De batas, togas y 'enclothed cognition'
«Ábalos, con americana y sin corbata, antes que un Quijote enamorado de Jésica del Toboso, parecía el tabernero poco honesto que de vez en cuando echa agua al vino»

Ilustración generada mediante IA.
Es moneda común que una cosa que ha existido toda la vida, previa emisión de un estudio «científico» por parte de unos psicólogos estadounidenses, reciba un nombre anglosajón que pasa a describir, como si fuera nuevo, un comportamiento humano más bien consuetudinario. Una de esas cosas es la enclothed cognition. Expresión de pobre traducción literal al castellano (cognición vestida) que designaría el efecto psicológico que tiene en las personas la propia vestimenta que utilizan en los roles que habitual u ocasionalmente desempeñan, así como en las otras personas que se relacionan con ellas en tales coyunturas.
El ejemplo más conocido quizá sea el llamado «efecto de la bata blanca» («white coat syndrome» para entendernos), que provoca paradigmáticamente en el paciente una episódica hipertensión después de que la bata haya investido de autoridad sanitaria al médico, estableciendo así una relación emocional entre dos personas en la que la salud de una depende de la otra. Curiosamente, esa ansiedad del paciente suele mutar en confianza cuando el galeno que se enfunda la bata es un psiquiatra, que no se la pone para que no le salpiquen los sentimientos de su paciente, sino para que este le atribuya a su ciencia virtudes casi taumatúrgicas.
Significativamente, ponerse la bata es una de las aspiraciones de los psicólogos, uno de cuyos colegios profesionales, en una desconcertante campaña hace unos años, instaba a la colegiación de sus profesionales bajo el desconfiable reclamo de que «la psicología es una ciencia»; de modo que «para que los colegiados y colegiadas desarrollen su práctica profesional con la mayor garantía y rigor científico» debían colegiarse; un ponerse la bata, en definitiva. Que el principal reclamo institucional sea el de la reivindicación de «ciencia» para la propia disciplina deja traslucir —me parece— que se quisiera acallar un runrún popular que considerara a la Psicología una superchería.
Qué necesidad, por tanto. Como si por ser «ciencia» fuera a ser una disciplina más fiable o útil que otras. Ahí está la propia Medicina, que, aun sometiendo sus remedios a los filtros de la refutabilidad, reproducibilidad y repetibilidad de los resultados, muchas veces no pasa de ser —en palabras de Jardiel Poncela— el arte de acompañar al enfermo hasta la tumba susurrándole al oído dulces palabras griegas.
También existe la enclothed cognition en el mundo del Derecho (esa «ciencia» que se diría aleatoria, en cuanto ajena a la reproducibilidad y repetibilidad de los resultados aun en casos idénticos), en la práctica judicial más concretamente. Como saben, jueces, fiscales, letrados de la administración de justicia (antes certeramente llamados «secretarios», por su dación de fe) y abogados visten toga, y los profesionales de las dos primeras categorías, además, puñetas de ganchillo en las bocamangas. Recuerdo que no hará más de un cuarto de siglo, al menos en el orden jurisdiccional civil, no era así. Salvo contadas excepciones, no solo los letrados no vestían toga, sino que era lugar común celebrar actos y vistas sin inmediación, es decir, sin la presencia siquiera del propio juez.
«Todo lo que ocurre en una sala de justicia está concebido para producir en los intervinientes una adecuada ‘enclothed cognition’ ambiental»
Huelga decir que era muy fácil mentir allí. Para atajar aquello, llegó la reforma de la ley de enjuiciamiento, imponiendo la oralidad, la inmediación judicial y, por supuesto, las togas y su consiguiente enclothed cognition. Para la gente común, ir a un juicio a decir la verdad no es fácil, así que se trata de ponérselo psicológicamente difícil a los que van allí con la aviesa intención de mentir. Todo lo que ocurre en una sala de justicia —incluso el mobiliario, los estrados y sus diferentes alturas— está concebido y ritualizado para producir en los intervinientes una adecuada enclothed cognition ambiental en orden a la consecución de la verdad judicial, diferente de la verdad material, que puede en ocasiones no haber accedido a las actuaciones por la impureza de su fuente.
Por supuesto, existen estudios y análisis sobre el efecto psicológico del uso de pelucas (los barristers en causas penales en Inglaterra y Gales) y togas en los tribunales, del impacto de la vestimenta judicial en la percepción de los principios de autoridad, integridad, imparcialidad, independencia, solemnidad y legitimidad. Al crearse una distancia personal, se reducen los sesgos derivados de la apariencia del individuo, enfatizando el rol institucional sobre la persona del juez, que en ese momento representa a «la Justicia» y no a sí mismo.
Viendo estos días las sesiones del juicio que en el Salón de Plenos de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo se celebra por el célebre caso Mascarillas (o caso Koldo/Ábalos), al margen de magistrados, fiscal y letrados, no era difícil inferir de la vestimenta de los intervinientes qué enclothed cognition esperaban transmitir.
Observar a Aldama vistiendo un traje azul con un crucifijo en la solapa y una prenda de alta formalidad como es el desusado chaleco de escote en U no dejaba de ser chocante en alguien cuya forma de expresarse se caracteriza por rematar vulgarmente cada afirmación con un «¿vale?». La formalidad en pos de la credibilidad, puesto que como confesante arrepentido su suerte judicial depende no solo de su verosimilitud ante la Sala, sino también ante el fiscal, que le alivia la petición de pena en la medida en que con su testimonio contribuye al agravamiento de la de los otros encausados. No sé si la mejor forma de ganar aquella credibilidad era vestirse como el gran Gatsby, alguien, en definitiva, que, con una fortuna de dudosa procedencia, intenta recrear el pasado.
«Koldo impostó el papel de honrado, sencillo y obtuso Sancho Panza y se presentó en el Tribunal Supremo en vaqueros»
Contrastaba la formalidad del arrepentido con la de sus, digamos, traicionados. Koldo García, escudero fiel de Ábalos, haciendo honor al gremio, impostó el papel de honrado, sencillo y obtuso Sancho Panza —«no sabe expresarse», dijo de él su propia abogada—, y se presentó en el Tribunal Supremo en vaqueros y con un suéter. O está entregado o creía que de tal guisa haría creer al tribunal que no entiende qué ha pasado con su vida en los últimos ocho años. Cómo, sin saber siquiera el significado del verbo «compeler», llegó a ser asesor del ministro más importante del Gobierno de España, vocal del Consejo Rector de Puertos del Estado y consejero de la Renfe.
Por su parte, la enclothed cognition de Ábalos, con una americana y sin corbata, encajó a medias con la de su escudero, pues antes que un Quijote enamorado de Jésica del Toboso, parecía el arquetipo —también cervantino— del tabernero poco honesto que de vez en cuando echa agua al vino. Más que declarar como encausado, parecía un raconteur de esos que convierten los anodinos hechos cotidianos en historias cautivadoras mediante el uso del suspense, el humor y los detalles vívidos. «Vaya que sí; menuda historia, deje que le cuente, jojojó…», parecía replicar a cada pregunta del fiscal.
Presentada así con todo el atrezo la escena judicial, ya solo queda que la enclothed cognition de confiabilidad que transmita seduzca al casi 68% de los encuestados (Sigma Dos, abril 2026) que declaran no creer que en España se respete la separación de poderes.