The Objective
Cristina Casabón

Jóvenes, valores y tradición cristiana

«El porcentaje de jóvenes de 18 a 24 años que se declaran católicos ha ascendido hasta situarse en torno al 38,5% en 2025, casi cinco puntos más en cuatro años»

Opinión
Jóvenes, valores y tradición cristiana

Ilustración de Alejandra Svriz.

La herencia del cristianismo en la historia de Europa ha sido, de alguna manera, suprimida en el momento en que la «nueva Europa», en lugar de situarse en continuidad con su historia, ha querido deconstruirse, en la inocencia y la ignorancia de esa historia, que es la de la civilización. De este modo, se ha vuelto con espíritu de venganza contra los valores europeos que supuestamente habrían causado las guerras, la violencia y las injusticias de nuestro pasado, ya se trate de las naciones o de la Iglesia. El proyecto europeo, en su vertiente más progresista, se basa en la decisión de rechazar cualquier continuidad entre la nueva Europa y lo que la precedió, como para asegurarse de que no heredará ninguna mancha. En países como Francia, el mantenimiento en el espacio público de signos cristianos está condicionado a una autorización precaria y deliberadamente humillante; en parte, esto ha sido criticado por pensadores conservadores, como Alain Finkielkraut o Rémi Brague.

Sin embargo, esta ruptura con la tradición no es tan sencilla como se pretendía. Porque el cristianismo no es únicamente un sistema de creencias privadas, sino la matriz cultural que ha dado forma a Occidente. Ya lo advirtió Chateaubriand, uno de los grandes pensadores de la contemporaneidad temprana, cuando defendió que el cristianismo había inspirado las más altas expresiones de la civilización europea allí donde se había extendido su influencia.

El genio del cristianismo existe; es decir, hay una relación profunda entre fe, belleza y civilización. Allí donde el cristianismo arraigaba, florecían las catedrales, las universidades, las epopeyas literarias y las grandes composiciones musicales; allí donde desaparecía, quedaba un vacío espiritual difícil de llenar con meros programas ideológicos. De ahí que la pretensión contemporánea de separar radicalmente Europa de su herencia cristiana no sea solo un error histórico, sino también un empobrecimiento cultural.

Sin embargo, datos de los barómetros del Centro de Investigaciones Sociológicas, publicados entre 2025 y comienzos de 2026, apuntan a un fenómeno que rompe el guion de las últimas décadas: el porcentaje de jóvenes de 18 a 24 años que se declaran católicos ha ascendido hasta situarse en torno al 38,5 % en 2025, casi cinco puntos más en apenas cuatro años.

Mientras tanto, en el Reino Unido ocurre algo similar. La investigación de la Bible Society indica que, entre los jóvenes, los católicos ya superan a los anglicanos en una proporción de dos a uno, dibujando un mapa religioso que se reconfigura sin estridencias.

En Francia, el catolicismo rampante marcó un récord histórico de bautismos el Domingo de Pascua, con alrededor de 21.400 adultos y adolescentes incorporándose a la Iglesia católica, lo que supone un aumento aproximado del 20% respecto a 2025. La mayoría de los nuevos bautizados tiene entre 18 y 40 años, y cerca del 60% son mujeres.

Paralelamente, se están desmoronando las creencias progresistas de quienes se mueven en la sociedad como en un país sospechoso. El progresismo introdujo un principio de desconfianza o de enemistad ilimitada entre los hombres y la humanidad, específicamente contra el occidental. Se explicitaba el deseo de borrar nuestra huella colonialista, una ideología basada en el pecado y en el castigo o karma. Para P. Bruckner, dicha actitud responde a una forma de masoquismo moral de Occidente, que se juzga a sí mismo con severidad permanente. Como explica Finkielkraut, en el momento en que se pretende fundar todo el orden colectivo en el solo principio de los derechos del hombre, se corre el riesgo de privar al hombre de toda especificidad y de toda dignidad propia, construyendo una suerte de religión de la humanidad. La compasión por «el otro hombre» se convierte en el afecto social por excelencia. Es comprensible que este afecto se confunda con el amor al prójimo que ordena el precepto evangélico, pero no es similar, porque en el caso del «poscolonialismo» se practica el odio hacia uno mismo y sus antepasados.

Ahora todo esto está cambiando, porque para las nuevas corrientes cristianas (católicas), el «libertino», el progre o el hombre europeo puramente racionalista no es el hombre adecuado, sino más bien el huérfano: no siente que haya matado a Dios en un gesto intrépido o inconsciente; simplemente no ha recibido sus enseñanzas, entre las que se incluye el amor hacia uno mismo y su cultura. Podría ser la fórmula «Miseria del hombre sin Dios» la que mejor define esa crisis profunda que surge del desconocimiento de nuestro legado.

Contrariamente al hombre hecho a sí mismo y a la pretensión del sujeto de conocerse por intuición inmediata, los europeos solo nos comprenderemos y nos amaremos a nosotros mismos a través de los signos de humanidad de nuestras obras de cultura y de la religión. Pero el cristianismo ya no se presenta solo como verdad revelada, sino que empieza a reconocerse como memoria civilizatoria, como un lenguaje común que permite hablar de dignidad, paz y pertenencia en todos los ámbitos, incluido el político. Incluso sectores políticos tradicionalmente secularizados y progresistas han comenzado a utilizar referencias cristianas en el discurso público.

Por poner ejemplos recientes, el gobierno de Pedro Sánchez quiere obtener mucho rédito espiritual y mucha autoridad internacional, por lo que ha utilizado referencias religiosas en Semana Santa para denunciar acciones que considera ataques a la libertad religiosa, como la restricción de celebraciones cristianas en Jerusalén. Sánchez también ha defendido al Papa y ha apelado a valores asociados al cristianismo —como la paz, la tolerancia y la convivencia— en el contexto del conflicto internacional, lo cual es un segundo acierto. Las encuestas dirán cuál es el resultado de esta estrategia, pero parece que «patria y religión» son las banderas que Sánchez quiere arrebatar a la derecha.

Es evidente que estamos ante una operación de hipocresía oportunista, pero se suele ser oportunista donde se ve un caladero de posibles votos: son millones de jóvenes repartidos entre varios partidos, porque su voto no es ideológico. Es un voto identitario y existencial. El presidente ha tenido el acierto de entrar a jugar en este terreno de la política internacional y ha terminado defendiendo al Papa. Su último gesto sensato se produce así como una noticia del más allá y como un aviso de aquí mismo. Todo ello, como ven, puro oportunismo, que es la música favorita de este político.

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