La ola de neoconversos llega a España
«Lo católico está de moda, tanto en los clubes neoyorquinos como en las plazas de nuestro país. Cunde algo que antes apenas sucedía: más y más adultos eligen serlo»

Foto: Mikel Aingeru
Corrían los años del Concilio Vaticano II, con sus dimes y diretes. Fue entonces cuando el gran Mingote publicó una de sus viñetas más famosas. En ella, una respetable señora conversa con otra, ante la mirada del no menos respetable marido, sobre el asunto del momento. «No, mujer», le dice, «lo de la libertad de conciencia es para tranquilizar a la gente moderna. Porque al Cielo, lo que se dice ir al Cielo, iremos los de siempre».
Sesenta años más tarde quizá estemos presenciando algo que sorprendería a tan honrada mujer.
Para entenderlo bien, eso sí, conviene aclarar su contexto. No echemos las campanas al vuelo: la Iglesia católica sigue en horas bajas en España. Hace diez años, el 72% de nuestros compatriotas se declaraba católico; hoy, solo lo hace el 52,8%. Y apenas uno de cada seis se considera «practicante». En cuanto a los sacramentos, la cosa no pinta mucho mejor: a tan solo cuatro de cada diez niños aquí nacidos se los bautiza. Y, en tres décadas, los matrimonios celebrados «por la Iglesia» han pasado de ser ultramayoritarios a cierta escasez: apenas una quinta parte de los enlaces matrimoniales participa ya de tal sacramento.
¿Se puede hablar de un renacimiento religioso, entonces? Bueno, cabe hacerlo si nos referimos a otras religiones: hace una década, tan solo había un 2,4% de fieles suyos; hoy suman ya un 3,5%. Lo cual supone un aumento de nada menos que el 50% de seguidores.
Pero, una vez contenidos nuestros deseos de tocar a rebato desde los campanarios católicos, quizá sí es el momento de agitar las más humildes campanillas que a veces rodean los altares. Pues también en la Iglesia católica se dan datos reseñables. Así, este año se bautizarán en España un total de 14.000 adultos, la gran mayoría entre 18 y 35 años. Esto representa una subida de en torno al 10% interanual. Y otra encuesta reciente, de la Fundación SM, nos informaba de que el porcentaje de jóvenes que se identifica como católicos pasa del 31,6% en 2020 al 45% en 2025 —si bien una parte significativa de esos mozalbetes se cree asimismo cosas tan poco católicas como el karma o la reencarnación; el mundo es siempre un lugar intrincado—. Se trata, en cualquier caso, de cifras llamativas, que en países como Francia, Estados Unidos, Reino Unido u Holanda resultan aún más sugerentes: por aquellos lares, el número de bautizados mayores de edad está ascendiendo en torno a un 40% anual.
Asistimos, pues, a algo que un servidor ya resumió aquí hace cuatro años: lo católico está de moda, tanto en los clubes neoyorquinos como en las plazas de nuestro país. Cunde algo que antes apenas sucedía: más y más adultos eligen ser católicos.
Ahora bien, un rasgo que se estaba dando de continuo en los Estados Unidos o Inglaterra, sin ir más lejos, pero que aún no florecía del todo entre nosotros, era el de las conversiones de figuras de cierta relevancia mediática. Esto ya ha cambiado aquí también.
Antes de proseguir, eso sí, hay que aclarar qué entendemos por «mediático» hoy en día. Predijo Andy Warhol allá por 1968 que «en el futuro, todo el mundo será famoso durante quince minutos». Y tuvo buen tino: las redes sociales, los canales de YouTube y los pódcast nos permiten a miles alcanzar relevancia al menos durante un ratito y al menos ante cierto público; luego, claro está, llegan otras tendencias y otras figuras a sustituirnos, y así se reparte entre todos la fama de modo un tanto disperso. Pocos son famosos, en suma, a la vieja manera, en que salir en televisión hacía que te conociera «España entera»; ya solo somos famosos a cachitos. Warhol previó por completo nuestra condición.
Así, muchas de las figuras mediáticas anglosajonas que se han venido convirtiendo al catolicismo serán bien reconocibles para algunos… a la vez que completas desconocidas para otros. Entre los intelectuales, quizá resonarán más los nombres de Ayaan Hirsi Ali, Sohrab Ahmari o Tammy Peterson —esposa de Jordan, quien parece, en cambio, no decantarse (aún) del todo por tal conversión—; entre los cinéfilos, Shia LaBeouf y Rob Schneider; entre los amantes de la polémica, Candace Owens o Russell Brand.
No se trata de una nómina, sin duda, equiparable a la de figuras del pasado como (san) John Henry Newman, G. K. Chesterton o Evelyn Waugh —recordemos a Warhol y que quince minutos dan para lo que dan—. Pero, aun así, resultaba reseñable que en España no surgiera un listado similar de figuras en el que quedara reflejada la nueva ola de conversos adultos. Esto es lo que ahora podemos decir que ha cambiado. Ya se dan entre nosotros neófitos de cierta fama, no solo en Londres o Nueva York.
En efecto, el pasado 26 de mayo el joven (y mediático) filósofo Ernesto Castro sorprendió a muchos con una carta al papa León XIV, en la que confesaba que solo dos semanas antes se había bautizado y comulgado por primera vez. Ese mismo mes de mayo, Paloma Hernández, conductora del exitoso canal youtubero Fortunata y Jacinta, nos narraba asimismo su propia y recentísima conversión. Acaeció por esos días que tuve ocasión de hablar con un viejo amigo antes de que impartiera sus clases en mi centro docente, ISSEP Madrid; un viejo amigo que posee cierta relevancia mediática, y que me descubrió que también se había convertido él y que estaba iniciando los trámites para bautizarse, aunque aún no quiere hacerlo público —quizá por buenos motivos, como en breve consideraré—.
Esta «primavera católica» ha tenido precursores como el actor Jaime Lorente, la artista plástica Sofía de la Puente (antes conocida como Sofía Rincón), la periodista Ana Iris Simón o un joven con éxito reciente en redes sociales por sus peculiares ideas sobre la democracia, Rubén CientoZero. El panorama es de seguro abigarrado —como siempre lo ha sido, por lo demás, el mundo católico—. Mas quizá no cabía esperar sino diversidad en un grupo que ya comenzó, allá por los inicios del siglo I, entremezclando a gentes tan diferentes como varios pescadores, un guerrillero, un recaudador de impuestos y un carpintero que conocía la Ley a la perfección.
Ahora bien, más que comentar esta hornada de neoconversos —que esperemos que pronto quede obsoleta por haberse incorporado a ella diez, veinte, cincuenta nombres significativos más—, lo que me gustaría sopesar en lo que queda de este artículo es el modo en que se está recibiendo a estos nuevos fieles entre los católicos de toda la vida; entre aquellos que, como promulgaba la respetabilísima señora dibujada por Mingote, somos los de siempre e iremos al Cielo como debe ser.
Tengo para mí que son tres los talantes menos deseables con que se acoge a estos nuevos católicos entre los que somos más viejunos. Representan las actitudes de los exigentitos, los decepcionaditos y los entusiasmaditos con dichas conversiones. Naturalmente, también hay muchas reacciones sanotas ante los neoconversos; pero como un servidor es de natural criticón, me centraré solo en estas tres, menos loables.
Los exigentitos
En la bienvenida que reciben los neoconversos al entrar en la Iglesia católica ondean, por desgracia, con excesiva frecuencia, ciertas banderolas que portan un rótulo un tanto desafiante: el de la desconfianza. Se les acoge —o, más bien, se les tolera— con un montón de reparos: ¿de veras te has convertido? ¿No te estarás apuntando a la moda del momento? ¿Cómo es posible que fueras tan poco católico antes y ahora, sin embargo, te unas a nosotros? ¿Tengo que fiarme de ti, aunque hasta ahora me parecieras tan poco de fiar?
Estas actitudes, desde luego, no resultan inéditas para quien conoce bien la historia del cristianismo. Es el talante con que se recibió a san Pablo tras su caída, camino de Damasco —si bien es cierto que, en aquel caso, las desconfianzas quizá estaban un poquitín más justificadas: no en vano venía de dedicarse a perseguir cristianos—. A muchos otros santos les rodearon suspicacias semejantes tras su conversión.
Ahora bien, la frecuencia de semejante proceder no debe justificarlo. Jesús mismo se mostró muy crítico con esos melindres. Y nos lo contó en la parábola del hijo pródigo, que no en vano muchos creen que debería renombrarse como la del hermano protestón.
En efecto, aunque esa narración nos conmueva por el desbocado amor que muestra el padre ante el hijo gamberro —aquel que se fue de casa y dilapidó su mitad de la herencia paterna, pero luego vuelve junto a su padre, arrepentido—, hace ya décadas que un teólogo de referencia en lo que tiene que ver con las parábolas de Jesús, Joachim Jeremias, nos advirtió de otra cosa. Nos advirtió que quizá los principales destinatarios de tal historia eran más bien aquellos que se parecían al otro hijo, el hijo mayor: el que, al ver lo gozoso que recibe el padre a su hermano descarriado, se niega a entrar a festejar su retorno con él. A ese hijo se asemejaban los fariseos y biempensantes de su tiempo, que murmuraban por la acogida de Jesús a los pecadores; y se asemejan los biempensantes y desconfiados de nuestros días, que rezongan ante los nuevos conversos.
Jeremías, además, señalaba un detalle revelador: Jesús deja la parábola sin resolver. No sabemos si el hijo mayor se unió o no a la fiesta que se celebraba por el pequeño. La parábola queda incompleta, como si cada uno de nosotros debiera ponerle su propio final; como si cada uno de nosotros tuviera que decidir si irse de fiesta o quedarse refunfuñando. Los que somos fiesteros no entendemos a quienes eligen la opción segunda; sería deseable, ante los nuevos conversos en España, que esos exigentitos repensaran su actitud.
Los decepcionaditos
Un fenómeno menos frecuente, pero para mí aún más incomprensible, es el de aquellos católicos a quienes decepciona que figuras antes ateas o agnósticas se integren en la Iglesia. ¿De dónde viene tan visible decepción?
Supongo que lo que les ocurre es lo siguiente. Muchos de esos nuevos conversos eran antes simpatizantes de lo católico, aunque no compartieran tal fe. Y a estos decepcionaditos católicos de ahora les encantaba entonces ejercer sus dotes misioneras con ellos. ¡Quién sabe!, quizá incluso presumieran de «Oye, mira, es que tengo un amigo ateo», como otros presumen de tener amigos negros o gais. Con el pasar del tiempo, y conversión mediante, el «amigo ateo» ha dejado de ser ateo —cosa que no suele pasar con el amigo negro o el amigo gay, que en eso son más fiables—. Y de ahí surge la decepción. Un poco como nos decepcionó la PlayStation soñada cuando, por fin, nos la regalaron; un poco como nos decepciona cualquier logro cuando, por fin, nos hacemos con él.
La solución a esta actitud está, claro, en no considerar al neoconverso como un logro, como un amigo menos en la cuenta de los ateos, ni como un rarito del que blasonar en ciertos ambientes. Considerarlo, simplemente, como persona. Que se diría que es, justo, lo que un católico debería hacer.
Los entusiasmaditos
Aristóteles nos enseñó —y santo Tomás de Aquino lo aplicó, con destreza, al cristianismo— que todo vicio cuenta con otro vicio que le es contrario. Así, frente a los vicios tristes de los exigentitos y los decepcionaditos, cabe adoptar la emoción opuesta: la de entusiasmarse por completo ante un neoconverso, y considerarlo poco menos que un sustituto de los susodichos santo Tomás o Aristóteles, y atribuirle una autoridad que —por desgracia— rara vez suelen poseer. (El neoconverso, cómo no, suele ser bastante ignorante en cosas cristianas, y no sucede nada: ya tendrá tiempo de aprender).
Es el vicio de los entusiasmaditos… y de algunos neoconversos, claro. Aquellos que se asemejan a un alumno que se lanzara a dar lecciones magistrales apenas consiguiera aprobar el examen de acceso a la universidad.
En España no hemos tenido aún ejemplos señeros de esta clase. Pero en Estados Unidos sí, y bien recientes: dos neoconversas, la periodista Candace Owens y la modelo (antigua Miss California) Carrie Prejean Boller, se pusieron hace poco a dar lecciones «católicas» a nada menos que el obispo Robert Barron, quizá el prelado más competente (y exitoso) en su labor por internet. La casualidad quiso que la propia Owens se hubiera bautizado gracias a lo que aprendió de Barron; pero me temo que los entusiasmaditos (y entusiasmaditas) rara vez respetan ese tipo mínimo de prelación. Una prelación, sobre todo, de saberes: el combate intelectual entre una Miss California y un obispo católico puede resultar algo divertido, pero no del todo edificante.
Hemos de recomendar, pues, cierta cautela con los entusiasmos guerreros inmediatos; siempre se ha dicho que la fe del converso es en especial combativa, pero sería deseable que también resultara inteligente. Y, por parte de los fans de tal converso, cuidado a su vez con jalearle o promocionarlo en exceso: no son pocos los casos de vehementes apologetas (Charles Templeton, Dan Barker, John Loftus…) que acabaron perdiendo la fe. A todos puede pasarnos. El entusiasmo (cuya etimología griega proviene de theos, dios, así que es un poco «endiosarnos») debe administrarse con precaución; en puridad, y siguiendo tal etimología, se diría que solo lo merece Dios.
Así que démosle gracias a Él. La respetable señora de Mingote es probable que se equivoque y no sé si al Cielo, pero a la Iglesia, lo que se dice a la Iglesia, cada vez está llegando gente de lo más rara. Y eso es un consuelo para los que no nos parecemos demasiado a tal señora. Aunque, por supuesto, a las señoras de siempre, como ella, les extendamos también un afecto especial.