Zapatero, más allá
«El problema del sanchismo es que hace tiempo decidió ir más allá de todo límite institucional, pero quizás el ‘caso Plus Ultra’ se convierta en su epitafio definitivo»

Ilustración generada mediante IA.
Más allá. Plus Ultra en latín. Nunca el nombre de una aerolínea había retratado tan bien una situación política. Zapatero ha ido más allá que cualquier otro expresidente del Gobierno al ser el primero en ser imputado por integración en organización criminal, tráfico de influencias y falsedad documental.
El caso Plus Ultra podría tener una vertiente internacional si se demuestra la conexión de Zapatero con la trama de blanqueo a través del programa de alimentos del chavismo, por el cual el testaferro de Maduro, Alex Saab, está siendo juzgado en Miami. La cercanía política y diplomática de Zapatero con el régimen venezolano lo convierte en una bomba de relojería para el sanchismo.
El problema para Sánchez no es solo el expresidente, sino la mochila que conlleva, porque Zapatero no es un jubilado de la política; es un operador activo que igual media con Venezuela, que aparece como interlocutor con Puigdemont, que prepara el viaje del presidente a Pekín o que participa en las campañas electorales recientes del PSOE, y que se convierte en un hombre de máxima confianza de Sánchez. De ahí que el presidente español no haya tardado ni minutos en cerrar filas con Zapatero. «Hay que defender su buen nombre», trasladó a la dirección socialista. El sanchismo reaccionó igual que en los escándalos anteriores, con apelaciones al lawfare, denuncias de persecución política y blindaje absoluto al dirigente investigado. Es probable que, siguiendo la tradición del género, pronto el presidente nos diga que apenas lo conocía.
La sensación de la ciudadanía es que las fronteras entre partido, gobierno y redes de influencia llevan tiempo difuminadas. El PSOE, lejos de asumir la magnitud institucional del terremoto, también ha respondido como siempre, poniendo el ventilador y tirando de victimismo y conspiraciones. Primero, a través del ruido, con varios dirigentes enmarcando la decisión judicial en una «estrategia de persecución contra el Gobierno». Segundo, con las etiquetas: el juez en cuestión de horas será calificado de facha, franquista o al servicio del PP. Tercero, a través del equipo de opinión sincronizada de Ferraz, con los apóstoles mediáticos en tromba proclamando la conspiración de la ultraderecha, la cacería judicial y el ataque a los servicios públicos y a las políticas sociales.
Tras el Consejo de Ministros, la portavoz del Ejecutivo no tardó en transmitir un mensaje de «confianza, prudencia y tranquilidad» y remató con una frase especialmente reveladora: «Tengo tanto afecto a Zapatero como inquina le tiene la derecha». El Gobierno interpreta cualquier investigación judicial como un conflicto entre bloques, sin importar que haya una imputación de por medio, e insinúa que el origen está en «una organización ultra» cuando la investigación nace de la Fiscalía Anticorrupción.
«En los últimos años, el sanchismo construyó un relato donde cualquier crítica es odio y cualquier investigación es lawfare»
Todo se reduce a una batalla narrativa. Pasó con Ábalos, con Santos Cerdán, con el fiscal general, con el hermanísimo o con Begoña Gómez. Y ahora vuelve a suceder, con la máquina del fango a plena potencia. Durante los últimos años, el sanchismo construyó un relato donde cualquier crítica es odio, cualquier investigación es lawfare y cualquier adversario es extrema derecha. El problema de convertir la política en una guerra moral permanente es que, cuando llegan las imputaciones, ya no queda credibilidad institucional a la que aferrarse. Y la pregunta que nadie en Ferraz quiere responder es si esto fuera una persecución judicial orquestada por la derecha, ¿por qué no se produjo antes de las elecciones andaluzas, cuando habría sido mucho más rentable?
El PSOE envuelve a Zapatero en un blindaje histórico. Fue un buen presidente, derrotó a ETA, impulsó grandes avances sociales e hizo una oposición limpia. Todo eso puede debatirse, pero nada elimina una imputación judicial. Además, se vislumbra cierta justicia poética, pues fue Zapatero quien abrió muchas de las dinámicas de polarización, al impulsar la fragmentación que acabó alimentando al independentismo o convertir la confrontación en método de gobierno. Sánchez perfeccionó después ese modelo. Ahora podría ser Zapatero el misil que haga estallar el proyecto político que ayudó a construir.
El olor de este Gobierno lleva tiempo impregnando cada estancia del edificio. Nadie dimite ni da un paso atrás. La lealtad orgánica ya no se mide por el respeto a las instituciones, sino por la capacidad de poner las manos en el fuego por los imputados. Sin embargo, el blindaje a dirigentes investigados puede acabar convirtiendo a Ferraz en una auténtica pira política.
El problema del sanchismo es que hace tiempo decidió ir más allá de todo límite institucional, pero quizás el caso Plus Ultra se convierta en el epitafio definitivo de toda una etapa.