cuando el presidente me nombró director de Instituto Cervantes y ministro de Cultura. En mi ámbito era mucho más conocido que él, un chico de León que iba y venía a Madrid para asistir como diputado al Parlamento.

«Cristina Narbona me ‘advirtió’ de mis ingenuidades políticas. El presidente, que no la tragaba, la cesó muy pronto»

Cuando salió elegido como secretario general, la mayor parte de la gente, incluso del Partido Socialista, quedó sorprendida. No se le conocía apenas ningún currículum. Entre los cargos que tuve, más mi escaño como diputado socialista por mi provincia natal, La Coruña, aunque yo ya llevaba viviendo en Madrid desde 1976, consumí casi ocho años en la política activa. Y después de ser cesado en uno de los cambios de Gobierno, apenas permanecí más tiempo como diputado y me volví a la universidad y a seguir haciendo mi vida de siempre: dirigir instituciones culturales, escribir en la prensa, publicar libros y dar conferencias no solo en España sino también en el extranjero.

Me fui porque ya no me gustaban las cosas que estaban pasando: el coqueteo con los independentistas, la vuelta a las viejas disputas fratricidas, la ineptitud ante nuestro abismo económico, el cinismo y supremacismo progresista, y también porque podía hacerlo. Durante mucho tiempo guardé silencio y fui leal con quien no lo fue con todos nosotros. Hoy ya no tengo porque serlo.

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