Iván Redondo y su 'plurinacionalismo'
«La plurinacionalidad es una muy mala solución para un problema inexistente. Y repite el error fundacional de la democracia surgida de la Transición»

Ilustración de Alejandra Svriz
«Cuando el pasado no ilumina al futuro, el espíritu camina entre tinieblas».
Alexis de Tocqueville
Iván Redondo —uno de los estrategas más influyentes de la política española reciente— ha vuelto a colocar sobre la mesa, con la pulcritud habitual del consultor que mide el tempo, una vieja receta envuelta en papel de regalo. En su entrevista en El Español del pasado 8 de mayo y en la presentación de su libro El manual, ha confesado haber preparado para Pedro Sánchez un informe orientado a «constituir» una España plurinacional en 2028, justo en el 50.º aniversario de la Constitución. Su diagnóstico: «El Estado de las Autonomías se está muriendo». Su tesis: «Cada generación tiene derecho a constituir su propio país». Su propuesta: una «nación de naciones» donde Cataluña, Euskadi y Galicia serían naciones —y Andalucía, sin venir a cuento, «la nación del sur»—.
No conviene despachar el envite con desprecio. Redondo es uno de los pocos operadores que han leído con finura la cocina sentimental del votante medio español. Sea por convicción, por ideología o por el cálculo perfectamente legítimo de quien prepara el terreno a un cliente futuro —y todo apunta a que ese cliente preferido sigue llamándose Pedro Sánchez—, el movimiento merece análisis. Pero el análisis honesto obliga a decirlo sin rodeos: la plurinacionalidad es una muy mala solución para un problema inexistente. Y, lo que es más grave, repite el error fundacional de la democracia surgida de la Transición.
Volvamos un instante a aquel momento constituyente de finales de los setenta. Los padres de la Constitución llegaron a la mesa con un equipaje que conviene nombrar: un cierto complejo de inferioridad frente al complejo de superioridad moral que los nacionalismos periféricos venían cultivando desde finales del XIX y principios del XX. Aquel romanticismo excluyente y narcisista —el fet diferencial catalán, el sabinismo vasco, la épica del «oasis»— se presentaba a sí mismo como más europeo, más moderno, más cívico, más democrático que una España genéricamente sospechosa y endémicamente atrasada.
Y muchos de los redactores del 78, hijos de su tiempo, lo aceptaron como premisa o, quizás, como peligrosa generosidad. Hicieron entonces dos cosas a la vez. Primero, sobrerrepresentaron al nacionalismo a escala nacional, otorgándole una influencia institucional desproporcionada respecto a su peso real, vía sistema electoral y dinámica de pactos. Segundo, y más decisivo, cedieron en bloque la representatividad simbólica de Cataluña y el País Vasco a las formaciones nacionalistas, como si los diputados socialistas, populares o suaristas elegidos en aquellas comunidades no representaran también a sus ciudadanos.
En el Congreso de aquellos años se hablaba sin pudor del «grupo catalán» y del «grupo vasco» como si fueran realidades monolíticas, fundidas en una sola voluntad nacional. La aritmética parlamentaria desmentía la fábula, pero la fábula se impuso. Esto no es reproche: es inventario, condición previa para no volver a tropezar en la misma piedra.
«Avergonzarse de lo español como sinónimo de franquismo alumbró la falacia del uniformismo político-cultural de Cataluña y el País Vasco»
Aquel complejo —avergonzarse de lo español como si fuera un seudosinónimo de franquismo— alumbró la falacia del uniformismo político-cultural de Cataluña y el País Vasco. Y desde ahí, decenios. El sistema operó bajo una lógica centrífuga que profundizaba ese mismo error: España plural, periferias homogéneas. Lo que parecía generosidad democrática era, en realidad, dejación disfrazada de virtud. La descomposición no fue accidente: fue dinámica inscrita en el diseño, porque la nación española carecía de defensores sin complejos —y a los pocos que aparecían se les catalogaba rápidamente como nostálgicos, fachas o, en su versión más fina, como gente «que no entiende la realidad plural»—.
Aquí entra Redondo, una generación después, proponiendo más de lo mismo bajo un nombre nuevo. Por convicción o por estrategia, comete el mismo error que el 78, porque la plurinacionalidad responde a un problema que sigue sin existir. Para una mayoría amplia de catalanes —no para la que ocupa platós y subvenciones culturales, sino para la Cataluña invisibilizada que se manifestó masivamente el 8 y el 29 de octubre de 2017, tras el golpe de Estado— Cataluña ni es una nación, ni se lo plantea. Convive con su lengua, con sus instituciones, con sus particularidades, sin necesidad de envolverlo todo en la liturgia identitaria.
Las nuevas generaciones, además, son cada vez menos nacionalistas: las encuestas autonómicas lo confirman con monotonía, y sus preocupaciones reales —vivienda, salarios, educación, oportunidades, salud mental— transcurren por canales completamente ajenos al imaginario que tanto seduce a los estrategas que miran España desde la M-30 o desde el espejo deformante de cierta prensa subvencionada de Barcelona. Hace años discutía precisamente esto con la directora de un medio nacionalista catalán: cualquier reforma política sensata debe contar también con la pluralidad y la diversidad reales de Cataluña, no con el monopolio identitario que el nacionalismo vendió durante décadas. No quedó convencida, claro. Pero el dato testarudo sigue ahí, en cada elección, en cada generación, en cada encuesta.
Queda, por último, la guinda generacional. Lo de que «cada generación tiene derecho a constituir su propio país» habrá que comentárselo a los estadounidenses, que llevan 238 años con la misma Constitución sin grandes crisis existenciales de identidad; a los franceses, que asentaron la suya en 1958 y sigue ahí; a los alemanes, con 76 años de Ley Fundamental; a los italianos, con 78.
«El problema no es la Constitución del 78, sino los errores estratégicos cometidos en su aplicación»
La estabilidad constitucional no es vejez: es infraestructura de sentido. Cambiar el marco cada 20 años no es democracia más profunda; es la versión adulta del berrinche generacional disfrazado de épica civil, es adanismo político. Y hay un matiz que conviene subrayar: el problema no es la Constitución del 78, sino los errores estratégicos cometidos en su aplicación. Cambiar el marco para esquivar el debate sobre esos errores —blanquearlos con un texto nuevo— no resuelve nada; perpetúa la dinámica.
Redondo conoce el oficio. Su jugada, además, tiene segundo nivel: convertir el eje «plurinacional vs. autoritaria» —que equivale a «democracia frente a ultraderecha»— en la gramática polarizadora de las próximas generales, encerrando a la oposición en la casilla del «no-plurinacional» y al país entero en un falso dilema. El problema no es la maniobra; es el contenido. Repetir los errores del 78 con peor música no es audacia: es dejación dictada por el cálculo electoral. Y esta vez ya no hay complejo de inferioridad que valga como atenuante: lo hay, simplemente, como diagnóstico.