La mutación de Bambi Zapatero: la degradación moral del padrino del sanchismo
«La bancada socialista se ha quedado huérfana de quien significaba el faro que iluminaba la democracia y la libertad»

Imagen generada con IA.
Las investigaciones de la UCO de la Guardia Civil y de la UDEF de la Policía sobre José Luis Rodríguez Zapatero (ZP) han dejado al descubierto la «degradación moral» del icono del PSOE y de la izquierda española, según las palabras de un antiguo colaborador del expresidente. Los sumarios instruidos en la Audiencia Nacional han desvelado el verdadero rostro oculto de ZP, considerado el padrino político de Pedro Sánchez y hasta ahora aclamado por la progresía como el líder de la socialdemocracia que salvó a España de la horda corrupta derechista.
La imagen incorrupta del Rodríguez Bambi Zapatero, que se presentaba ante la opinión pública como el látigo de la indecencia y de la corrupción para regenerar el país y se aferraba a un discurso demagógico y populista, se ha desmoronado 20 años después. No hay que olvidar que con Zapatero nació el cordón sanitario contra el PP y los pactos con Bildu y ERC. Además, el Ministerio del Interior con Alfredo Pérez Rubalcaba a la cabeza y una cacería en Jaén patrocinaron la operación Gürtel que sirvió de semilla para echar a Mariano Rajoy de la Moncloa. Aquel maxiproceso supuso la masa madre para la apertura de 22 piezas separadas, que afectaban a seis comunidades autónomas, pero ninguna de ellas era comparable con el entramado de corrupción que rodea al sanchismo. Ni la mujer ni el hermano de Rajoy se vieron implicados en casos penales, ni su antecesor Aznar fue imputado ni los secretarios generales del PP se sentaron en el banquillo.
Pero el ZP, pintado como un cervatillo de cola blanca y protector de las maldades de un bosque idílico, que nos presentaba el desaparecido Raúl del Pozo en su libro A Bambi no le gustan los miércoles —según el articulista, por su «inocencia y fragilidad»— pasará a la historia como un depredador de comisiones millonarias y alta joyería, según las investigaciones judiciales. Zapatero tampoco ha resultado ser un «bambi de acero» como lo retrató el histórico socialista Alfonso Guerra. La izquierda lo presentaba como una figura de referencia, pero desconocían que sus pies eran de barro.
Esta semana nos hemos enterado por qué a Zapatero «no le gustan los miércoles». A nadie le atrae un paseíllo rodeado de cámaras para surcar un miércoles —17 de junio— la puerta grande de la Audiencia Nacional y sentarse en el banquillo ante un juez central en calidad de pentaimputado. Los delitos por los que le acusan son graves y con muchos años de cárcel: tráfico de influencias, blanqueo de capitales y falsedad documental por el caso Plus Ultra y contra la Hacienda Pública y contrabando por las joyas encontradas en una caja fuerte, valoradas en más de 1,3 millones de euros. Begoña Gómez, la hija de Sabiniano, jamás podía imaginarse que el gurú de su marido iba a superarle en el número de inculpaciones. Pero ella no podrá salir de España. Zapatero, sí.
Aún pendientes del proceso judicial y del resultado final de una larga investigación en la Audiencia Nacional, no existe terapeuta capaz de sanar el trauma provocado entre la militancia socialista y la parroquia de la extrema izquierda. Nadie imaginaba la vida oculta de quien para ellos era un alma caritativa, un mensajero de la paz y el líder inmaculado de la progresía del siglo XXI. La bancada socialista se ha quedado huérfana de quien para ella significaba el faro que iluminaba la democracia y la libertad. También, el revulsivo que frenó el descalabro de Sánchez en las elecciones de julio de 2023 y que le propició otra prórroga al Gobierno Frankenstein.
La imagen de un Bambi, supuestamente corrupto y enriquecido —hay que preservar el comodín de la presunción de inocencia, que el PSOE siempre reclama para sus dirigentes engrillados, pero no para Camps, Zaplana o Rita Barberá— ha provocado una conmoción emocional en toda una generación de socialistas. Además, solo con cruzar la calle donde se encontraba la oficina con la caja fuerte con las joyas —en este caso no de la Corona sino del puño y la rosa—, los militantes críticos del PSOE pueden sentir un hedor a cieno por la podredumbre de las cloacas del cuartel general del partido fundado por Pablo Iglesias. A los «cien años de honradez» del eslogan de las elecciones de 1982, que ganó Felipe González, ahora habría que restarle unos cuantos desde que el sanchismo ocupara la Moncloa en 2018. Hasta el CIS de Tezanos admite una caída de cinco puntos de los socialistas en sus encuestas, siempre muy generosas a favor del sanchismo.
Zapatero ha roto el mito del jarrón chino en el que se convierten los presidentes cuando abandonan el poder. Bambi lo ha hecho añicos. Ahora a sus defensores ya no les sirven como hojarasca los improperios de lawfare, fachosfera, derechona, fascistas, dóberman, cayetanos, franquistas… Las joyas —su procedencia, valor real y si se debieron a regalos o a pagos en especie—, las sombrías relaciones de Zapatero con el régimen dictatorial chavista de Maduro, el rescate de Plus Ultra y la trama de sociedades offshore del supuesto testaferro de ZP, Julio Julito Martínez, ya de antemano son una condena social que supera cualquier futura sentencia judicial.
El expresidente, tras su declaración, publicó una nota de prensa que, por su tibieza, daba a entender que era más creíble la versión del magistrado. ZP mantenía: «Se me acusa de muy graves delitos que no he cometido. Siempre me conduje con decencia y con honradez, y ahora tengo por delante la tarea de demostrarlo. Lo haré con absoluta transparencia y con plena confianza». Un mensaje vacío para salir al paso en su compromiso con los medios de comunicación. ¿Desde cuándo un imputado que se enfrenta a un proceso judicial en el que se juega muchos años de cárcel actúa con transparencia y confianza? Zapatero utilizaba, como cuando era presidente, un discurso envuelto en un lenguaje insubstancial y vacuo.
La desmoralización del Gobierno socialcomunista ya no responde a las cataplasmas de la desinformación y de los bulos sanchistas. Los enfermos tienen muy mala cara. Eso sí, tres hurras por la ministra-portavoz Elma Saiz, que, tras el último Consejo de Ministros, en un alarde de cinismo, ensalzó la transparencia de su Gobierno. Todo un oxímoron cada vez que Ferraz se ofrece a colaborar con la Justicia.
El fantasma del Código del Buen Gobierno
Esa estrategia sibilina de extender la mano y abrir las ventanas de la transparencia ya no les funciona. No engaña a nadie. La audiencia sabe que se trata de una pose maquiavélica. Y mucho menos a un Zapatero que ha quedado retratado por una de sus primeras medidas aprobadas por él al poco tiempo de llegar a la Moncloa. En el Consejo de Ministros de 18 de febrero de 2005 se sacó de la manga por arte de prestidigitación el denominado «Código del Buen Gobierno de los miembros del Gobierno y de los altos cargos de la Administración General del Estado». Un título tan pomposo como falso. El todavía novato presidente sumaba otro bluf a la lista de objetivos de su legislatura: Igualdad, Dependencia, Estatuto catalán, Memoria Histórica y negociación con ETA, entre otras ambiciones que pronto definieron el zapaterismo.
En medio de ese sarampión progresista, Zapatero insistió en que los Gobiernos no solo estaban obligados a cumplir las normas legales, sino que además debían «inspirarse y guiarse» por «principios éticos y de conducta». El presidente, sin que la opinión pública lo reclamase en manifestaciones callejeras, imponía a sus ministros y funcionarios una lista de principios: «Objetividad, integridad, neutralidad, credibilidad, imparcialidad, confidencialidad, transparencia, ejemplaridad, austeridad y honradez», entre otros muchos. Habría que pasar por el escáner y el detector de mentiras a la cúpula socialista bajo el riesgo de provocar un cortocircuito y un apagón.
El texto de aquel Código al estilo Bambi de poco ha servido en las conductas de Zapatero, de su protegido Sánchez, de sus familiares y de su ejército de imputados: «La adopción de decisiones perseguirá siempre el interés común, al margen de cualquier otro factor que exprese posiciones personales, familiares, corporativas, clientelares […]. Se entiende que existe conflicto de intereses cuando los altos cargos intervienen en las decisiones relacionadas con asuntos en los que confluyan a la vez intereses de su puesto público e intereses privados propios, de familiares directos». La antítesis de lo que está sucediendo desde hace dos legislaturas.
Sobre las joyas del expresidente y su procedencia, aquel decálogo bíblico promovido por el secretario general del PSOE y presidente del Gobierno advertía a los suyos de cualquier tentación: «No aceptarán trato de favor o situación que implique privilegio o ventaja injustificada», «administrarán los recursos públicos con austeridad» y «se rechazará cualquier regalo, favor o servicios en condiciones ventajosas». Los regalos también incluían los diamantes de más de cinco quilates y las piedras preciosas como los rubíes o esmeraldas.
Además, el Código de Zapatero establecía que «anualmente el Consejo de Ministros conocerá un informe elevado por el Ministerio de Administraciones Públicas sobre los incumplimientos de los principios éticos y de conducta para adoptar medidas oportunas». Ahora Sánchez afirma ante los periodistas que en 2007 no existía un marco legal que impidiera a su padrino recibir joyas como regalo. Ese no es el problema. Lo es no aflorarlas ante el fisco o introducirlas en España, si se las entregaron en el extranjero, sin declararlas en la aduana. Todo lo demás son fuegos artificiales.
Pero las recomendaciones de Plutarco sobre la mujer del César de poco le sirvieron a Zapatero y a su protegido Sánchez. Ahora, algunos socialistas ya comienzan a decir que, si el expresidente se exponía públicamente a apoyar a quien repartía los cafés en Ferraz cuando él era secretario general del PSOE, se debía a un interés personal. Sánchez, como el símbolo esotérico del «ojo que todo lo ve», consentía la plena impunidad de ZP mientras este le proporcionara votos y prestigio para convencer a los catalanes, a Puigdemont y a otros partidos de la coalición Frankenstein.
Un bluf llamado ZP
Dos décadas después se ha destapado la gran mentira que ha rodeado a uno de los chamanes del sanchismo. A poco de abandonar La Moncloa, Zapatero convirtió su vida en un trampantojo. Todo lo que le rodeaba era mampostería de escayola sin raíces profundas: sus esfuerzos humanitarios en Venezuela iban ligados a una caja registradora o con joyas; su Alianza de Civilizaciones y sus visitas a países árabes acababan también adornados con más diamantes, rubíes, zafiros y esmeraldas; el final de ETA, que realmente fue derrotada por la lucha antiterrorista, favorecía a Bildu; el Estatuto de Cataluña que cerró con Artur Mas fue tumbado por el Tribunal Constitucional en 14 de sus artículos, los relacionados con un Poder Judicial propio para Cataluña, que le permitía nombrar jueces y tribunales, el catalán como lengua preferente y la creación de una Agencia Tributaria catalana. Así mismo, descafeinó el término «nación» oponiéndose a su valor jurídico. Esos fueron algunos de los logros de ZP que hoy día siguen ensalzando los sanchistas.
Los defensores de Zapatero continúan defendiendo sus logros sociales y democráticos mientras fue presidente, pero todo aquello ha quedado en una gran farsa. Las conquistas feministas y del movimiento LGTBI, la ley del aborto, la memoria histórica, la Alianza de Civilizaciones, la ayuda a los pobres, el Plan E, el estatuto de Cataluña… Todo aquello ha quedado encapsulado en un limbo agridulce. Algunas de esas conquistas fueron un éxito, pero el resto fue obra de la maquinaria de la propaganda y el marketing monclovita. Mensajes vacíos y populistas, algo de lo que también aprendió Pedro Sánchez. Poco a poco, nos vamos enterando de que el Alí Babá de Las mil y una noches no disfrutaba de una sola cueva, sino de dos: una en Ferraz y otra en la Moncloa. Los ladrones tampoco eran cuarenta: sumaban más decenas. Y, tras la asonada legislativa de esta semana —aunque sin restos de disparos en la cúpula del hemiciclo— de la presidenta del Congreso, Francina Armengol, el edificio decimonónico de la Carrera de San Jerónimo lleva camino de convertirse en otro cubil de ábrete sésamo.
El presidente socialista tenía cuajo para sortear las leyes de la cinésica. Con gestos como esa uve invertida con el dedo índice, imitando la silueta de sus cejas, que se convirtió en reclamo electoral para la progresía cultural, lograba desviar otras miserias ocultas. Zapatero demostró ser un maestro de la propaganda y del proselitismo. Con esas armas logró superar la campaña electoral de 2008 ocultando la crisis económica que se nos echaba encima. Sus ministros tenían prohibido hablar de crac económico que, poco a poco, nos estrangulaba. Así me lo confirmó el titular de la cartera de Economía, mi paisano Pedro Solbes, a la salida del programa Los Desayunos de TVE, donde había defendido todo lo contrario. Esa era la consigna del presidente: poner buena cara y negar lo ya evidente.
La mutación de Bambi
El Bambi mutó en el mayor vendedor de mantas de la historia de España. En mis años infantiles, a esos comerciantes ambulantes los llamaban en los pueblos del sur de Alicante «los sacamuelas». Se paseaban por las villas ofreciendo todo tipo de artículos de escaso valor, sobre todo mantas. Recuerdo al tío Ramonet, un parlanchín que, gracias a su ingenio y facilidad de palabra, embaucaba y lograba colocarles a los vecinos unas bagatelas a un precio superior. Eran verdaderos prestidigitadores del comercio ambulante que viajaban con una camioneta. Ahora, otros viven en palacios y se mueven en Falcon y Puma.
El diccionario define impostura como «la falta a la verdad que se comete cuando se hace creer a una persona algo que en realidad es mentira para obtener un beneficio». Si echamos un vistazo a las promesas, compromisos y juramentos del presidente de los Gobiernos progresistas de Zapatero nos encontramos con otro saco repleto de bagatelas en forma de promesas políticas. Muchas resultan indecentes e impúdicas. Pronto dedicaré uno de mis artículos a la Memoria Histórica.
Para terminar, recordaré algunas de las imposturas de ZP. Y estas no son presuntas: «Me comprometo a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero de acuerdo con el Protocolo de Kioto». Lo prometía, pero España siguió superando el 35% del compromiso adquirido en la ciudad nipona en la emisión a la atmósfera de CO2. Esa falta del deber nos costaba a los españoles todos los años más de 600 millones de euros.
Zapatero, que mostró su faz antibelicista y que utilizó el 11-M y la participación de España en la guerra de Irak para ganar las elecciones de 2004, envió después las mismas tropas españolas a Afganistán. Lo hacía con el cuento de que aquello era una misión de paz y que nunca nuestros militares participarían en enfrentamientos armados. El tiempo nos demostró que la promesa era una quimera: nuestros soldados estaban en tierras afganas para entrar en el combate, como pude demostrar con las imágenes publicadas en la revista INTERVIÚ. Las tropas españolas, conforme transcurría el tiempo, también aumentaron en el número de efectivos. Además, Al Qaeda nos presentó como los enemigos del islam y nos señaló como objetivo del terrorismo fundamentalista. En definitiva, el panorama bélico de Zapatero era muy parecido al de José María Aznar, que tanto abominaba cuando estaba en la oposición.
La propaganda de la Moncloa también convirtió las políticas de Zapatero en el paladín de las causas sociales, pero los ciudadanos pronto probaron que era otra promesa rota: congelación de pensiones, reducción de salario a funcionarios, reformas laborales que perjudicaban a las clases más bajas, eliminación de los fantasmagóricos 400 euros y la ayuda a los nacidos, ley de dependencia sin fondos, aumento de impuestos como el IVA y las retenciones de IRPF, supresión de la desgravación por la compra de vivienda… Una serie de medidas, siempre con un aumento de impuestos, algo que siempre suelen aplicar los Gobiernos socialistas cuando se asientan en el poder, como ha practicado el sanchismo.
«No tenemos la intención de subir los impuestos y, en todo caso, si hay alguna medida coyuntural, será muy moderada». Decía ZP en Radio Nacional de España a mediados de 2009. Otra patraña del padrino del sanchismo. Se comprometió a no «abaratar los despidos» con la proclama de que «abaratar el despido supone adelgazar el estado del bienestar», pero tampoco lo cumplió. La gran mentira fue el retardo en reconocer el comienzo de la crisis económica del 2008. Sus palabras eran un brindis al insulto: «Nuestro país está mejor preparado que nadie para frenar la desaceleración» o «lo peor de la crisis ha pasado ya». O «prometo crear dos millones de nuevos empleos» o «España está preparada para llegar al pleno empleo». Algo que nunca cumplió.
Madrid, la cenicienta del zapaterismo y del sanchismo
El trato de Zapatero a las comunidades autónomas, excepto a la catalana, muchas de ellas gobernadas por partidos de la oposición, discurrió igual que con la llegada de Sánchez. En Madrid, durante el mandato de ZP, las inversiones estatales descendieron un tercio cuando, paralelamente, crecían en Cataluña un 68% y en Andalucía, donde gobernaban los señores de los ERE, un 61%. Su gobierno destinaba a los madrileños 187 euros menos que a la media nacional por habitante. Lo mismo hizo con la Ley de Dependencia, a la que solo aportó el 20% del gasto cuando estaba obligado a financiar la mitad.
Ayuso ya sabe de dónde proceden los genes de ese odio irrefrenable hacia ella y hacia Madrid del sanchismo: es una herencia del zapaterismo. La consecuencia de la frustración por la derrota en las urnas, elección tras elección. Un dirigente del PP madrileño me comenta: «Tampoco lo impedirán ni con el chute de nietos de inmigrantes que piensan censar en la capital». Zapatero, como sucede con Sánchez, también redujo las dotaciones en Madrid para uno de sus planes estrellas: Vivienda y Rehabilitación. Y contribuyó de manera raquítica en el Fondo de Cohesión Sanitaria, con tan sólo el 30% de los 900 millones que les costaba a los madrileños la asistencia médica para los desplazados de otras regiones. Toda una felonía.
Con todos estos antecedentes penales, políticos y morales, Zapatero ha dejado de ser el espejo donde se miraba la militancia socialista a falta de otro referente, tras la criminalización de Felipe González por los hooligans sanchistas. Los mismos —feministas, sindicalistas, radicales, progresistas o izquierdistas— que se tapan la nariz cuando introducen el voto en las urnas ante tanta corrupción o alcantarillas. Como destacaba una compañera articulista, con el «caso Zapatero» la izquierda pierde la soberbia de la «superioridad moral innata». El monopolio de la decencia que transforma sus escándalos en anécdotas, mientras al contrincante lo achicharra por cualquier desliz.
La ministra de Ciencia, Innovación y Universidades, la valenciana Diana Morant —¿creen ustedes que estos servicios justifican un ministerio cuando las universidades públicas dependen de las autonomías?— atribuye el proceso judicial contra Zapatero a un complot desplegado desde Washington. Torpemente lo relaciona con los datos del teléfono que incautaron al propietario de Plus Ultra en Miami cuando, en realidad, la investigación arrancó en la Audiencia Nacional por petición de las autoridades judiciales de Suiza y Francia por un asunto de blanqueo de dinero de la aerolínea venezolana. El Bambi sacado de unos dibujos animados de Disney o de una novela pastoril se ha transformado en un personaje de novela negra escrita por Hammett o Chandler.
