The Objective
Cristina Casabón

Sánchez se refugia en León XIV

«Quienes lo fían todo al relato contra la corrupción no se dan cuenta que los socialistas trabajan para ganarse los corazones de sus votantes»

Opinión

En los tiempos que corren, es más fructífero el fichaje de un Papa que el de un Iván Redondo. Es algo así como refugiarse en lo sagrado cuando todo lo que tocas está podrido. Con ocasión de la conferencia que pronunció en la rueda de prensa, tras la visita del pontífice, el Sr. Sánchez ya quiso reducir la función del catolicismo, como la de su liderazgo, a un vago mensaje de filantropía en el que ambos, Papa y presidente, se entienden y se encuentran. No a la guerra, sí a la FAO, frases que equivalían a una santa beata del Tercer Mundo, resumida en la Madre Teresa de Calcuta.

Sánchez nos ha dado también una lección de política internacional desde El Vaticano como Dios manda, menos atención merecía el hecho de que algunos compañeros de su familia política hayan encontrado acomodo para sus caudales en Costa Rica y otras madrigueras del dinero, bajo su aclamado sistema internacional basado en normas. Poco importa que ese sistema hoy protege el anonimato de sus corruptos; tampoco hemos visto grandes preguntas humanas, del tipo «¿De dónde venimos y a dónde vamos?», nada de cuestiones de ética relacionadas con el hurto, con la mentira y el engaño del estilo: «¿Es ético robar y corromper las instituciones de un país?».

Pretende haber conseguido la complicidad del Papa, pero hemos de esperar a la visita para conocer cuánto hay de cierto en ello. No ocultamos que se trata de una operación antes política que religiosa, pero tampoco callaremos que la religión católica, valorada políticamente, es una fuerza histórica en la sociedad. El problema es que Sánchez no es el mejor embajador de León XIV en Europa, ya que, por mucho que se empeñen en disfrazarle de otra cosa, y me remito a las entrevistas del señor Iván Redondo, Sánchez es mala persona. Unamuno escribe en su diario íntimo, que no basta con hacer obras buenas de cara al exterior por simple reputación o vanidad. Afirma que «lo que hay que ser es bueno […]. Hay que ser bueno». 

Y fue Donoso Cortés quien dijo que «dos cosas son de todo punto imposibles en una sociedad verdaderamente católica: el despotismo y las revoluciones». Queremos decir, en una palabra, que la Santa Iglesia no puede salvarle, ni disfrazarle de hombre bueno. Y llama la atención que persistan en dedicarse a la filantropía de las buenas causas para tapar su corrupción y otras cosas peores que vamos sabiendo, incurriendo además en la mentira. Creen que reduciendo la encíclica del Papa a un mensaje de filantropía contra la inteligencia artificial y la guerra conseguirán erigirse ante el auditorio fúnebre de un español numeroso que está cansado de tanta bajeza moral. 

Lo que busca el Sr. Sánchez no es tanto la fotografía con el Papa como el certificado de respetabilidad moral que la acompaña. Quiere avalar sus regularizaciones masivas de inmigrantes en Canarias, minimizar el ruido de los escándalos que cercan a su partido y reforzar su papel de pacificador planetario. Ya lo ha hecho esta semana en una rueda de prensa, mientras los registros judiciales llamaban a la puerta de Ferraz y nos aseguraba que solo era un requerimiento. 

«No ocultamos que se trata de una operación antes política que religiosa, pero tampoco callaremos que la religión católica, valorada políticamente, es una fuerza histórica en la sociedad»

Los Papas, como los mitos, como los príncipes, disponen de su santidad y de su comunicación con un poder invisible y hasta una gracia de párroco poblano con sanfermines y todo. El catolicismo, aparte de interpretaciones religiosas, es hoy una maquinaria de extendida virtud que ofrece diálogo y sensatez a nuestra vieja Europa. Las actuales guerras de Oriente Medio y la llegada del inmigrante como una cultura exquisita equivalen lógicamente a un discurso centrado en estos asuntos, donde Pedro Sánchez puede lucirse como el adalid de paz, otro de los papeles que viene interpretando pese a tener escasa relevancia internacional. Pues bien, lo que quiere ganar el señor Sánchez con esta visita del Sumo Pontífice es ese poder para ganar las elecciones generales y salvar su reputación. 

Porque no creo yo que la operación sea meramente astuta, sino que tiene algo de salvavidas. Como ha adelantado algún columnista, si Sánchez es imputado estando en Moncloa, hay que pedir un suplicatorio y, si el Congreso lo tumba, se archivará la causa contra Sánchez. Ahí está la salvación política, pero no la moral. Si a esto le añadimos la bendición del Papa León XIV, además de librarse de la justicia española, quedará recordado como el mandatario de la paz mundial, el adalid de la justicia social y divina. Quienes lo fían todo al relato contra la corrupción no se dan cuenta de que los socialistas trabajan para ganarse los corazones de sus votantes, pegando un salto de los cristos rezadores a los intelectuales y filósofos de tertulia. El Vaticano, que sabe corregir a tiempo, esperemos que sepa a lo que viene. 

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