Diez razones por las que Sánchez puede ganar de nuevo las elecciones
«Al dejar que creamos que ya está amortizado, Sánchez conseguirá que la campaña gire en torno al PP y Vox, y que los males de su Gobierno queden en segundo plano»

Ilustración generada mediante IA.
Tal vez haya escuchado usted la historia de aquel hombre que, hace años, se precipitó desde la azotea del Edificio España. Afirman los testigos que, durante su caída, se le oyó decir en voz alta: «De momento, todo va bien. De momento, todo va bien. De momento, todo va bien».
Muchos españoles vivimos estos años como un nefasto alargamiento de esa escena. Llevamos tres décadas en que nuestros sueldos reales apenas aumentan, pero los que mandan aseguran que todo va bien. Desde 2022 nuestro Gobierno ni siquiera aprueba sus presupuestos, así que se concentra en colonizar las instituciones; pero estas nos repiten que todo va bien. La vivienda alcanza precios inasequibles, las calles se vuelven inseguras, la clase media se pregunta quién les robó sus sueños; pero la izquierda recalca que al menos no gobierna el fascismo, así que todo va bien.
Algunos, sin embargo, no tragan con ese tonto optimismo. Y prefieren trocarlo por una fácil esperanza. Hablamos de gente que cree que todo esto terminará cuando por fin pierda las elecciones Pedro Sánchez. Nos referimos a personas convencidas de que habrá una red al fondo de este luengo descenso. Son los que confían en que pronto nos recogerá Feijóo en sus brazos, amoroso, al final de este desplome. Son los que estiman que un día desaparecerá el sanchismo y, con él, todo mal.
No está claro que esta esperanza sea mejor que el tonto optimismo de la caída. Así que en un tercer grupo, más dubitativo, estamos los que nos preguntamos otra cosa: ¿no seremos nosotros los que, con toda la aceleración que hemos ido tomando mientras caíamos, aplastaremos al frágil Feijóo, en el caso de que sea él quien nos espere, de brazos abiertos, en el suelo? Decía Chéjov que cuando se levantaba por la mañana solía sentirse optimista; pero que por la noche, al acostarse, ya se había curado. Algunos sospechamos que estamos viviendo un cierto atardecer.
Quién sabe. En todo caso, la verdad es que cunde entre muchos políticos y periodistas peperos la simple convicción de que lo que llaman «el sanchismo» está dando sus últimas bocanadas; que pronto (¡ya solo queda poco más de un año!) habrá elecciones y terminará este declive; que en breve volveremos a ser jóvenes y felices y animados como éramos en los años 90. Ante tales esperanzas, quizá venga bien recordar a Sócrates, aquel filósofo preguntón que cuestionaba las certezas de sus conciudadanos. ¿Estamos de veras tan seguros de que todo esto vaya a ser así? ¿No seremos como la lechera soñadora, que de tanto fiarse en un gran futuro derramó al final la leche que portaba?
«Nuestra izquierda ha decidido, hace tiempo, que no le gusta mucho el pueblo español»
Sócrates era un tanto pesado, y nosotros también lo seremos. Vamos a arrojar nada menos que diez sombras de duda sobre esas seguridades. No por amargarle la leche a nadie, sino para impedir que se desparrame por el suelo antes de tiempo. He aquí, pues, los diez motivos por los que, pese a las certidumbres contrarias, es posible que Pedro Sánchez gane de nuevo las próximas elecciones generales.
Primera sombra: nos han cambiado el censo
Se supone que la democracia funciona —lo dice la palabra— a partir de un demos, es decir, de un pueblo que se gobierna a sí mismo. Pero nuestra izquierda ha decidido, hace tiempo, que no le gusta mucho el pueblo español. ¡Es un pueblo que a veces se atreve a rechazarla! Por eso apenas habla de él. Y así brilla en España, como en pocos países, lo que Pierre Manent achaca a la izquierda entera: que ha olvidado a su pueblo en nombre de cualquier cosa que lo pueda sustituir.
Esto explica que nuestra izquierda lleve tiempo disolviéndonos bajo las órdenes de cualquier instancia internacional (sea la UE, sea la ONU). Y también explica que, al mismo tiempo, nos divida en pequeñas pseudonaciones: las autonomías.
A esa obsesión izquierdista de diluirnos hacia arriba o hacia abajo se ha unido de reciente otra: la de diluirnos desde dentro. El PSOE aprobó en octubre de 2022 dar la nacionalidad a más de 2,5 millones de descendientes de españoles, la mayoría de los cuales no ha pisado nunca España. Súmese a ello los 600.000 inmigrantes que, se calcula, han recibido la nacionalidad tras las últimas elecciones (a este ritmo, serán más de un millón si los próximos comicios se celebran en verano de 2027). Hablamos de más de 3,5 millones de nuevos votantes. Son un cambio de censo y, por tanto, del pueblo español.
«¿Votarán esos nuevos votantes lo mejor para la nación española o solo agradecerán a la PSOE que les haya dado un pasaporte?»
¿Votarán esos nuevos votantes lo mejor para la nación española o solo agradecerán a la PSOE que les haya dado un bien útil pasaporte? ¿Modificarán esos votantes, convenientemente, el reparto de escaños en las provincias más disputadas? ¿Será su voto por correo decisivo, como ya lo ha sido en varias elecciones sonadas (Austria en 2016 o EE UU en 2020)? Si el PSOE ha colonizado cada vez más instituciones, ¿son las que vigilan la limpieza de las elecciones una excepción a ello, o debemos temernos disgustos ahí?
Segunda sombra: los que siempre ganan siempre votan
Hay en España amplias clases sociales —en especial los pensionistas; en general, los que dependen del sector público— que han salido bastante bien paradas de la última década. No solo ha crecido su número, sino también su poder adquisitivo. Desde 2008, la pensión media ha aumentado un 28,6%; el sueldo medio ha descendido un 2,3%; y si hablamos de los sueldos en el sector privado, su bajada ha sido aún mayor.
La consecuencia de esto es previsible: si en España solo votaran los que tienen entre 65 y 74 años, el PSOE solito obtendría 220 escaños en el Congreso; el PP se quedaría muy lejos, con 90 asientos; Vox ocuparía el tercer lugar con unos paupérrimos 16. Las cosas son del todo opuestas si solo votaran los jóvenes de 25 a 34 años, no digamos si solo votaran los menores de 24 (en ambos grupos Vox vencería las elecciones generales).
Y bien, la primera buena noticia de estos datos para el PSOE es que el grupo en el que arrasa, los pensionistas, suelen movilizarse mucho a la hora del voto: no en vano, de quien dirija el Estado dependerá la cuantía de su ingreso mensual. La segunda buena noticia para el PSOE es que aquellos que le son más hostiles (jóvenes, parados de larga duración…) suelen ser los menos tendentes a ir a votar.
Así que no nos fiemos. Las elecciones no las decidirán los más exaltados en redes sociales, sino los que un buen domingo dediquen un buen rato a acercarse al colegio electoral.
Tercera sombra: España, último bastión del progresismo radicalizado
Si uno mira al panorama internacional, es patente que vivimos un momento dulce para la derecha y agrio para la izquierda. ¿Debe llenarnos de optimismo esa corriente? ¿Sucumbirá pronto España a la misma ola que recorre el globo?
Mucho me temo que aquí nos perjudica que nuestro país se quede como uno de los estandartes últimos del progresismo en el mundo. Porque los estandartes se defienden. Y, cuando son escasos, se suelen congregar aún más fuerzas para fortificarlos.
Hemos visto hace poco los fastos de la cumbre progresista de Barcelona. También el puntual viaje que Pedro Sánchez viene efectuando año tras año, desde hace cuatro, a la China neocomunista.
«Los que nos oponemos a Sánchez no lucharemos solo contra la PSOE, sino contra los izquierdistas del mundo»
No hemos visto aún, sin embargo, la financiación, los pactos, las narrativas, la vigilancia con que esas fuerzas internacionales nos inundarán. Pero pronto veremos sus efectos. Los que nos oponemos a Sánchez no lucharemos solo contra la PSOE, sino contra los izquierdistas del mundo, unidos, que combatirán con uñas y dientes (o más bien con enormes dineros y traicioneras palabras) por el refugio penúltimo que les queda aquí.
Cuarta sombra: el PSOE engulle a sus aliados
No sé si ustedes recordarán a un personaje que, hace unos diez años, amenazaba con zamparse al Partido Socialista que fundara en 1879 Pablo Iglesias Posse. Aquel personaje se llamaba de modo similar al de tal fundador: Pablo Iglesias Turrión. Hoy, él y su partido caminan por los márgenes de la irrelevancia; incluso Sumar, que quiso recibir su herencia, tiene dificultades para lograr representación.
Esa concentración del voto de izquierda en el PSOE es un activo poderoso. Tan poderoso como para que, en las encuestas, este partido resista los embates de la corrupción, del hartazgo, de sus malos resultados regionales. Aprovechar hasta el último voto de izquierdas de la provincia más remota no es baladí: recordemos que fueron solo unos pocos miles de votos en unas cuantas provincias los que otorgaron en 2023 a Sánchez el poder.
Quinta sombra: los triunfitos del PP
Recordemos ahora lo que sucedió dos meses antes de esas elecciones generales de 2023: el PP había ganado las elecciones autonómicas, como también lleva ganadas las celebradas estos últimos meses. ¿Qué pasó después, para que en menos de dos meses se quedara sin el Gobierno nacional? Muchas cosas (sobre alguna volveremos luego). Pero una de ellas es ese triunfalismo tontorrón, que llevó a Feijóo a esquivar debates, a Borja Sémper a dar saltitos en una pseudoplaya y al partido entero a perdonarle la vida al PSOE. ¿El resultado? Que el PSOE tiene la fea costumbre de seguir vivo si le perdonas la vida. Y vaya si sobrevivió.
Cierto ambiente similar se respira ahora. ¿Cuáles son las propuestas ilusionantes del PP, más allá de dejar que pase el tiempo? ¿De verdad es su futuro triunfo una fruta madura, que basta con sentarse a esperar que caiga? ¿Y si antes llega un pájaro que se la lleva? Pájaros de mal agüero no faltan, y en este artículo ya llevamos contada la mitad.
Sexta sombra: la falta de fuelle del PP
En junio de 2023 el Partido Popular obtuvo un 33,1 % de los votos. La media de las últimas diez encuestas publicadas en España —sin contar la del CIS, por su colonizado sesgo— le da hoy en día un porcentaje de 31,8 %. (Las tres más recientes le dan aún menos: 31,5 %). Es decir, el PP pierde apoyos sin estar gobernando y pese a que el PSOE lo hace como lo hace. No parecen datos como para que Borja Sémper vuelva a dar saltitos en la pseudoplaya de aquel «verano azul”.
Si el PP no ilusiona cuando nos desayunamos con Koldo García y cenamos con José Luis Ábalos, tras un tentempié de, pongamos, Begoña Gómez, ¿qué hará cuando estos casos vayan olvidándose? ¿Se acordará la gente de la aún más remota «amnistía»? ¿O del 55% de nuevos fondos que se lleva a Cataluña la nueva financiación autonómica, que para entonces ya serán viejos fondos de una vieja financiación?
Un PP que se arrastra a duras penas para repetir los resultados de 2023 no debería regocijarse en el triunfalismo que señalamos antes. De hecho, debería espabilar.
Séptima sombra: el perro del hortelano pepero
Esta incapacidad de los populares para crecer no sería demasiado grave a la hora de derrotar a Sánchez si aceptaran que la otra fuerza opositora, Vox, recoge el descontento que ellos no atraen. De hecho, las elecciones autonómicas recientes han mostrado que la suma del PP y Vox alcanza resultados poco habituales para la no izquierda: más del 50% de los sufragios. Varias encuestas nacionales arrojan una cifra similar.
Sin embargo, la estrategia del PP se convierte aquí, de nuevo, en algo paradójico: aunque sabe que no podrá gobernar sin Vox, aunque de hecho va a gobernar con Vox en las regiones citadas, a la vez alimenta, a través de sus terminales mediáticas, la idea de que Vox es algo pavoroso, inhumano, antidemocrático, a lo cual nadie respetable se debería acercar.
¿Cuál es el resultado de estos cuentos? Que el PP logra frenar el ascenso de Vox, pero no recupera nada de lo que a este le quita (lo hemos visto en la sexta sombra). ¿Qué predicción cabe entonces? La misma que ya se dio en julio de 2023. Que al coincidir con Sánchez en que sería horroroso que Vox gobernara, los medios afines al PP legitiman a Sánchez: ayudan a presentarlo como el único dique contra la ola fascista. Es decir, al final el PP colabora con el principal discurso del PSOE. Y esto tiene un nombre ya sabido: PSOE state of mind. Y un resultado ya conocido: que al final gana ese PSOE.
Octava sombra: los exhibicionistas en torno a Vox
Vivimos tiempos de exhibicionismo moral: mucha gente quiere dejarnos claro que son excelentes personas, mientras que los demás no lo somos. Las redes sociales y el movimiento woke alimentaron este moralismo la década pasada; más de reciente, parece que una parte de la nueva derecha ha contraído igual dolencia. Hoy cabe leer a iluminados que exigen pureza absoluta por doquier.
La blancura inmaculada resulta oportuna para una muda o un cuadro de Malévich; pero en política, ese purismo doctrinario casa mal con la eficacia en el mundo real. Animados por una probable llegada de Vox al gobierno, muchos apoyos (o presuntos apoyos) de este partido empiezan a exigirle un programa de máximos: que reduzca el aborto a cero desde el primer día, que rehaga la Constitución a la jornada siguiente, que expulse a millones de inmigrantes como mucho cuatro o cinco días después.
Es poco probable que estas personas anden de veras preocupadas por resolver los problemas que agitan en el aire: quien de veras quiere arreglar cosas sabe de sobra que el gradualismo es su aliado; quien solo quiere presumir de puro, elige el maximalismo en su lugar. Pero quizá estos exhibicionistas convenzan a algunos de que no merece la pena votar contra Sánchez, si la alternativa no es el Paraíso en la tierra. Los medios izquierdistas conocen esta brecha: por eso no es raro que se publicite en ellos a estos nuevos Savonarolas.
Para no caer en sus redes, basta recordar lo que ya apuntó Shakespeare en El rey Lear: striving to better, oft we mar what’s well. O, como decimos en castizo, lo perfecto es enemigo de lo bueno. Y los perfeccionistas, enemigos de quienes bregan día a día por mejorar.
Novena sombra: Sánchez, o cómo perder para ganar
Pedro Sánchez tiene un truco que sus adversarios subestiman una vez tras otra: presentarse como perdedor. Lo hizo dentro del PSOE y le funcionó. Lo hizo en 2023 y sucedió de nuevo. Lo hará otra vez en las próximas elecciones: al dejar que todos creamos que ya está amortizado, conseguirá que la campaña gire en torno al PP y Vox, al tiempo que los gravísimos males que su Gobierno ha cometido quedarán en segundo o tercer plano.
Y así todos miraremos al PP y sus propuestas poco ilusionantes —esas que no le permiten crecer ahora—. Mientras que Vox será pintado, por el establishment mediático entero (incluido el pepero), como una reencarnación de Hitler, Trump y Satán a la vez. En ese escenario, Sánchez no necesita ganar la partida: le basta con que sus rivales la pierdan. Y, como en 2023, puede ocurrir.
Décima sombra: los cargos de Vox
Por último, también Vox puede contribuir a la victoria de Sánchez. Pero no por lo que casi todos los medios de comunicación pregonan. Es decir, no por atreverse a ser distinto al PP.
Vox puede desinflar su alternativa si comete errores como los que ya cometió la última vez que accediera a gobiernos autonómicos. Tomemos el caso más significativo, aquel gobierno en que permaneció más de dos años: el de Castilla y León. ¿Alguien recuerda —aparte de sus exabruptos en redes sociales— qué legado dejó su vicepresidente, Juan García-Gallardo, en esa comunidad autónoma? ¿Alguien vio alguna batalla cultural por aquellas tierras, siendo como era su consejero de Cultura elegido por Vox?
La incompetencia de estos altos cargos, su nula acción política, castigó al partido: tras los buenos resultados de 2019 y 2022, después de año y pico de cogobierno, Vox se desplomó cuatro puntos en 2023. Bien es verdad que, con el tiempo, parece que el elector ha perdonado esos errores. Y ahora las cifras superan incluso las de 2022.
Pero no siempre se le perdonará a uno haber seleccionado mal a sus representantes. Quien aspire a oponerse a Sánchez no puede volver a cometer ese fallo. Porque no solo al caer del Edificio España puede uno autoconvencerse de que «de momento, todo va bien». También al subir disparado uno puede olvidar que existe el suelo. Y más vale que nos lo recuerde algún amigo, en vez de que lo haga algún trompazo final.