El currículum según el sanchismo
«Arcadi España dopó su currículum al convertir unas prácticas en experiencia laboral, porque en el sanchismo pesa más parecer que ser»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Hay gobiernos que se explican por sus leyes. Otros, por sus presupuestos. Y luego está este, que se retrata en algo más humilde y, quizá por eso, más revelador: el currículum. En España, el CV del Consejo de Ministros ha dejado de ser un documento para convertirse en un género literario. Con prólogo, notas al pie y, sobre todo, múltiples ediciones.
En el Ministerio de Hacienda, por ejemplo, los currículos se mueven con la volatilidad del precio de la bombona de butano: hoy una cifra, mañana otra; hoy una frase precisa, mañana una perífrasis que lo mismo sirve para un ingeniero que para un vendedor de enciclopedias puerta a puerta. Del «trabajé en tal sitio» al «he ejercido en el ámbito privado». Magia blanca. O picaresca de manual.
El caso del ministro Arcadi España es un compendio de este estilo. Durante años, su biografía oficial apuntaba a una experiencia como consultor en una firma concreta. Después hemos sabido, y así lo hemos publicado, que aquello fue realmente un periodo de prácticas de seis meses. Y, cuando el relato empezó a hacer agua para el ministro, apareció otra empresa distinta, hasta entonces invisible en la biografía, donde sí trabajó. No donde decía. No como decía. Pero trabajó. Como en esas novelas de enredo en las que el personaje cambia de nombre según el capítulo.
El detalle importa. No por lo anecdótico, sino por lo revelador. Porque entre unas prácticas y un puesto de consultor hay un mundo: responsabilidades, funciones, exposición, trato con clientes. No es lo mismo formarse que facturar. No es lo mismo aprender que firmar. Y, sin embargo, el currículum convirtió ese matiz en una línea continua. Un trazo limpio. Una credencial.
Uno puede preguntarse por qué. Y la respuesta es bastante prosaica: porque queda mejor. Porque viste más decir que uno trabajó en una consultora reconocida que admitir que pasó unos meses aprendiendo el oficio delante de un ordenador, con 25 años y sin ver a un cliente ni en pintura. Arcadi España dopó su currículum porque el mercado de la política valora más la etiqueta que la sustancia. Y así lo ha sostenido durante años. Demasiados.
«Qué ocurriría si los ciudadanos aplicaran el mismo criterio con la Agencia Tributaria. Si en lugar de datos, presentaran relatos»
Y ahí entra la narrativa. Porque en la política actual española, y muy especialmente en el sanchismo, la biografía no se cuenta: se compone. Se ajusta. Se pule. Se redacta como una pieza más del mensaje. A Pedro Sánchez le interesa la narrativa, no el CV. El relato, no el dato. La versión, no la biografía. Y así, entre perífrasis y retoques, lo concreto se vuelve vapor y lo verificable, literatura.
Arcadi España no es una anomalía. Es un patrón. Un cuadro político formado y promocionado al calor del partido, con una trayectoria fundamentalmente pública y una relación con el sector privado que aparece y desaparece según convenga. Como tantos otros. Carreras que avanzan más en los pasillos que en el mercado, más en los despachos que en la intemperie.
Lo interesante no es solo lo que se ha falseado, sino cuánto tiempo se ha mantenido. Una década larga. Años en los que esa línea del currículum ha permanecido ahí, intacta, pasando de perfil en perfil como una verdad asumida. Hasta que ha dejado de serlo. Y entonces no ha habido explicación, ni rectificación clara, ni un mínimo gesto de responsabilidad. Sólo edición. Donde antes había una empresa, ahora hay «ámbito privado». Donde antes había un dato, ahora hay una niebla semántica.
Hacienda no solo recauda: también reescribe.
En otros países de nuestro entorno, un episodio así duraría lo que dura una cerveza fría en agosto. Mucho menos. Arcadi España no aguantaría ni lo que Sánchez de presidente en una junta de vecinos. Pero aquí no pasa nada. Porque el precedente ya está creado. Y lo creó quien hoy sigue en la Moncloa. Cuando el listón se baja desde arriba, todo lo demás cae por su propio peso.
Uno se pregunta qué ocurriría si los ciudadanos aplicaran el mismo criterio con la Agencia Tributaria. Si en lugar de declarar ingresos, presentaran relatos. Si en vez de cifras, ofrecieran versiones. Si el salario se ajustara a la narrativa del mes. Probablemente la respuesta sería rápida, contundente y poco literaria.
Pero en política la cosa funciona al revés. Aquí la realidad se adapta al discurso. Y el currículum, ese documento que debería ser la biografía mínima exigible a un cargo público, se convierte en una pieza más de la escenografía.
La credibilidad, entretanto, se desploma. No con estruendo. Con desgaste. Como todo lo que se erosiona poco a poco. Hasta que un día deja de importar.
Y ese es el verdadero problema. No el currículum. Ni siquiera su revisión. El problema es que ya nadie espera que sea verdad.