The Objective
Jorge Vilches

Lecciones húngaras a Vox

«Es lo que pasa con cualquier formación populista que funciona con ruido y furia, basada en la mitificación del líder supremo y en la dictadura interna de la oligarquía»

Opinión
Lecciones húngaras a Vox

Ilustración de Alejandra Svriz

Leo que la derrota de Orbán en Hungría es una prueba del comienzo del fin de la derecha populista, en especial, de Vox. No es para tanto ni tan inmediato. Simplemente es la demostración de que la gente de Abascal comete errores graves, y que ha encontrado un techo electoral. Esto pasa con cualquier formación populista que funciona con ruido y furia, basada en la mitificación del líder supremo y en la dictadura interna de la oligarquía. Véase el caso de Podemos.

El caso húngaro muestra a Vox que su vida no va a ser una biografía de aciertos y éxitos hasta la victoria final. Si son listos, corregirán las equivocaciones que generan animadversión en la absoluta mayoría del electorado, el repudio en la derecha moderada, y que alimentan al extremismo de izquierdas. De hecho, Sánchez es feliz cuando Vox está en primera plana.

El primer error ha sido vincularse a potencias extraeuropeas que se rigen por intereses poco patrióticos para España. Me refiero a Rusia y Estados Unidos. Cada vez que Trump quiere hacer la guerra a Sánchez, lo sufre el campo español, que es justamente uno de los caladeros de votos de Vox. Es difícil convencer a los productores de que la política trumpista es buena cuando el presidente de EEUU les quiere acogotar. Su solución ha sido separarse del discurso del republicano, lo que ha generado la sensación de que fueron títeres en su día, o que se mueven por intereses ajenos a la protección del campo español.

El segundo error es no ser útil para la gobernabilidad. La negativa a formar gobiernos autonómicos, con meses de parálisis, como en Extremadura, augura un quebradero de cabeza si el PP depende de Vox para formar gobierno en España. Esa inestabilidad desalienta tanto como tener la convicción de que se bloquea la formación de ejecutivos regionales por pura táctica electoral, es decir, postureo que perjudica a la ciudadanía. Buena parte del electorado de Vox es ideológico y no le importa torpedear las instituciones, pero el boicot supone ponerse un techo electoral. El motivo es que mucha gente quiere resultados prácticos con su voto, no fingimientos ni chulería.

El tercero es justo este último: Vox se ha puesto un techo que no supera el 18-20% del electorado. Esto supone que nunca superará al PP, del que depende siempre para estar en el poder o en las instituciones. Los populares son los únicos que no repudian sistemáticamente a los de Abascal. Más claro: el tipo de elector de derechas al que se dirige Vox prefiere a Meloni antes que a Le Pen, es decir, gobernar para transformar antes que ser el apestado de la vida política. 

«Vox ha traído a nuestro país el modo de operar del woke de derechas que surgió en EEUU»

El cuarto tiene que ver con esa naturaleza de partido testimonial. Este perfil exige una dirección que consiga obediencia ciega, lo que exige purgas y acallar las voces discrepantes. De ahí que los dirigentes actuales hayan convertido el partido en un sucedáneo cutre de Juego de Tronos, en un ejemplo claro de la ley de hierro de las oligarquías. Esto ha dado lugar a dos tipos de espectáculos: uno, cuando han salido a la luz los trapos sucios, y otro, el show chabacano de sus europarlamentarios insultando a periodistas por publicar esas noticias.

Esto último, que constituye el quinto error, es auténticamente insufrible, y que hace invotable a Vox: se pasan la vida insultando, ya sean sus dirigentes, sus responsables de redes o sus feligreses. Se sabe que un improperio describe más a quien lo profiere que al señalado, pero detrás hay un catálogo de personas e instituciones odiadas que va creciendo. Empezaron con los medios y el PP, y han seguido con la Iglesia, Felipe VI y la Unión Europea, deslizando continuamente que hay fraude electoral.

Cuando lo último se desmiente, o cualquiera de sus denuncias, ponen en marcha su particular wokismo. Vox ha traído a nuestro país el modo de operar del woke de derechas que surgió en EEUU, consistente en decir a la gente que se despierte de la matrix progre en la que vive. Para ello dan claves y piden cancelar al izquierdista. Este perfil de woke, también presente en el partido de Alvise, es tan yermo y cansino como el progresista. Se nutre de un dogmatismo que lo hace inútil para el consenso institucional; de ahí las dificultades también para formar gobiernos de coalición con Vox.

El conjunto depara a un Vox antisistema, herido por luchas internas, que se queda sin referentes extranjeros, aferrado a un «no es no» que recuerda a Sánchez. Pero quizá sean listos y den un giro que les permita mantenerse o subir, cumplir alguna de sus promesas programáticas pactando democráticamente con el PP, y sean mínimamente constructivos y útiles para la gobernanza,

Publicidad