La psicología explica por qué la felicidad cae de golpe a partir de los 55 años: aparece un problema emocional vinculado a la familia
La ciencia lleva años observando una herida silenciosa que las personas empiezan a sentir a mediana y avanzada edad

La herida silenciosa de la independencia de los hijos | Freepik
La psicología lleva años demostrando que la felicidad es cíclica. A lo largo de la vida, solemos experimentar baches en lo que bienestar emocional se refiere. Esto es provocado por numerosos factores, entre los que destaca el que se produce entre los 55 y los 70 años.
En este tramo de edad, muchos padres sienten que sus hijos ya no les necesitan apenas. No se trata necesariamente de una sensación abandono, falta de cariño o problemas. En muchos casos, de hecho, los hijos siguen llamando, visitando y queriendo a sus padres. Sin embargo, algo cambia profundamente en la estructura emocional del vínculo: dejan de pedir consejo constantemente, toman decisiones por su cuenta y organizan su vida sin consultar como antes. Y aunque esa autonomía era —y es— precisamente el objetivo de la crianza, numerosas personas viven ese cambio con pena.
La necesidad psicológica de sentirse importante
La psicología ha identificado un elemento clave para comprenderlo: la necesidad humana de sentirse importante para alguien. Uno de los conceptos más relevantes en este ámbito es el de mattering, un término utilizado en la ciencia para describir la sensación de importar, ser tenido en cuenta o resultar significativo para los demás.

Numerosas investigaciones han demostrado que esta percepción tiene un enorme impacto sobre la felicidad, la salud mental y la autoestima. Destaca una revisión científica publicada en International Journal of Mental Health and Addiction, la cual concluyó que sentirse valioso y no «prescindible» constituye un factor fundamental para el bienestar de las personas mayores, especialmente después de la jubilación, cuando se produce cierto aislamiento y/o una pérdida progresiva de roles sociales.
El problema, explican los investigadores, no aparece únicamente cuando faltan vínculos afectivos. Puede surgir incluso cuando los padres siguen siendo queridos por sus hijos, pero sienten que ya no ocupan un lugar activo dentro de sus decisiones o de su vida cotidiana. Es una diferencia sutil, pero psicológicamente muy poderosa, ya que no es lo mismo sentirse amado que sentirse necesario.
El impacto de sentirse «poco útil» en la felicidad
La ciencia también ha hallado una relación directa entre el bienestar emocional y la utilidad percibida en personas de tercera edad. Esto no solo merma la felicidad, sino que también tiene consecuencias físicas. Así lo demostró un estudio longitudinal, el cual observó que las personas mayores que afirmaban sentirse poco útiles para los demás presentaban más riesgo de deterioro físico y mortalidad en los años posteriores. Investigaciones posteriores siguieron asociando la baja percepción de utilidad con una peor calidad de vida y una mayor vulnerabilidad emocional.
Los expertos subrayan que esto no significa que el hecho de que los hijos ya no dependan de sus padres provoque directamente este bache en la felicidad. Lo que muestran los estudios es algo más complejo: que sentirse innecesario puede afectar profundamente al estado psicológico, emocional e incluso físico de una persona mayor.
Esa sensación aparece especialmente cuando desaparecen funciones que durante décadas estructuraron la identidad personal, como cuidar, resolver problemas, orientar, dar apoyo económico o, simplemente, sentirse imprescindibles dentro de la familia.
El bache de la felicidad: entre los 55 y los 70 años
La psicología no sitúa este fenómeno en una edad exacta, pero la mayoría de investigaciones muestran que suele intensificarse a partir de los 65 o 70 años, especialmente cuando coinciden varios cambios vitales importantes al mismo tiempo, como la jubilación.
Es en esa etapa cuando muchas personas pierden su rol profesional y se adentran en una vida más sosegada, con unos hijos que ya son completamente independientes. Aunque los vínculos familiares continúan existiendo, muchos padres empiezan a notar un cambio emocional difícil de explicar: siguen siendo queridos, pero saben que no son tan necesarios como antes.

Los expertos señalan que el momento más sensible suele aparecer entre los 70 y los 80 años. A esa edad, los hijos normalmente ya tienen su propia vida consolidada, con familias, rutinas y autonomía económica y emocional. No obstante, algunos estudios indican que esta sensación puede comenzar incluso antes, alrededor de los 55 o 60 años, coincidiendo con el llamado «síndrome del nido vacío», el cual se produce cuando los hijos abandonan el hogar familiar. Sin embargo, en esa etapa todavía suelen existir otros roles activos —trabajo, proyectos personales o vida social— que amortiguan el impacto emocional. El verdadero vacío, no obstante, suele consolidarse más adelante, cuando varias pérdidas de rol se acumulan al mismo tiempo y el círculo social va mermando.
La generatividad: la necesidad de seguir aportando algo
El psicólogo Erik Erikson describió hace décadas el concepto de generatividad, entendido como el deseo humano de cuidar, transmitir experiencia, orientar y contribuir al desarrollo de las siguientes generaciones. Aunque durante mucho tiempo esta necesidad se relacionó sobre todo con la adultez media, investigaciones más recientes muestran que continúa siendo esencial también durante la vejez.
Por ejemplo, un estudio publicado por la Universidad de Barcelona halló que las personas mayores con mayores niveles de generatividad mostraban mejores indicadores de bienestar psicológico y satisfacción vital. Y otra investigación internacional realizada en Alemania, China, Camerún y República Checa concluyó que transmitir experiencias, enseñar a otros y compartir recuerdos vitales se relaciona directamente con una mayor felicidad durante la vejez.
El envejecimiento saludable y feliz necesita un propósito
Por todo ello, numerosas investigaciones sobre felicidad y envejecimiento saludable insisten en la importancia de que las personas de edades avanzadas busquen más cosas o aspectos —además de la paternidad— que den sentido a sus vidas.
Un estudio multicultural publicado en la Revista española de geriatría y gerontología identificó que uno de los factores más importantes para «envejecer con sentido» era precisamente sentirse útil y seguir aportando algo a los demás. Además, otras investigaciones han demostrado que las personas mayores que tienen un círculo social amplio, participan en actividades comunitarias, tienen relaciones intergeneracionales o proyectos personales presentan mejores indicadores de bienestar psicológico y cognitivo.
No se trata de reemplazar a los hijos ni de resignarse, sino de evitar que el valor que uno tiene de sí mismo dependa exclusivamente de seguir siendo imprescindibles para ellos. La necesidad de sentirse importante no desaparece con la edad. De hecho, para muchas personas quizá se vuelve todavía más intensa precisamente cuando envejecen. Y ahí está una de las verdades más silenciosas de la vejez: después de toda una vida cuidando a otros, muchas personas mayores siguen necesitando sentir que todavía cuentan para alguien.
