The Objective
Jorge Mestre

La última orgía de Sánchez

«El presidente habla como un cooperante escandinavo, pero gobierna como un cacique tropical rodeado de conseguidores y relaciones públicas del vicio»

Opinión
La última orgía de Sánchez

Imagen creada con inteligencia artificial.

Pedro Sánchez comparece estos días como un predicador laico. Habla del Hondius con el tono de quien acaba de bajar del Sinaí con las tablas de la ley sanitaria bajo el brazo. España, dice, «cumple siempre». España salva. España protege. España coopera. España ilumina al mundo desde Tenerife mientras la OMS, Bruselas y hasta el Papa contemplan extasiados el milagro humanitario del sanchismo. El problema es que, mientras el presidente levanta la bandera del multilateralismo como si fuera el capitán general de una ONG planetaria, los españoles descubren que su Gobierno lleva años confundiendo el Consejo de Ministros con el reservado de un club de carretera.

La nueva orgía de Sánchez no es sexual. Ojalá fuera solo eso. Las orgías privadas son un asunto íntimo; las públicas son un problema institucional. Aquí no hablamos únicamente de un exministro libertino con afición a las señoritas de catálogo y a las pastillas azules olvidadas en la americana. Hablamos de un Estado convertido en agencia logística del desenfreno. Salvoconductos oficiales para prostitutas en plena pandemia. Documentos sellados por el Ministerio de Transportes. «Asesoras externas» que en realidad eran acompañantes de cama trasladadas en el avión oficial de la golfería. El Falcon moral del sanchismo ya no aterriza: directamente se arrastra por la pista.

Mientras millones de españoles despedían a sus padres por videollamada, enterraban familiares con aforos de guerra o eran perseguidos por pasear al perro a deshora, el exministro José Luis Ábalos organizaba tríos en hoteles de Santiago antes de verse con Núñez Feijóo. Y no lo hacía en un descuido de adolescente tardío, sino utilizando la maquinaria administrativa del Estado. El BOE convertido en lubricante burocrático. La pandemia como coartada y el Ministerio como proxeneta institucional.

Lo verdaderamente fascinante no es Ábalos. España siempre ha tenido pícaros. Lo extraordinario es la atmósfera moral que construyó Pedro Sánchez alrededor de ellos durante años. Un ecosistema donde la propaganda ética convivía con la cloaca privada. El mismo Gobierno que sermoneaba, entonces y ahora, sobre responsabilidad colectiva emitía permisos falsos para que prostitutas atravesaran cierres perimetrales como si fueran emisarias diplomáticas de la ONU del placer. La España del «quédate en casa» tenía una puerta trasera reservada para los amigos del poder.

Sin embargo, todo eso les da igual. Sánchez vuelve a comparecer ahora como el gran humanista del Hondius, aunque su tragedia es que cada rueda de prensa parece escrita por Valle-Inclán después de tres gin-tonics. Habla de «ciencia y conciencia» mientras los españoles ya saben que durante aquellos mismos meses su núcleo político más íntimo estaba organizando fiestas, picaderos y viajes ministeriales con la naturalidad obscena del que cree que el Estado es una finca heredada del abuelo.

«Sánchez vuelve a comparecer como el gran humanista del Hondius, pero cada rueda de prensa parece escrita por Valle-Inclán después de tres gin-tonics»

Por eso el problema del sanchismo ya no es solo la corrupción. Es la estética moral. La impostura. Ese olor dulzón a colonia institucional mezclada con humo de reservado VIP. El presidente habla como un cooperante escandinavo, pero gobierna como un cacique tropical rodeado de conseguidores, fontaneros y relaciones públicas del vicio.

Y mientras tanto ocurre algo todavía más devastador para la izquierda: las mujeres han empezado a marcharse. Andalucía se ha convertido en el espejo roto del relato feminista oficial. El PP ya supera al PSOE en 12 puntos entre el voto femenino andaluz. 12. Una cifra que en Ferraz cae como una lámpara sobre una mesa de cristal. Durante décadas, el socialismo trató el voto de las mujeres como patrimonio hereditario, una especie de cortijo sentimental blindado por el miedo a «la derecha». Pero resulta difícil predicar feminismo desde el atril mientras el partido aparece rodeado de ministros aficionados al turismo prostibulario con escolta administrativa.

La paradoja es devastadora. El Gobierno presume de liderar el Rainbow Map europeo mientras España cae en seguridad y bienestar femenino según índices internacionales. Suben los arcoíris institucionales y bajan las persianas de la confianza social. Mucha bandera, mucha performance y mucha chapa de igualdad, pero las mujeres observan que detrás del decorado de hojalata aparecen agresores beneficiados por el «solo sí es sí», pulseras fallidas y ministros que parecían gestionar el país desde un reservado de after.

El sanchismo acabó creyendo que la moral consistía en controlar el lenguaje mientras la realidad se pudría debajo de la alfombra. Cambiaron las palabras y empeoraron los hechos. Hablaron de «nuevas masculinidades» mientras algunos de los suyos organizaban excursiones prostibularias con documentación oficial. Predicaron sororidad mientras convertían a determinadas mujeres en mercancía itinerante de fin de semana ministerial.

La nueva orgía de Sánchez, en realidad, es política. Una orgía de propaganda, narcisismo y superioridad moral. El presidente comparece como si dirigiera la resistencia ética de Occidente mientras a su alrededor se desploman ministros, asesores y secretarios particulares como figurantes de una película de Berlanga rodada en un ministerio intervenido por Torrente.

Y quizá ahí esté el verdadero motivo del cambio político que se intuye en Andalucía y en media España. No es solo economía. Ni ideología. Ni siquiera desgaste. Es cansancio moral. La sensación de que el sanchismo ha convertido la política española en una mezcla de sermón televisado y bacanal administrativa. Un régimen donde el ciudadano debía obedecer mientras los jerarcas se reservaban el derecho al exceso.

Y mientras Sánchez habla de orgullo nacional y cooperación internacional, los españoles contemplan cómo el «Gobierno feminista» terminó atrapado entre la viagra olvidada y el tintinear de copas en un reservado de carretera.

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