The Objective
Maite Rico

Sánchez, rey de la jeta progresista

«Los 609 asesores del presidente lamentan que su liderazgo planetario no termine de percibirse en España. Es que lo conocemos de sobra. Y no solo nosotros»

Opinión
Sánchez, rey de la jeta progresista

Imagen creada por inteligencia artificial.

Pedro Sánchez está llegando a lo más alto. Ya es una estrella de TikTok: aconseja libros que no lee, asusta burros pirenaicos con sus risotadas, conduce cochecitos de niño o se pone camisetas de fútbol por encima de la camisa. Sus 609 asesores están empeñados en humanizarlo, y lo que logran es que parezca un monologuista de frenopático. Ahora nos lo quieren vender también como Líder Planetario, después de que haya juntado en Barcelona una deslucida representación de dirigentes de la izquierda populista. Rey del TikTok y Rey del Progresismo Decrépito. No se puede pedir más.

La prensa amiga saca trompetas y timbales. «Los excesos de la ultraderecha abren una oportunidad para la izquierda global», se estremece un analista. Y un cronista se derrite: «La izquierda internacional consagra a Sánchez» cuando «el progresismo vive un momento de debilidad». Con alguna salvedad, los congregados en la autodenominada Movilización Progresista Global representaban a la izquierda reaccionaria de toda la vida, la que confraterniza con dictaduras afines.

De hecho, los cabezas de cartel eran sucursal del Grupo de Puebla, cómplices del castrismo y el chavismo. Claudia Sheinbaum, con México sumido en la corrupción y en la violencia desbocada del narco, pero afligida por la Conquista. El colombiano Gustavo Petro, que aparte de la vergüenza ajena que provocan sus comparecencias etílicas, encadena un escándalo tras otro, al punto de haber sido incluido en la Lista Clinton por sus presuntos vínculos con el narcotráfico y el lavado de dinero. Qué decir de Axel Kicillof, ministro en la cleptocracia de Cristina Fernández de Kirchner y hoy gobernador de la provincia de Buenos Aires. Con el brasileño Lula quisieron salvar la cara. Es sin duda un hombre pragmático, pero cómo olvidar las corruptelas del Partido de los Trabajadores y el escándalo Lava Jato. 

Coja a todos ellos, añada al surafricano Cyril Ramaphosa, agite la coctelera y ya tiene la gloriosa alternativa global en defensa de la democracia. Ah, con José Luis Rodríguez Zapatero como guinda podrida, con todos los disgustos que le da la UDEF. De no estar en la trena, seguro que los hubieran acompañado encantados Ábalos, Koldo y Cerdán.

Fue llamativo el vacío europeo. La danesa Frederiksen tenía otras cosas que hacer. El laborista Starmer ni les cuento. Acudió despistado Lars Klingbeil, vicecanciller alemán, moderado, dialogante, partidario de aumentar el gasto militar y coaligado con los democristianos. O sea, lo contrario de Pedro Sánchez. António Costa, presidente del Consejo Europeo, estaba anunciado, pero en las fotos, al menos, no aparece. Sarah Santaolalla, en cambio, sí que estaba, dispuesta a «influir desde el lado correcto de la historia».

Dos mil invitados y ese era el tenor de las intervenciones. El mundo dividido entre el bien (ellos) y el mal: la ultraderecha, el capitalismo extractivista, los oligarcas tecnológicos y los demonios neoliberales. En el mejor de los casos, pura lengua de madera, que dicen los franceses. En el peor, papilla neomarxista mal digerida y argumentario de asamblea de facultad.

Pedro lo dio todo. «Hay que actuar ante quienes quieren vaciar la democracia», decía sin sonrojo el presidente que ningunea al Parlamento, coloniza instituciones y empresas, beneficia a su familia, asedia a la Justicia y a la prensa independiente y escamotea las elecciones. «Vamos a traer al mundo y a todos sus países una nueva era de progreso», abundaba el jefe del Gobierno del apagón general y del desastre del sistema ferroviario. «Los progresistas no nos arrodillamos ante las élites», proclamaba, después de reptar ante Xi Jinping y los tecnooligarcas chinos (esos son buenos).

«Los progresistas no nos arrodillamos ante las élites», proclamaba Sánchez, después de reptar ante Xi Jinping

Sánchez, que se presentaba como el ala liberal del PSOE, que aspiraba a ser secretario general de la OTAN, ahora compite en soflamas huecas con Irene Montero y busca su lugar como adalid de un nuevo eje de países no alineados, pero perfectamente alineados contra las democracias occidentales. De ahí que vaya recibiendo las bendiciones de Irán (que en 2025 ejecutó a 1.639 personas), de China (el mayor verdugo mundial), o de milicias tan multilateralistas y pacifistas como Hamás y Hezbolá. Ya saben, los del lado correcto.

Los 609 asesores de Sánchez lamentan que su liderazgo planetario no termine de percibirse en España. Es que lo conocemos de sobra. Y no solo nosotros. Los mandatarios europeos son conscientes de su desvergonzado oportunismo y lo excluyen de sus cumbres. Hasta The New York Times lo define como «el artista del escapismo más consumado de Europa, (…) conocido en casa por su disposición a decir y hacer cualquier cosa para mantenerse en el poder». Y el semanario francés L’Express afirma que «la vedette española de la izquierda europea enarbola la bandera pacifista para escamotear los escándalos de corrupción que lo socavan». Trump, de momento, le ha sacado de sus miserias domésticas. Pero a Sánchez se le ve el cartón como líder global de la desfachatez. 

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