El nuevo marrón de Feijóo
«El líder del PP tiene un nuevo problema en Valencia. Uno de los que obligan a bajar al barro, a explicar lo inexplicable y a reconocer lo que, quizá, nunca debió hacerse»

Imagen creada con inteligencia artificial.
Hay marrones y marrones. Está el marrón de despacho, ese que se archiva con un bostezo administrativo y una rueda de prensa con café frío. Y luego está el marrón con denominación de origen, el que huele a pólvora política y a notario con boli en ristre anticipando lo que luego, casualmente, sucede. Este último es el que le ha caído ahora a Alberto Núñez Feijóo en su plaza más delicada: Valencia con su alcaldesa, María José Catalá.
Porque aquí ya no hablamos de chascarrillos de oposición ni de titulares efímeros. Aquí hay algo más incómodo. La Fiscalía Anticorrupción quiere saber. Y cuando la Fiscalía entra en escena, la política deja de ser teatro y empieza a oler a caso.
Desde THE OBJECTIVE llevamos meses tirando del hilo. Primero como quien desenreda una madeja. Luego como quien empieza a ver el dibujo completo. Y ahora, con la Fiscalía sobre la mesa, ese dibujo ya no es una sospecha, es un problema.
El esquema, en esencia, es un guion demasiado conocido en la política española. Un organismo público en liquidación, el Consorcio Valencia 2007 presidido por Catalá, con su plantilla mirando al abismo del paro. Y, de repente, como si alguien hubiese soplado una corneta invisible, empiezan a brotar convocatorias públicas en el Ayuntamiento, en sus fundaciones municipales y en el Puerto. Plazas muy concretas. Perfiles quirúrgicos. Requisitos que parecen diseñados con bisturí y nombre propio.
Y aquí viene el giro de guion que ni Torrente habría afinado mejor: las mismas personas aparecen en varios procesos… y acaban llevándose las piezas buenas. Las del Puerto. Las de casi seis cifras anuales. Mientras tanto, las otras plazas, las municipales, hacen lo que hacen las promesas electorales incómodas: desaparecen. Se declaran desiertas. Se esfuman con una puntualidad sospechosa. Menos una, que se adjudicó a un trabajador que ni siquiera cumplía con los requisitos de la convocatoria.
Casualidad. Claro.
Pero la casualidad, cuando se repite en serie, deja de ser casualidad y empieza a parecer método. Y cuando además hay trabajadores que acuden a un notario antes de que todo ocurra para dejar constancia de quién va a ganar… y aciertan… la cosa ya no es un rumor de pasillo. Es una novela con final anunciado.
Por eso la Fiscalía ha decidido mirar más de cerca. Por eso habla de posibles delitos de prevaricación y tráfico de influencias. Y, sobre todo, por eso este asunto deja de ser un problema local de Valencia para convertirse en un quebradero de cabeza nacional para el líder del PP. Porque aquí es donde el relato empieza a resquebrajarse.
«No puedes hablar de ejemplaridad con una mano y con la otra restarle importancia a una investigación de Anticorrupción como si fuera un trámite burocrático más»
El Partido Popular lleva tiempo vendiendo la idea de la regeneración. De la limpieza. De que los viejos vicios son cosa de otros. Una especie de detergente político con aroma a nueva etapa. Pero basta que aparezca un caso así, en tu propia casa, con tus propios nombres, para que el discurso se desinfle como un balón pinchado en mitad del partido.
Y entonces aparece en escena Mónica Oltra. Y con ella, la comparación que el PP no quiere hacer, pero que la política acaba imponiendo sin pedir permiso.
Porque no puedes construir un relato contra la candidata Oltra en Valencia, señalando su paso por el banquillo como símbolo de todo lo que hay que erradicar… y al mismo tiempo defender a una candidata que, si la investigación escala, podría acabar transitando un camino similar. No puedes hablar de ejemplaridad con una mano y con la otra restarle importancia a una investigación de Anticorrupción como si fuera un trámite burocrático más.
No funciona así.
Porque no, no es un mero trámite. La Fiscalía archiva decenas de asuntos cada mes que ni siquiera superan el umbral mínimo de sospecha. Casos que no pasan el corte. Que se quedan en la antesala. Pero cuando decide abrir diligencias, cuando entra a analizar expedientes, cuando habla de posibles delitos, es porque ha visto algo más que ruido político.
Y en Valencia, lo que ha visto es incómodo. Indicios de concertación entre organismos públicos, sincronización temporal en las decisiones y un resultado que, casualmente, beneficia siempre a los mismos.
Demasiadas casualidades para ser casualidad. Aquí es donde el marrón se convierte en charco.
Porque la imagen que queda, plazas que aparecen, nombres que coinciden, convocatorias que se evaporan, no es la de una administración ejemplar. Es la de un sistema que parece diseñado para que unos pocos entren por la puerta de atrás mientras el resto se queda mirando desde la acera.
Y eso, en un contexto electoral, es dinamita.
Alberto Núñez Feijóo lo sabe. Sabe que la batalla política ya no se libra solo contra el Gobierno, sino contra la percepción. Y la percepción, cuando se instala, no hay argumentario que la desaloje. Porque mientras unos hablan de legalidad, otros hablarán de enchufismo. Y esa palabra, en España, tiene más recorrido que cualquier informe técnico.
Además, el timing es endiablado. A las puertas de un nuevo ciclo electoral, con la oposición oliendo sangre, este caso amenaza con convertirse en un espejo incómodo. Un espejo en el que el PP no se reconoce y al que no querrá parecerse.
De modo que Feijóo tiene un nuevo marrón. No uno cualquiera. Uno de los que no se limpian con un comunicado ni con una comparecencia apresurada. Uno de los que obligan a bajar al barro, a explicar lo inexplicable y a reconocer lo que, quizá, nunca debió hacerse.
Y en política, cuando pasas de señalar el banquillo ajeno a justificar el propio… el problema ya no es el rival. Es el reflejo.