The Objective
Cristina Casabón

El mago de La Moncloa

«Es admirable la sencillez de Sánchez para tocarlo todo sin tocar nada y pasar desapercibido»

Opinión
El mago de La Moncloa

Ilustración generada con IA.

El mago del Kremlin —la célebre novela de Giuliano Da Empoli, recién llevada al cine— es una fiel representación de la Rusia de Putin y de las relaciones entre el poder económico y político. Uno de los episodios narra es la detención del hombre más rico de Rusia, Mijaíl Jodorkovski, en 2003, que se convirtió en una imagen icónica del nuevo orden político. No fue solo el arresto de un empresario famoso, fue una demostración de la autoridad de Putin, facilitando su reelección en 2004 y eliminando una amenaza real a su autoridad.

En España estos días la prensa discute hasta qué punto un gobierno debe intervenir en la dirección de empresas privadas estratégicas. Si el caso de Telefónica se resolvió con su máximo responsable destituido en un despacho de La Moncloa, el caso de Indra, con despido reciente de la cúpula y reorganización del poder interno, ha levantado otra nueva alarma. No hemos visto una detención de película, pero sí un relevo forzado en la práctica, una exhibición del uso del poder accionarial del Estado contra un directivo que se creyó capaz de desafiar las órdenes de la Moncloa.

Los pinitos de aventurismo empresarial en la SEPI sirvieron para hacer de Sánchez un empresario experimentado. Después, los cambios legales aprobados durante la pandemia —fondos públicos de rescate y operaciones cuya vigencia se ha prolongado más allá de la emergencia—, han hecho de Sánchez sin duda un profesional de las leyes y de la política. Un profesional que ha conseguido que el Gobierno vuelva a sentarse en el accionariado de grandes empresas privadas. 

Pero es ahora, precisamente ahora, cuando vemos un profesional absoluto que ha pasado de la teoría a la práctica, curtido ya en multitudes y oposiciones, con solvencia en el ejercicio de quitar y poner, de maniobrar en operaciones indirectas, como adquisiciones de acciones o la intervención directa en la gobernanza de las compañías. 

Como sabemos por los más avanzados, como Putin, todos con fórmulas de audacia, lo de Sánchez ha sido la forja de un intervencionista más fino, más sigiloso, para decirlo con el título famoso del novelista Giuliano da Empoli: con jugadas propias de un mago. El poder económico, cuando pronuncia el nombre de Sánchez, trata de minimizar a este señor, pero los periodistas deberían comentar más las proezas de un presidente que, ya digo, con la mayor finura y sin vender ternuras a la clientela, ahora se ha inmiscuido de lleno en la vida empresarial del país.

Es admirable la sencillez de Sánchez para tocarlo todo sin tocar nada y pasar desapercibido. Nada de golpes en la mesa, ni paseos sin camiseta a los lomos de un caballo desbocado. Todo eso sería de mal gusto en un país que quiere mantener unas mínimas apariencias; sin embargo, he de decir que la operación de Indra ha sido bastante estruendosa, pese a que se haya llevado a cabo en plena Semana Santa y de tapadillo. 

De momento no sabemos si el éxito de este aventurismo empresarial en Indra se traducirá en votos socialistas (la multinacional española es la encargada, desde hace 36 años, del escrutinio electoral en España), pero este presidente ha aprendido a meterse donde no le llaman con una eficacia que es en sí misma un enriquecimiento y extensión del gobierno en todos los órdenes de la vida social, política y económica española.

«Nuestro hombre ha llegado a la tolerancia por la vía de la injerencia y mediante esta lógica acorrala a los que no quieren comprender y ejecutar sus operaciones políticas y bandazos estratégicos»

Como sabemos, siempre que se revista todo desde la óptica del interés público y de la seguridad nacional, todo vale. Nada sabemos los españoles de economía y de leyes, solo eso explica cómo Sánchez se ha hecho un ejecutivo político, todo un empresario, frente a un capitalismo salvaje que tanto le disgusta siendo él el más demócrata de la película y quizá el que mejor hace la crítica a los ricos y poderosos. 

Solo vemos lo evidente: lo que le gusta al entorno de Sánchez tener sus negocios y poner a sus amigos aquí y allá. Y eso les puede parecer bien o mal, pero no les puede parecer bien aquí y mal en Moscú. Algunos han creado un nombre muy feo para referirse al sistema ruso: oligarquía, el mando político indirecto del dinero. Eso a Sánchez le preocupa mucho, y lo advierte en los Estados Unidos: recuérdese, si no, su cruzada contra los peligrosos tecno-oligarcas. Sin embargo, ahora sabemos que Sánchez no odiaba a estos empresarios, sino que los envidiaba. 

La película explica cómo la cercanía al poder es lo que determina la posición social en Rusia: frente al poder del dinero, que es típico en democracias avanzadas, la posición se gana allí por el privilegio de tener línea directa con el Zar. El mensaje que trata de enviar Sánchez es parecido: que el empresario exitoso, para serlo en España, debe pagar un tributo de obediencia. Nuestro hombre ha llegado a la tolerancia por la vía de la injerencia y mediante esta lógica acorrala a los que no quieren comprender y ejecutar sus operaciones políticas y bandazos estratégicos. Y eso es lo que hace de Sánchez un gran político, todo un político, un aprendiz de mago, según los estándares que manejan en Moscú.

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