Las dos caras de América Latina
«La visita de María Corina estaba pactada, no es descartable que el foro iliberal haya sido una contraprogramación de Sánchez»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Mercedes Rosúa viajó a China en los años setenta, convencida de que el modelo de Mao significaba la avanzadilla de la humanidad. Su decepción fue mayúscula casi nada más aterrizar. El diario que escribió de su experiencia es uno de los testimonios más claros que he leído sobre la intoxicación ideológica. Una mujer culta y libre que, voluntariamente, llega a creer que la Revolución Cultural de la China maoísta representa el sendero libertario por el que debe transitar la humanidad. Un delirio en el que cayeron algunas de las mejores mentes de su época. Algo de eso ha recordado también Félix de Azúa en estas mismas páginas. La política convertida en un sustituto del pensamiento religioso, como señaló François Furet en El pasado de una ilusión, donde cuenta cómo se afilió al Partido Comunista francés el mismo año de la intervención soviética en Hungría y sin ver en eso ninguna contradicción.
El horror de China en tiempos de Mao no es comparable al horror de China hoy. La libertad económica hace que todo sea más llevadero, pero, en el fondo, la realidad es la misma: control político, control social, control informativo. Así, la visita de Pedro Sánchez a China es una más de la desvergonzada forma de entender el poder del presidente del Gobierno, siguiendo el camino de baldosas amarillas de Zapatero, pero al menos tiene una lógica profunda. China es un contrapoder real. Es una alternativa verosímil frente a Estados Unidos, aunque sea una alternativa construida sobre la ausencia de libertades.
Frente a eso, rechazable e imprudente, pero real, lo ocurrido en Barcelona es otra cosa. La reunión de líderes latinoamericanos es puro artificio, luces de bengala, fuegos fatuos. No es poder real ni alternativa estructurada. En el fondo, es Pedro Sánchez usando la política exterior como pantalla para tapar sus corruptelas e ineficacias, su incapacidad de ganar una votación en el Congreso, una puerta de salida falsa al cerco judicial.
A Barcelona llegan líderes de toda laya, algunos francamente pintorescos, y solo cuatro presidentes en activo. Todos en declive o sin proyección real. Lula da Silva, a quien el Tribunal Supremo del país perdonó sus actos de corrupción, padre putativo del Foro de São Paulo junto a Fidel Castro, cabeza de un país gigantesco e importantísimo, pero con pies de barro; Gustavo Petro, un esperpento de demagogia y mentira, un líder que ha sido ya diseccionado por Carlos Granés en estas páginas y del que además habría que reclamarle también su traición al buen decir de los líderes colombianos, gramáticos que usaban más el diccionario que la ley para ejercer su poder; Claudia Sheinbaum, que consolida la tendencia iliberal del sistema político mexicano iniciado por Andrés Manuel López Obrador, una deriva autoritaria que ha deteriorado profundamente las instituciones y ha llevado a la mayor democracia de Hispanoamérica a un proceso de degradación sin resolver ninguno de sus problemas estructurales, empezando por los índices de violencia dignos de un país en guerra; y el presidente de Paraguay, irrelevante en el tablero internacional desde la guerra del Chaco en el siglo XIX. Esos son los aliados que le quedan a Pedro Sánchez y su peón Albares, el comisario político que dirige el Ministerio de Exteriores de España con el celo del inquisidor y el resentimiento del hombre marginal al que un golpe de destino eleva al poder de manera inesperada e injustificada.
Barcelona no fue una cumbre en sentido político, con acuerdos, pactos, tratados y convenciones. Fue pura retórica. Lo ya dicho: fuego de artificio. Declaraciones sin consecuencias, cooperación sin estructura, retórica sin seguimiento. Todo diseñado para el impacto inmediato y la desaparición posterior. Es una escenografía de consumo interno diseñada desde las necesidades de la política española interna. Las declaraciones de los líderes equivalen a las de las misses en un concurso de belleza: por la paz mundial y la reforma de la ONU.
En el caso de México, me duele volver al tema, pero las declaraciones de Sheinbaum diciendo que nunca hubo un problema con España confirman lo que se ha dicho: que la exigencia de disculpas a España planteada por López Obrador fue una construcción política artificial, la búsqueda de un chivo expiatorio externo ante la dificultad de asumir responsabilidades internas, olvidando que México es el resultado de una mezcla de tradiciones indígenas y españolas en la que la Conquista y el Virreinato son parte central de su propia historia, y esto mientras se evitaba cualquier cuestionamiento a Estados Unidos, ese sí enemigo verdadero, vecino incómodo, hermano mayor abusivo que nos arrebató más de la mitad del territorio y que ha encabezado al menos tres intervenciones militares, pero frente al que es inconcebible, con Trump en el poder y la amenaza de cancelar el tratado de libre comercio del que vive México pese a su deterioro en todo lo demás, un gesto de dignidad.
Los líderes de Barcelona, a los que hay que sumar a Pedro Sánchez, tienen una concepción instrumental de la democracia: la idea de que basta ganar unas elecciones, aunque sea por margen mínimo, para legitimar la transformación del sistema sin límites. Una idea de la democracia donde, una vez conquistado el poder de manera legítima, se tiene carta blanca para hacer lo que se quiera, sin respeto a los contrapesos, sin aceptar la división de poderes, sin tomar en cuenta a las minorías ni a la oposición. La democracia convertida en patente de corso de la revolución: un mecanismo de acceso al poder, no el sistema de alternancia y frágil equilibrio entre poderes que es realmente. Una democracia sin libertad de expresión.
Mientras todo ese aquelarre sucedía en Barcelona, María Corina Machado visitaba Madrid invitada por la Comunidad Autónoma. El Ayuntamiento le brindó los máximos honores. Ya que su visita estaba pactada, no es descartable que el foro iliberal haya sido simplemente una contraprogramación de Sánchez.
María Corina Machado es una líder extraordinaria que logró, por interpuesta persona, dado el veto que sufrió para ser candidata, derrotar a la dictadura de Maduro, y vuelve a demostrar en propia carne que la libertad es el mayor anhelo humano y su máxima realización.
Su intervención en la Puerta del Sol ante miles de venezolanos de la diáspora es un desmentido tajante a las excusas de Donald Trump para ignorar su liderazgo, y representa un plan de acción, una propuesta para la urgente transición a la democracia en Venezuela. En sus palabras, con una dicción clara, en un timbre emocional contenido, pese a todo lo que ha sufrido, hay un llamado a la unión ciudadana, una invitación a escapar a la lógica de la polarización que nos asfixia. Un programa ilusionante que, frente a la lengua de madera de Pedro Sánchez y su politruk de bolsillo, puede ser el urgente guion de la reconstrucción democrática de todo un continente.