The Objective
César Calderón

Dios no tiene prioridades nacionales

«El Papa va a rezar donde Abascal va a protestar. Una cosa es discrepar de la política migratoria del Vaticano y otra proclamarte el partido de la civilización cristiana»

Opinión
Dios no tiene prioridades nacionales

Ilustración generada mediante IA.

En el Concilio de Nicea, año 325, los obispos reunidos por orden de Constantino se pasaron semanas discutiendo si Cristo era de la misma sustancia que el Padre o de sustancia similar. La disputa no era escolástica ni menor: en realidad era una pregunta sobre el poder, sobre quién tenía autoridad para definir la verdad y sobre qué ocurría con quienes se apartaban de ella.

Lo que nos enseña aquella controversia, que dividió al cristianismo durante siglos y llenó de exiliados y anatemas la historia de la Iglesia, no es la ferocidad de aquellos teólogos, es algo más sencillo y más antiguo: que reclamar la autoridad de una institución y contradecir sistemáticamente sus mandatos es, en el mejor de los casos, una operación torticera. Vox lleva años ejecutándola con la Iglesia católica. Esta semana, la Iglesia les ha metido un rejonazo en todo lo alto que hubiera firmado el mismo Pablo Hermoso de Mendoza.

León XIV aterrizó el pasado sábado en Madrid. Primera cita de trabajo del primer día: Cáritas. El Santo Padre eligió como primer destino el proyecto social CEDIA 24 Horas, un centro especializado en la atención integral de personas sin hogar en el barrio de Lucero. No el Senado, no el Palacio Real, no una recepción con empresarios. Un suburbio y entre gente sin techo. La organización exacta a la que Vox quiere cortar el grifo. En Extremadura, el acuerdo de gobierno entre PP y Vox incluye la supresión total de subvenciones a cualquier organización, incluidas las vinculadas a la Iglesia Católica como Cáritas, que colaboren en la acogida de personas migrantes.

El jueves 11 de junio, León XIV volará a Gran Canaria para visitar el Puerto de Arguineguín y conocer de primera mano la realidad de acogida a los migrantes. El mismo puerto que Vox lleva años señalando como símbolo de la invasión. El Papa va a rezar donde Abascal va a protestar. Una cosa es discrepar de la política migratoria del Vaticano, algo perfectamente legítimo en una democracia laica. Otra bien distinta es hacerlo mientras te proclamas el partido de la civilización cristiana, agitas la cruz en cada mitin y exiges que el Estado financie procesiones pero no comedores. Esa es la incoherencia que León XIV ha convertido esta semana en espectáculo público, acto por acto, barrio por barrio, ciudad por ciudad.

El problema para Vox es que la teología no admite la figura del menú degustación: no puedes quedarte con el Sermón de la Montaña y devolver las Bienaventuranzas porque no te convencen. «Bienaventurados los que tienen hambre», dice el texto. No añade «siempre que lleven tres generaciones de padrón municipal». La Iglesia que Vox reivindica como escudo identitario es la misma que fundó Cáritas, que gestiona centros de acogida, que defiende la regularización de migrantes y que tiene en su catecismo, artículo 2241, la obligación de acoger al extranjero. Son los mismos libros, el mismo magisterio, la misma cadena de mando que termina en el hombre que esta semana fue a visitar a los sin techo antes que a nadie más.

«Solo el 25,5% de los votantes de Vox se declara católico practicante, frente al 35,9% de los del PP»

La paradoja tiene, para los aficionados a la demoscopia, un remate que roza lo espléndido. Los votantes de Vox resultan ser menos practicantes que los del PP: solo el 25,5% de los primeros se declara católico practicante, frente al 35,9% de los segundos. El partido que se autoproclama baluarte de la fe cristiana occidental tiene un electorado que va menos a misa que la media de la derecha, comulga menos con la jerarquía y desconfía más del Papa que buena parte de los votantes socialistas. En la paradoja hay algo que Adorno habría catalogado como dialéctica negativa: el símbolo devora a quien lo agita.

En el fútbol, cuando un equipo sale al campo con una táctica incompatible con sus propios jugadores, el entrenador acaba en la calle antes del descanso. Abascal lleva años intentando ganar la Champions de la identidad cultural con una plantilla de agnósticos y ateos enfadados que detestan a los jesuitas y votan contra Cáritas. El Papa ha venido, ha visitado a los sin techo, ha abrazado a los migrantes y ha puesto rumbo a Arguineguín.

¿Más católico que el Papa? En sus cabales, nadie se atreve a tanto. Aunque en Vox, ya se sabe, los límites de la desvergüenza son una cuestión de fe.

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