España, la pequeña China de Europa
«No se trata de copiar, sino de una aspiración: la de construir una suerte de ‘pequeña China’, discreta y funcional, que conserve la apariencia de una democracia»

Ilustración generada mediante IA.
Hay escenarios que no se limitan a acoger el poder, sino que lo amplifican. El Gran Salón del Pueblo, en Pekín, es uno de ellos. Sus mastodónticas proporciones no buscan la armonía, sino la subordinación; no invitan al diálogo, sino a la reverencia. La escala, la simetría, la repetición casi hipnótica de columnas y volúmenes tienen un propósito: recordarle al visitante que allí el individuo es irrelevante y el poder, absoluto.
En ese imponente escenario, imagino a Pedro Sánchez experimentando una mezcla de fascinación y reconocimiento de sí mismo. Deslumbrado por la escala arquitectónica, pero sobre todo por la idea misma de un poder sin oposición. Una voluntad política que no encuentra resistencia, que no necesita negociar, que no se somete a contrapoderes ni a salvaguardas constitucionales. Un poder que se despliega con la misma naturalidad con la que se elevan sus columnas colosales.
Sánchez no es estúpido; sabe perfectamente que España no es China, que las proporciones no admiten comparación. Pero también sabe, o cree saber, que las formas pueden adaptarse, que los sistemas pueden deformarse sin romperse del todo, y que entre una democracia plena y un autoritarismo explícito existe un territorio intermedio, lo bastante fértil como para ser cultivado. Siete años de gobierno a golpe de decreto ley, con un Tribunal Constitucional que ha terminado por funcionar como un borrador mágico y un Parlamento en la práctica vaciado de funciones, apuntan en esa dirección. No se trata de copiar, sino de una aspiración: la de construir, a escala local, una suerte de «pequeña China», discreta y funcional, que conserve la apariencia de una democracia, pero cada vez más alejada de su espíritu.
Sería un error reducir el giro hacia China de Sánchez a mero oportunismo o búsqueda de beneficio particular; eso va implícito en los perfiles autoritarios. Si lo analizamos en profundidad, descubriremos que no hay brusquedad ni cálculo de corto plazo. Hay coherencia de largo plazo. El momento fundacional se remonta 20 años atrás y tiene fecha: el 14 de noviembre de 2005, cuando José Luis Rodríguez Zapatero firmó en Madrid junto a Hu Jintao el acuerdo de Asociación Estratégica Integral. Aquello no fue una formalidad diplomática, ni un gesto más en el lenguaje de las relaciones internacionales. Fue en esencia la apertura de una vía alternativa a la alianza del eje Atlántico, vigente desde 1953.
Dos décadas más tarde, Sánchez aparece no como heredero pasivo, sino como impulsor definitivo de ese giro. Debajo de su foto junto a Xi Jinping, el lenguaje ha evolucionado: se habla de «profundizar la relación», de «integrarse en el multilateralismo», ese multilateralismo que, tal y como lo formula Pekín, no es una benévola red de cooperación, sino una arquitectura alternativa de poder, una reinterpretación de la división en bloques donde el liderazgo no corresponde ya a la desaparecida Unión Soviética, sino a una China, de nuevo imperial, que se concibe a sí misma como el centro natural de ese nuevo desafío.
«Un relato encantador, casi un cuento de hadas, en el que desaparecen las aristas y se diluyen las implicaciones estratégicas. Sin embargo, tiene letra pequeña»
Con el falaz multilateralismo, China no se presenta como un poder dominante, mucho menos como imperialismo sutil pero depredador —lo que realmente es—, sino como oportunidad: inversión, tecnología, industria, empleo, prosperidad. Un relato encantador, casi un cuento de hadas, en el que desaparecen las aristas y se diluyen las implicaciones estratégicas. Sin embargo, tiene letra pequeña. 70 países ya han comprobado que la inversión china suele ir acompañada de dependencia tecnológica, control de infraestructuras críticas, déficits comerciales, endeudamiento y nula aportación a la cadena de valor. El mercado chino sigue siendo impenetrable, las empresas extranjeras operan allí en un tablero inclinado y la supuesta reciprocidad es, en la práctica, inexistente. Lo que China adorna con el lazo de la cooperación termina funcionando como mecanismo de injerencia, control y palanca de poder.
Bajo el timón de Sánchez, y con la gestión en la sombra del sibilino Zapatero, España ha emprendido ese mismo camino hacia la esfera de influencia de Pekín. La asfixiante penetración china en sectores estratégicos, el dominio de su tecnología en infraestructuras críticas y el déficit comercial desbocado —50.000 millones de euros a cierre de 2025— no son casualidades, sino el resultado de un plan perfectamente orquestado.
La oportunidad existe, sí, pero es un juego de espejos diseñado para que la tostada caiga siempre del lado de Pekín. Sánchez lo comprende y asume con calculada frialdad; lo que resulta un mal negocio para España se transforma en un incremento de poder personal y en enriquecimiento para sus intermediarios. Zapatero puede dar fe.
Hay, además, gestos sutiles clave que no aparecen en los comunicados oficiales, pero que, en diplomacia, suelen ser muy elocuentes. La invitación expresa del régimen chino a Begoña Gómez, justo cuando su procesamiento es inminente, no es un detalle protocolario ni mera cortesía. En Pekín, no dan puntada sin hilo: cada gesto se mide con precisión milimétrica.
«China le dice al gobernante corrupto: ‘Con nosotros no tendrás problemas’. Ese es el mensaje implícito que Xi Jinping lanza a Sánchez invitando formalmente a su mujer»
China no cuestiona a sus aliados por el uso que hacen del poder. No es escrupulosa. Su política exterior se rige por un principio mucho más simple: la no injerencia… siempre y cuando se le sirva bien. China le dice al gobernante corrupto: «Con nosotros no tendrás problemas». Ese es, precisamente, el mensaje implícito que Xi Jinping lanza a Sánchez invitando formalmente a su mujer. He aquí el más poderoso atractivo que el modelo chino tiene para determinados liderazgos: ofrecer algo extremadamente valioso para quien entiende el poder como un fin en sí mismo: impunidad.
Así se explicaría por qué el giro de España ha cristalizado, cínicamente, a pocos metros de la Plaza de Tiananmén. Allí, donde la memoria de la brutal represión del 4 de junio de 1989, que dejó miles de muertos, sigue silenciada por el mismo socio que hoy ofrece con falsa benevolencia «acuerdos de colaboración» y la engañosa promesa de prosperidad económica a cambio de la libertad estratégica y la memoria.
Esta es la lógica sin filtros del régimen chino, la que Sánchez abraza sin dudar: la preservación del poder como prioridad absoluta a costa de la libertad, incluso de la vida de sus propios ciudadanos. Una lógica que se proyecta, con otros medios, en el control de la información, la ausencia de pluralismo político y la vigilancia sistemática de la sociedad. Si queremos descubrir la verdadera naturaleza de la alianza entre España y China, es ahí donde debemos mirar: en los convenios de formación suscritos por las agencias de información estatales de uno y otro país. En el aprendizaje de técnicas de control social. En el manual de instrucciones para transformar España en la pequeña China de Europa.
Durante la visita de Sánchez, Xi Jinping afirmó: «Tanto China como España son naciones de principios […] estamos del lado correcto de la historia al defender la justicia frente a la ley de la selva». Si se tiene en cuenta el historial del PCCh, eso no es una mera declaración; es un monumento al cinismo. Porque no se trata solo de Tiananmén, sino del balance completo del régimen: decenas de millones de víctimas a lo largo del siglo XX, campañas políticas convertidas en ingeniería social a gran escala, represión sistemática. Nada de eso ha sido repudiado por el PCCh actual, tampoco ha cambiado en el presente. Al contrario, se ha perfeccionado con el uso masivo de nuevas tecnologías.
A partir de ahí, el contraste deja de ser ideológico y pasa a ser funcional. Dos discursos que confluyen, que invocan principios mientras amplían, cada uno en su escala, los márgenes de su propio poder. La distancia entre ambos modelos sigue siendo evidente, pero la verdadera referencia no está en las formas, está en la dirección.
Xi Jinping y Pedro Sánchez. El primero, consolidando un modelo sin oposición; el segundo, forzando los límites del suyo. Entre ambos, algo más que una relación diplomática: una afinidad en la manera de entender hasta dónde puede llegar el poder cuando apenas encuentra resistencia. El maestro y el aprendiz.