El armario empotrado de la corrupción del sanchismo
«Lo que uno halla en el libro de Ketty Garat es eso que en periodismo se llama el qué: los hechos. Y como complemento, el quién y el cómo. La verdad, en una palabra»

Ilustración de Alejandra Svriz.
El juicio en el Supremo del llamado caso mascarillas ha coincidido felizmente en el tiempo con la aparición de Todos los hombres de Sánchez (Deusto, 2026), el libro de Ketty Garat sobre la trama de corrupción urdida a la sombra del poder durante el sanchismo y cuyos pormenores lleva años publicando, la gran mayoría en primicia, este periódico. Y digo felizmente, porque dicha coincidencia ha permitido al lector del libro seguir el desarrollo del juicio no solo a través de las crónicas que ofrecían a diario los medios, sino también con la ayuda de un material de excepción, como quien escucha una ópera habiendo leído el libreto y teniendo a mano la ficha artística.
Con todo, del mismo modo que el caso mascarillas no es el único que va a sentar en el banquillo a los hombres de Sánchez —están en lista de espera los casos Begoña, Hermanísimo, Servinabar, Plus Ultra, Air Europa, hidrocarburos, Leire Díez y, con toda probabilidad, PSOE—, el libro de Garat no se limita a reunir en volumen, debidamente fundidas en un nuevo relato, las crónicas que la propia autora había ido publicando en THE OBJECTIVE; también anticipa las nuevas. Para comprobarlo, basta leer las noticias con las que ha abierto su edición este periódico estos últimos días. Todos los hombres de Sánchez constituye, en este sentido, el armario empotrado de la corrupción del sanchismo.
Lo que uno halla en sus páginas es eso que en periodismo se llama el qué: los hechos, sus circunstancias. Y como complemento necesario, el quién y el cómo. La verdad, en una palabra. Y en caso de que la búsqueda no alcance a despejar alguno de esos interrogantes, ni que sea pocas veces, el reconocimiento sin peros ni trampantojos del fracaso. De la lectura del libro se derivan, por otra parte, relaciones que el carácter forzosamente fragmentario de las noticias en el momento de su publicación impedía establecer. Por poner un ejemplo —algo bufo, lo reconozco—: Koldo prodigaba el apelativo «cariño» lo mismo a la entonces presidenta del Gobierno balear, Francina Armengol, que a las prostitutas con las que convivía o intimaba el ministro, sin que de ello quepa inferir, por supuesto, equiparación alguna entre sus respectivos quehaceres.
Acabo de referirme al carácter forzosamente fragmentario de las noticias y conviene precisar. A menudo, esa fragmentación era voluntaria, fruto de una estrategia del propio medio y, en general, del oficio. Si el material de que disponía lo exigía, la autora lo parcelaba en distintas entregas, que THE OBJECTIVE publicaba en días sucesivos o muy cercanos en el tiempo. Ella misma afirma que estuvo dos años enteros sin publicar nada, dedicada tan solo a investigar y a asegurar la solidez de la información que iba acaudalando —siempre con el temor, eso sí, de levantar la liebre y de que alguien de la competencia pudiera robarle la exclusiva—. De ahí que el material a su disposición, al que se añadían nuevos hallazgos, diera tanto de sí y durante tanto tiempo. Y siga dándolo, claro.
«La adopción del punto de vista en primera persona constituye sin duda un acierto»
Pero hay otro cómo en Todos los hombres de Sánchez, aparte del perteneciente al canon periodístico —por más que muchas veces se solapen—. Me refiero a la factura misma del libro, a cómo está hecho. La adopción del punto de vista en primera persona constituye sin duda un acierto. De un lado, permite a Garat ir narrando paso a paso la investigación en curso, no exenta de amenazas —a la propia autora y al medio donde escribe—, silencios y juego sucio por parte de no pocos compañeros de profesión, prestos a obstaculizar el afloramiento de todo aquello que el poder no quiere que aflore.
De otro lado, facilita la intercalación en el relato de consideraciones sobre el oficio, sus grandezas y sus miserias —como la de comprobar que los mismos compañeros de otros medios que al principio ignoraban o denostaban lo que uno escribía, se apropian más adelante de esos mismos hallazgos sin reconocer siquiera la autoría de la información—, sus peajes —en particular, el sacrificio que supone para la vida familiar una dedicación exclusiva, como la que requiere el periodismo—, la importancia de ser perseverante, fiel al ‘quien la sigue, la consigue’, por más que a veces no quede más remedio que admitir la derrota. Momentánea al menos, puesto que el paso del tiempo, del mismo modo que a menudo acaba dando la razón, también termina proporcionando en más de una ocasión la pieza que faltaba para completar el puzle.
No sé si continúan existiendo universidades donde se enseñe periodismo de verdad. Pero si tales estudios siguen vigentes, deberían tener como libro de referencia, muy en primer lugar, Todos los hombres de Sánchez. No lo duden.