La izquierda no tiene quién le llore
«Cuando el votante haga las cuentas, recordará que celebraban al conservador de Budapest por la mañana y al comunista de Pekín por la tarde»

Ilustración generada mediante IA.
«Quieren la igualdad en la libertad, y si no pueden obtenerla, la quieren todavía en la esclavitud», escribió De Tocqueville en La democracia en América. La advertencia parece redactada esta misma semana. Mientras los húngaros echaban a Viktor Orbán al grito de «rusos fuera», Pedro Sánchez aterrizaba en Pekín para dejarse fotografiar junto a Xi Jinping y aceptar, sin pestañear, la fórmula con que el régimen le bautizaba —junto a España— en «el lado correcto de la historia». Sobre el mar de China, sobre Taiwán, sobre las celdas donde se pudre un uigur, ni una palabra. Asintió. Agradeció. Volvió.
Volvamos a Budapest, porque la coincidencia temporal es demasiado significativa para dejarla pasar. Los húngaros desalojaron a Orbán después de 16 años de poder votando a un partido conservador, Tisza, integrado en el Partido Popular Europeo, dirigido por un hombre —Péter Magyar— que defiende la familia tradicional, el control de fronteras y rechaza la ideología de género. La izquierda húngara, esa que aspiraba a representar el cambio, no obtuvo un solo escaño. Desapareció. Y, sin embargo, la izquierda española —Sánchez, Yolanda Díaz, los restos de Sumar— celebró el resultado como propio. Es decir: aplaudió en Budapest a alguien a quien en Madrid llamaría facha sin pestañear.
Esa contradicción no es anécdota. Es diagnóstico. La nueva línea divisoria del mundo no separa ya derecha de izquierda; separa democracia de autocracia. Y la izquierda española, agotada la ola woke y vaciada la mochila identitaria, ya no sabe situarse en el primer bando. Lo único que le queda, cuando se rasca la pintura, es la vieja querencia por el poder concentrado, por el «lado correcto» que dictan los manuales y los mariscales. De ahí Cuba. De ahí Venezuela. De ahí, hasta hace dos días, Putin —para algunos, todavía—. Y de ahí, ahora, una China que reprime, vigila, amenaza a Vietnam y a Filipinas y reclama, con la cara muy lavada, «un mundo basado en reglas».
Sánchez fue a Pekín a firmar diecinueve acuerdos. Volvió con dos: el déficit comercial intacto y un titular regalado a Xi. Sobre los uigures, ni una palabra. Sobre Taiwán, ni una palabra. Sobre la amenaza creciente al Indo-Pacífico —que afecta directamente a la seguridad europea—, ni una palabra. A cambio, la fotografía y la promesa de que China «medie» en Oriente Próximo, como si el mismo régimen que apuntala a la teocracia iraní pudiera contenerla. Es una diplomacia de subordinado, vendida como autonomía estratégica.
Habrá quien apunte —legítimamente— a Donald Trump y a su deriva personalista. Hay que apuntar. Pero conviene no confundir el síntoma con la enfermedad: Estados Unidos, antes, durante y después de Trump, sigue siendo una democracia con jueces que paran decretos, con un Congreso que vota en contra del presidente, con prensa que muerde, con elecciones que se pierden. China no tiene un juez Peinado. China no tiene un Watergate. Equiparar las dos realidades para justificar la equidistancia con Pekín es, sencillamente, no haber entendido qué es una dictadura.
«En ninguna campaña, en ningún programa, en ningún debate, Sánchez dijo a los españoles que iba a abrazar al heredero de Mao»
El problema de fondo —el que puede pagar el PSOE cuando vuelva al colegio electoral— es que, en ninguna campaña, en ningún programa, en ningún debate, Sánchez dijo a los españoles que iba a abrazar al heredero de Mao. No estaba en el contrato. Como tampoco estaba la amnistía, ni la condonación catalana, ni un referéndum encubierto. La política exterior se ha convertido, en sus manos, en otro frente para arañar tiempo en Moncloa. Y los aliados, mientras tanto, toman nota. Bruselas, Berlín, Varsovia, Washington: todos miran y todos apuntan.
La lección de Hungría —y aquí está la moraleja que conviene tatuar— es que los pueblos saben distinguir. Un país que sufrió a los soviéticos no necesita seminarios para reconocer cuándo su gobernante se ha vendido a Moscú. Lo huele. Y lo castiga. Por eso echaron a Orbán: no porque fuese conservador, sino porque era prorruso. Esa misma capacidad olfativa —no la subestime nadie— existe en el votante español. La gente sabe perfectamente qué es estar «en el lado correcto de la historia», y no es estar al lado del que encarcela a abogados, censura a periodistas e interna —según la ONU— a un millón de uigures en campos de reeducación.
Por eso la izquierda no tiene quién le llore. Porque ha renunciado al único capital moral que supuestamente la justificaba en el siglo XX: el antitotalitarismo. Lo cambió primero por la teología identitaria; ahora —agotada esa moneda— por la genuflexión geopolítica. Cuando el votante haga las cuentas, recordará que celebraban al conservador de Budapest por la mañana y al comunista de Pekín por la tarde. Y entenderá que el «lado correcto» nunca estuvo donde decían.