El gran tapado del 'caso Zapatero'
«¿Y si Venezuela no fuera solo el socio corrupto de algunos socialistas españoles, sino también una vía de intermediación hacia China?»

Imagen creada con inteligencia artificial.
En España algunos han descubierto de pronto que Zapatero tenía una intensa vida venezolana. Sorpresa relativa. A estas alturas, si alguien veía a Zapatero entrando por una puerta, lo normal era mirar detrás por si aparecía Maduro, Delcy, el Grupo de Puebla o algún caballero bolivariano con maletín.
La imputación del expresidente en el caso Plus Ultra ha vuelto a poner el foco sobre Venezuela. Es lógico. Plus Ultra, el rescate, los vínculos chavistas, los intermediarios, el papel de Zapatero como gran conseguidor del socialismo tropical… Todo eso da para muchas portadas. Y para muchas tertulias en las que algunos descubren de pronto lo que otros llevaban años denunciando, escribiendo y publicando.
Pero hay un problema. O mejor dicho: hay un gran tapado.
No es que Venezuela sea una cuestión menor. No lo es. Venezuela es importantísima. Pero quizá no sea el principio y final de la historia, sino una de sus partes. La prensa española mira hacia Caracas porque allí están los personajes más pintorescos, las escenas más llamativas y el olor más reconocible de la corrupción política. Pero cuando se sigue el rastro con un poco más de intención, aparece Pekín. A veces como empresa. A veces como financiación. A veces como tecnología. A veces como petróleo. A veces como «foro de cooperación». Y a veces, directamente, como ese señor chino que nadie sabe muy bien por qué estaba adosado a Zapatero.
La hipótesis que planteo es que tal vez la relación PSOE-Venezuela no pueda entenderse por completo sin mirar la triangulación España-Venezuela-China.
«Venezuela no es solo un régimen amigo del zapaterismo. Es también un país profundamente dependiente de China»
Venezuela no es solo un régimen amigo del zapaterismo. Es también un país profundamente dependiente de China. Pekín ha financiado durante años al chavismo con préstamos gigantescos respaldados por petróleo; los préstamos chinos a Venezuela se estiman en decenas de miles de millones de dólares, con el crudo como garantía de pago. China ha comprado petróleo venezolano, ha suministrado tecnología, ha proporcionado sistemas de control social (ZTE con el Carné de la Patria), ha vendido equipamiento militar y ha dado cobertura diplomática a Caracas.
No hace falta imaginar a Maduro recibiendo órdenes cada mañana por WeChat desde Zhongnanhai. La dinámica es mucho más fluida: Venezuela necesita dinero, salida para su petróleo, tecnología y protección internacional; China necesita recursos, influencia y peones en el tablero global. Todos contentos, salvo el pueblo venezolano, claro, que siempre queda fuera de estos bellos ejercicios de cooperación antiimperialista.
España, mientras tanto, ha ido entrando también en una dependencia creciente de China. No del mismo modo que Venezuela, desde luego. España no paga deuda con barriles de petróleo ni depende de Pekín para sostener una dictadura caribeña, con chándal de colores y retórica revolucionaria. Pero sí depende cada vez más de China en comercio, industria, tecnología, renovables, baterías e infraestructuras. Y, de forma más preocupante, en sistemas sensibles, como sucede con Huawei. Y digo más preocupante porque cuando una empresa china aparece vinculada a contratos relacionados con sistemas de interceptación judicial y almacenamiento de datos relacionados con la seguridad nacional, la dependencia deja de ser «comercial» y empieza a oler a cesión de soberanía.
Por todo ello formularé la pregunta al revés: ¿y si Venezuela no fuera solo el socio corrupto de algunos socialistas españoles, sino también una vía de intermediación hacia China? ¿Y si parte de ese ecosistema —aerolíneas, hidrocarburos, constructoras, consultoras, fundaciones, lobbies y amistades entrañables— no fuera solamente una red de enriquecimiento particular, sino una zona neblinosa donde confluyen intereses venezolanos, españoles y chinos?
«La corrupción local no traba la maquinaria geopolítica. Al contrario, la engrasa»
No hace falta caer en la caricatura. Nadie está diciendo que todos los implicados recibieran un sobre rojo con instrucciones del Partido Comunista Chino. Las tramas corruptas siempre tienen vida propia. Improvisan, saquean, se adaptan, maniobran animadas por la codicia y la oportunidad. Un corrupto no necesita que le guíen a cada paso: se basta solo para meter la mano en la caja. El matiz es otro: hasta qué punto esa libertad para corromperse puede ser funcional a intereses geopolíticos que van más allá de la mera corrupción.
No estoy descubriendo la pólvora. Solo pongo sobre la mesa algo muy viejo. Los regímenes autoritarios no necesitan convertir a todos sus socios en activos disciplinados. Les basta con prometerles negocio, protección, acceso, financiación, viajes, contratos, cargos, foros internacionales y una reconfortante sensación de impunidad. La «libertad» de acción en la corrupción es precisamente el incentivo. Cuba lo sabe. Venezuela lo sabe. Rusia lo ha practicado durante años. Y China lo hace a su manera: con empresas, asociaciones, créditos, infraestructuras, tecnología, sonrisas y apretones de manos protocolarios. La corrupción local no traba la maquinaria geopolítica. Al contrario, la engrasa.
Ahí entraría Zapatero. Zapatero tuvo relación con Venezuela desde el inicio de su presidencia, cuando Hugo Chávez visitó España en noviembre de 2004. Pero la relación estructural de Zapatero con China tiene un hito mucho más fundacional, la Asociación Estratégica Integral entre España y China, impulsada durante su Gobierno en 2005, apenas un año después. Es decir, su relación con China no empieza ayer, ni con Huawei, ni con un empresario chino de nombre difícil de retener. Tiene un momento de arranque claro. Y un compromiso político más profundo que los primeros devaneos con el chavismo.
Desde entonces, Zapatero no ha sido un simple expresidente que pasaba por allí. Ha mantenido una relación intensa y constante con el ecosistema chino, con entidades, foros y nombres propios ligados a la arquitectura de influencia de Pekín. Gate Center, su think tank de proyección internacional, ha organizado encuentros con figuras chinas de primer nivel, entre ellas responsables del Chinese People’s Institute of Foreign Affairs, y con estructuras directamente vinculadas a los intereses económicos y políticos de Pekín.
«Aldesa fue adquirida en 2020 por China Railway Construction Corporation (CRCC), una gran corporación estatal china»
Y ahora, cuando estalla la imputación de Zapatero, China vuelve a aparecer. Como quien no quiere la cosa. Siempre de puntillas, siempre lateralmente, siempre en una esquina del cuadro. Pero aparece. Siempre aparece.
Ahí está Aldesa. Una constructora española que en 2020 fue adquirida mayoritariamente por China Railway Construction Corporation (CRCC), una gran corporación estatal china. No hablamos de un bazar ni de un proveedor de fundas para móvil. Hablamos de una compañía vinculada al aparato económico del Estado chino y controlada orgánicamente por el PCCh. Aldesa habría pagado 127.000 euros a una sociedad vinculada al entorno de Zapatero, Análisis Relevante, por supuestas asesorías. Pagos que pudieron encubrir comisiones por influencia política.
Y aquí empiezan las casualidades.
Aldesa pasa a control chino. Aldesa se relaciona con el entorno de Zapatero. Zapatero aparece como posible conseguidor de contratos. Y, mientras tanto, la información pública dominante sigue siendo: Venezuela, Venezuela, Venezuela. De acuerdo. Venezuela está. Pero quizá no estaría de más levantar un poco la vista del Caribe y mirar al Pacífico.
«Fangyong Du, supuesto empresario chino, es investigado por el CNI por considerarlo un activo de la inteligencia de Pekín»
Luego está Fangyong Du, conocido como Miguelito Duch. Un personaje que parece escrito por el guionista de una serie de Netflix: supuesto empresario chino, vinculado al entorno de Zapatero, socio de primer nivel de Gate Center e investigado por el CNI por considerarlo un activo de la inteligencia de Pekín. Es el mismo Fangyong Du que, justo unas horas antes de que agentes de la UDEF accediesen a la sede de Plus Ultra, recibe un soplo para liquidar a la carrera todas sus empresas y borrar cualquier rastro. El mismo Fangyong Du que en los pinchazos del caso Koldo los implicados dicen que «lo tienen oculto y controlado». Y, de nuevo, el mismo Fangyong Du que es alejado de la jurisdicción europea, colocándolo como consultor en el Grupo de Puebla y promoviendo su fichaje en el Banco de los BRICS. Dos instituciones controladas por Pekín y sus satélites donde la justicia española no puede tocarlo.
Visto todo lo anterior, solo caben dos opciones. La primera, asumirlo como una coincidencia más, porque España es un país extremadamente generoso en coincidencias. La segunda, sospechar que quizá hay un patrón. Y que ese patrón no se entiende si miramos solo a Venezuela.
Insisto. La cuestión no es creer que China ordenara cada maniobra. Sería demasiado tosco y, además, innecesario. El punto es otro: que determinadas redes políticas y empresariales españolas pudieron moverse durante años en un espacio donde la corrupción local, los intereses venezolanos y la estrategia china no colisionaban. Al contrario, se reforzaban mutuamente.
Venezuela ponía el régimen amigo, el petróleo, la opacidad institucional y la conexión bolivariana. España ponía la cobertura europea, las sociedades, los contactos políticos, las licencias, la respetabilidad institucional y el acceso a administraciones públicas. China ponía la financiación, la demanda energética, las empresas estatales, la tecnología y la visión de largo plazo. No hace falta imaginar un despacho oscuro y una banda sonora dramática. Basta observar una red de intereses compatibles. Mucho menos apasionante que una película de espías, sí. Pero mucho más funcional y verosímil.
«La pregunta es si la trama miraba solo a Caracas o si Caracas era una de las puertas hacia Pekín»
Por eso soy de la opinión de que el caso Plus Ultra no debería enfocarse únicamente como una trama de rescate público, favores políticos y enriquecimiento ilícito. Puede ser el resultado de una triangulación mucho más delicada entre España, Venezuela y China. Una triangulación en la que Zapatero aparece no como un simple mediador latinoamericano, sino como un activo entre tres mundos: el socialismo español, el chavismo venezolano y el ecosistema de influencia chino.
La pregunta que planteo, por tanto, no es si Venezuela importa. Claro que importa. La pregunta es si Venezuela era el destino final o la pasarela. Si la relación era bilateral o si funcionaba, al menos en parte, como intermediación. Si la trama miraba solo a Caracas o si Caracas era una de las puertas hacia Pekín.
La prensa española ha construido ya un relato alrededor de Venezuela. Tiene sentido. Es visible, reconocible y políticamente rentable. Pero con China sucede algo distinto: aparece de forma fragmentaria. Huawei por aquí. Aldesa por allá. Fangyong Du en un rincón. Gate Center en una esquina. Reuniones con dignatarios chinos. Empresas estatales. Tecnología. Hidrocarburos… Petróleo venezolano que acaba en China. Todo separado, todo deslavazado, todo circunstancial.
Y quizá ahí está el error.
Porque si se unen los puntos, la dimensión de la historia cambia bastante. Ya no estamos solo ante la posible corrupción de un expresidente, ni ante el rescate de una aerolínea ruinosa, ni ante las peligrosas amistades bolivarianas de Zapatero. Estamos ante algo potencialmente más grave: la posibilidad de que una parte del poder político español haya funcionado durante años como intermediario útil en una arquitectura de influencia donde Venezuela era el socio visible y China el gran tapado. La corrupción estaba en Caracas. El tablero, en Pekín. Y eso explicaría por qué todo el mundo mira tanto a Venezuela y tan poco a China. Venezuela hace ruido. China trabaja en silencio.