La escalofriante fiscal Peramato
«Parecía imposible, pero la degradación de la Fiscalía General se agudiza con cada nuevo titular. La jefa actual va con traje y pañuelo, pero lleva un hacha en el bolso»

Ilustración generada mediante IA.
Apenas 500 metros separan el Tribunal Supremo de la Fiscalía General del Estado. Es un agradable paseo por este Madrid primaveral. Pero también una grieta invisible que amenaza con tragarse nuestro Estado de derecho. Mientras los magistrados de la Sala Segunda tratan de limpiar el estiércol que el sanchismo ha sembrado en las instituciones, la cúpula del Ministerio Público retoza en él con placidez.
El desfile de acusados y testigos de estos días en el juicio del caso Mascarillas confirma con crudeza que estamos en manos de Gobierno de hampones y arribistas con más complicidades de las que cabría esperar en una democracia asentada. Y al final, las estafas y los pelotazos con el material sanitario en plena pandemia, los chanchullos en los rescates, los sobornos, las comisiones, la procesión de putas y de tipejos patibularios son la consecuencia inevitable. Más grave, casi, que la corrupción es la corrosión institucional.
Parecía imposible, pero la degradación de la Fiscalía General se agudiza con la llegada de cada nuevo titular. A Dolores Delgado y sus comidas con la cloaca siguió Álvaro García Ortiz, «inidóneo» primero y delincuente después. Y ahora la orla del terror la completa Teresa Peramato, que va con trajecito y pañuelo, pero lleva un hacha en el bolso. Como un Norman Bates vestido de maripuri.
Peramato, nombrada el pasado diciembre, ha llegado para continuar el camino de servidumbre a Pedro Sánchez y ha comenzado por vengar a su venerado predecesor, condenado, recordemos, por revelar datos reservados para intentar liquidar a una rival política del putoamo, y después destruir todas las pruebas. Sus maniobras provocaron un enorme desgarro en la carrera fiscal. La nueva jefa anunció que venía a «cerrar heridas», pero lo primero que hizo fue presentar un recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional contra la sentencia de García Ortiz. Luego ascendió a sus cuates y a su señora, catapultada a teniente fiscal de Galicia pese a estar 800 puestos por debajo del primer aspirante al cargo.
No contenta con ello, Peramato ha pasado a cuchillo a quienes plantaron cara a Alvarone, que así pasará a la historia. Empezando por Almudena Lastra, fiscal superior de Madrid, valiente y leal a la institución, que se negó a respaldar la difusión de información confidencial. La ha sustituido por una allegada al ex fiscal general que está casi 900 puestos por debajo en el escalafón. Y en cambio ha promocionado, ¡sorpresa!, a Pilar Rodríguez, la fiscal provincial que sí se prestó a colaborar en la filtración y que incluso abogaba por añadir «un poco de cianuro» a la nota de prensa. Lady Cianuro ha saltado al Supremo adelantando a cinco compañeros mejor posicionados. Cumplir la ley no está bien visto en el sanchismo.
«Mientras los magistrados del Supremo tratan de limpiar el estiércol del sanchismo, la cúpula del Ministerio Público retoza en él con placidez»
Por cierto que Alvarone ha empezado una campaña de blanqueamiento y se presentó este domingo en un programa televisivo como una víctima de las fuerzas del Mal, o sea, los jueces del Supremo. Puso carita de estreñido y ni por esas resultó creíble. La honra no la va a recuperar, pero no tiene por qué preocuparse. Le espera un indulto de Pedro o un amparo de Cándido.
En medio de las purgas, la sombra de Peramato se cierne sobre la Sala Segunda del Supremo. Las revelaciones de Víctor de Aldama están estrechando el círculo en torno a la financiación del PSOE, los emprendimientos de Begoña Gómez y otros asuntos incómodos para Sánchez. Así que ha prohibido que el fiscal Anticorrupción, Alejandro Luzón, solicite atenuantes que rebajen la condena de siete años solicitada para el comisionista de la trama, cuya colaboración considera esencial para destapar toda la corrupción del Gobierno. Hombre, dentro de todo, mejor eso que envenenarle el café.
Peramato, dicen las asociaciones fiscales, sigue dinamitando «el mérito y la capacidad» para dar cabida a sus afines ideológicos de la minoritaria Unión Progresista de Fiscales que, con apenas 200 miembros (8% de la carrera), ha ido copando los ascensos. Lo que me pregunto es si los 2.600 fiscales restantes van a seguir de brazos cruzados mientras se destruye la institución. No se trata de que salgan a romper farolas, pero digo yo que podrán hacer algo más proactivo que emitir comunicados de reproche, aderezados con fina ironía, eso sí.