El gesto que desnuda a un Gobierno
«La cuestión no es si hubo descortesía diplomática por parte de María Corina, sino qué ha hecho y evitado hacer la izquierda española frente a la catástrofe chavista»

Ilustración de Alejandra Svriz
Hay gestos que no necesitan palabras, y precisamente por eso resultan tan difíciles de soportar. Porque cuando un gesto basta para desnudarte, la reacción suele ser proporcional no a la presunta ofensa, sino a lo que deja en evidencia. Se sobreactúa, se exagera, se deforma. No para responder al gesto, sino para tapar la desnudez.
Exactamente ahí reside la clave del gesto de María Corina Machado: su negativa a reunirse con miembros del Gobierno durante su reciente visita a España y su decisión de hacerlo, en cambio, con representantes de la oposición. Ese es el hecho, escueto, sencillo, sin estridencias… pero demoledor. Lo demás, las acusaciones de desprecio institucional, los reproches, las gruesas descalificaciones e incluso la rapidez con la que algunos han recurrido a calificar a María Corina Machado de «golpista» —¡a ella!— viene después, como una reacción feroz que solo se comprende si se atiende a lo que ese gesto, en apariencia simple, revela.
Lo que está en juego no es una cuestión de protocolo, sino algo bastante más grave: la dimensión moral de lo ocurrido en Venezuela durante los últimos años. Hay realidades que no admiten ambivalencias ni relatos, y la venezolana es una de ellas; un país que en 2017 alcanzó los 31 millones de habitantes —su cúspide demográfica— y en el que hoy más de 18 millones de personas, bastante más de la mitad, o bien han sido empujadas a la precariedad severa, o bien se han visto obligadas a abandonar su propio país para poder sobrevivir. No estamos ante una crisis más, ni ante un episodio desafortunado de la historia, sino ante una catástrofe humanitaria de primer orden, imposible de atribuir al azar o a la mala fortuna, y directamente vinculada a un régimen político basado en la corrupción estructural, el abuso de poder y la demolición de las instituciones.
Puede que para potencias como China o Rusia, que durante años han sostenido al régimen chavista, semejante devastación humana haya sido un precio asumible a cambio de influencia geopolítica, pero para cualquier sociedad que aspire a umbrales mínimos de dignidad y responsabilidad, ese cálculo resulta sencillamente inaceptable. Y es precisamente ahí donde el gesto de Machado adquiere su sentido, porque negarse a reunirse con quienes han optado por la ambigüedad, cuando no por la complicidad, hacia los responsables de ese desastre no es una descortesía, sino coherencia. Hay momentos en los que sentarse con alguien no es una elección neutra, sino una forma de legitimación, y evitar esa foto es, en sí mismo, un mensaje.
Un mensaje que no necesita de palabras para resultar inequívoco: al elegir con quién no reunirse, Machado está señalando sin levantar el dedo a quienes han preferido contemporizar con el régimen chavista mientras las cifras de exiliados y pobres se acumulaban hasta adquirir una dimensión que interpela a cualquiera con un mínimo de humanidad. No hace falta elevar el tono ni pronunciar una sola palabra cuando los datos hablan por sí solos. Y es precisamente esa sobriedad la que dota al gesto de su fuerza.
«La relación del Gobierno español con el chavismo ha estado marcada por una ambigüedad recalcitrante»
A partir de ahí, la reacción del Gobierno y su cámara de eco deja de resultar sorprendente. No responde tanto a lo que Machado ha hecho como a lo que deja en evidencia, porque cuando los hechos son abrumadores, la tentación es desplazar el encuadre, esconder la realidad, convertir al mensajero en el problema y revestir de escándalo lo que es una delimitación política clara. La sincronización en las descalificaciones, la reiteración de burdas etiquetas y la velocidad con la que se difunden dibujan una estrategia compartida en la que ciertos gestos resultan inadmisibles no porque sean ofensivos en sí mismos, sino porque actúan como un espejo.
Si nos atenemos a los hechos, la ofensa no está en el emisor, sino en el receptor. Durante años, la relación del Gobierno español —en manos socialistas— con el chavismo ha estado marcada por una ambigüedad recalcitrante que contrasta con la claridad mostrada por los demás países europeos. En ese contexto, la figura de José Luis Rodríguez Zapatero aparece como un elemento clave, presentado como mediador, pero percibido en realidad como un actor de parte cuya intervención ha coincidido sistemáticamente con momentos en los que el régimen necesitaba tiempo, legitimidad o ambas cosas. A ello se suman episodios como el encuentro en Barajas entre José Luis Ábalos, por entonces ministro y secretario de Organización del PSOE, y Delcy Rodríguez cuando esta señora tenía prohibida la entrada en territorio de la Unión Europea, así como numerosas investigaciones y polémicas que han apuntado a turbias conexiones políticas, empresariales y financieras con el entorno chavista. Puede que para algunos no sean pruebas concluyentes por sí solas, pero cargan de razones a la insolente Corina.
Desde esta perspectiva, lo ocurrido deja de ser una cuestión protocolaria para convertirse en la delimitación intencionada de un perímetro político y moral. Y es precisamente esa delimitación la que explica la ferocidad de la respuesta: no se discute el gesto, se pretende enterrar bajo una montaña de calumnias el juicio implícito que contiene. Porque cuando un juicio no se puede refutar en el terreno de los hechos, solo queda intentar neutralizarlo en el terreno del relato. Algo a lo que este Gobierno es muy aficionado, no tanto por algún extraño espíritu deportivo como por pura necesidad. Son tantas sus vergüenzas que constantemente debe recurrir a la técnica soviética de «la gran mentira», que consiste en repetir falsedades a gran escala hasta que sean aceptadas como verdad. Aunque en su caso no busca convencer a quien tiene ojos en la cara; solo a los militantes, que hasta lo de Irán tenían la moral por los suelos.
«El socialismo español se aferra a la resurrección de Sánchez, y María Corina Machado no puede arruinar ese milagro»
Como explicó Yuri Bezmenov, un desertor de la KGB, a una persona desmoralizada se le hace imposible afrontar la verdad. Los hechos no le dicen nada… Aunque se acompañen con información, pruebas auténticas, documentos y fotos… se negará a creerlos. Esa es la realidad anímica de un socialismo español atrapado en la mentira. Por eso se aferra a la resurrección de Sánchez, enterrado por la corrupción y renacido por el ‘no a la guerra’. Y Machado no puede arruinar ese milagro. No puede estropear el sortilegio reflejando la realidad. No lo van a consentir.
Por eso la cuestión de fondo no es si hubo descortesía diplomática. Es otra mucho más hiriente: ¿qué ha hecho —y qué ha evitado hacer— el Gobierno socialista y la izquierda española en general frente a una catástrofe que ha empujado a millones de venezolanos fuera de su país y ha condenado a otros tantos a la precariedad severa? Esa es la pregunta que subyace. La pregunta tabú. La que de ninguna manera se puede formular; mucho menos contestar con un gesto.
Ocurre, sin embargo, que la historia es implacable. Y cuando todo lo que has hecho te ha llevado a que un simple gesto baste para dejarte en evidencia, el problema no es el gesto: el problema eres tú.