Zunzunegui: «Cada vez que México se cae a pedazos, desempolvamos a Hernán Cortés»
El escritor mexicano desmonta los mitos de la conquista y reivindica la faceta humanista e ilustrada del militar extremeño

Juan Miguel Zunzunegui.
Juan Miguel Zunzunegui (Ciudad de México, 1975) nada a contracorriente. Licenciado en Comunicación, doctor en Humanidades, ha dedicado largos años a derribar el relato oficial mexicano sobre «la mal llamada conquista», una narración maniquea de buenos y malos que nos arrebata 300 años de historia compartida, y que siembra entre los mexicanos el victimismo, el rencor y la esquizofrenia, y entre los españoles, la culpabilidad y el desapego. Acaba de publicar Hernán Cortés, encuentro y conquista (La Esfera de los Libros). México existe con toda su riqueza, dice, porque «la historia fue lo que fue». Y España no debe disculparse por ello.
PREGUNTA. ¿Cuándo se despertó su interés por la historia colonial?
RESPUESTA.– A los siete años. Es una anécdota que cuento mucho porque habla de lo mal que se enseña la historia en México. En el primer año de primaria empezamos con los pueblos prehispánicos de América, de los olmecas a los mexicas: 3.000 años de historia de unas culturas grandiosas, de unos pueblos maravillosos, mágicos. Todo lo sabían, nada necesitaban. Eran lo más desarrollado del mundo. Luego, en el siguiente año, el curso empieza con la conquista, y te explican que 400 hombres ignorantes, oscurantistas y medievales, guiados por Hernán Cortés, que era deforme, jorobado y sifilítico, nos conquistó. Y me dije: algo no cuadra. Y poco a poco fui comprendiendo que la historia sirve para manipular a los pueblos. En México, te introyectan el trauma de la conquista. Esa etapa y la figura de Hernán Cortés me fascinaron desde entonces.
P.- ¿Y cómo se lleva con el gremio de los historiadores? Lo pregunto porque miran con reservas a los divulgadores.
R.– Frecuentemente me encuentro con este comentario, sobre todo en redes sociales: «Zunzunegui no es historiador, no crean nada de lo que diga». Y ese es el único argumento. Efectivamente, no soy historiador, pero soy doctor en Humanidades. Soy especialista en filosofía, en religiones, en materialismo histórico. Es decir, que algo sí sé. A la academia pública no le caigo muy bien: como en casi todos los países, depende mucho de la política, de los subsidios, y hay una narrativa oficial que yo rechazo. Pero mucha gente y académicos del sector privado encuentran que lo que yo divulgo es de un absoluto sentido común.
P.- Se le acusa de «revisionista».
R.– Bueno, es que todo tiene que ser revisado. Es que hasta la astrofísica se revisa: ¡el telescopio James Webb echó para atrás todo lo que dijo el Hubble! Entonces, si la astrofísica se revisa, si la química se revisa, ¿no se va a revisar la historia? Hoy en día «revisionista» es como «fascista», una etiqueta que te echan encima para evitar cualquier tipo de discusión. Y si tú lees mi libro de Hernán Cortés, no digo nada que no diga William Prescott, que es del siglo XIX, o Hugh Thomas. Y además anglosajones, que se supone que son los grandes enemigos y resulta que son los grandes admiradores de Cortés.
P.- A pesar de sus Cartas de Relación, y de la abundante historiografía, Hernán Cortés sigue siendo un gran desconocido. Ha quedado de él una imagen de guerrero brutal que está lejos de la realidad.
R.– Todos los académicos que hacen una inmersión en Cortés se quedan fascinados con el personaje. Pero todo se complica en el terreno de las interpretaciones. Cortés se convierte en el símbolo fundamental de la mentira de la conquista: en México no se hablaba de «conquista» en el Virreinato, desde luego, pero tampoco en el siglo XIX. La narrativa de conquista es una invención de la década de los 20 del siglo XX, en la que todo se simplifica: están los indígenas, que son todos buenos aunque saquen los corazones, y están Cortés y españoles, que todos son malos porque conquistaron a los indígenas. Y se obvia que el 99% de los indígenas se alió con Cortés contra el único pueblo que los oprimía a todos, que eran los aztecas. Esta simplificación nos permite convertir a Cortés en el villano, y a esta supuesta conquista en la justificación para todas las miserias que vive México. Eso era así a principios del siglo XX y lamentablemente es así a principios del XXI. Cada vez que México se cae a pedazos, desempolvamos el fantasma de Hernán Cortés.
P.- Frente al tópico de los 400 españoles, la historiografía reciente destaca el papel de las tropas indígenas en la conquista de Mesoamérica.
R. Claro, es que ellos son los conquistadores. De los 100.000 guerreros en el asalto final a Tenochtitlan, 99.000 son indios. El gran logro de Cortés es ponerlos de acuerdo y convencerlos de su liderazgo, gracias a su carisma, a sus dotes diplomáticas, y a sus mentiras, porque Cortés también es un mentiroso profesional que va improvisando para lograr sus objetivos. Él se da cuenta de que todos los pueblos indios temen y odian a los tales mexicas, que practican el sacrificio humano y el canibalismo ritual. Y logra unirlos contra Moctezuma. Entonces hay que entender que no hay conquista de México. Hay una conquista de Tenochtitlán por parte de los indios, con Cortés como gran estratega y diplomático. Y a partir de la caída de Tenochtitlan, el 13 de agosto de 1521, se empieza a construir México. Y quienes lo construyen no son un millar de españoles: son los tlaxcaltecas, los cholutecas, los huejotzingas, los totonacas, los otomíes, y todos estos pueblos que siempre habían estado divididos y que ahora están unidos en torno a Hernán Cortés.
«La guerra es la continuación violenta de la diplomacia, y Cortés así lo hizo. Él va con propuestas de paz, y cuando no puede evitar la violencia, es todo lo violento que puede»
P.- Cortés es un personaje poliédrico, contradictorio. Un hombre a caballo entre la Edad Media y la modernidad, un estratega excepcional, humanista y a la vez algo mesiánico. Guerreó tres años, pero pasó otros 26 años como administrador, impulsor de la ganadería, la agricultura, las innovaciones tecnológicas…
R.– Es un hombre complejísimo. Su faceta «guerrera», en efecto, va de 1519 a 1521. De su infancia se cuenta poco, pero es importante recordar su origen noble, su educación universitaria en Salamanca. Los quince años que pasa en el Caribe, primero en Santo Domingo y luego en Cuba, Cortés sabe que tienen que aprender a convivir con los indios taínos, por su propia supervivencia. Es empresario porque se dedica a la caña de azúcar. Es político, porque ejerce de alcalde de Santiago de Cuba, pero también es servidor público porque es escribano. La faceta guerrera llega muy tarde, cuando tiene 34 años y se lanza a la aventura de la conquista de Yucatán. En realidad, es la etapa del Cortés diplomático. La guerra es la continuación violenta de la diplomacia, y Cortés así lo hizo. Él va con propuestas de paz, y trata de evitar la violencia, pero cuando no puede evitar la violencia, es todo lo violento que puede, porque inicialmente se enfrentan a decenas de miles de indígenas. Y ya después de esta conquista tenemos a un Cortés que explora Centroamérica, litiga en España con el emperador, manda expediciones a Filipinas, descubre el golfo de Baja California, pone astilleros, construye barcos, hace comercio con su primo Pizarro. Y todo eso no se cuenta.
P.- Hernán Cortés no encaja en la lógica imperial y burocrática de la Corona. Él está dispuesto a engrandecer el Reino de Castilla, pero su visión es la de un nuevo mundo mestizo. Quizás está ahí la raíz de su enfrentamiento con el emperador Carlos V.
R.– El enfrentamiento de Cortés con don Carlos es por muchas cosas. Don Carlos tiene un papel muy difícil. Es el emperador de un mundo que en poco tiempo se expande hasta límites desconocidos.
P.- Es fascinante la relación entre ambos.
R.– Sí, claro. En el primer encuentro, en 1529, don Carlos está deslumbrado con Cortés, como todo el mundo en aquella España y en aquella Europa, porque Cortés ya es un bestseller con sus Cartas de Relación. Lo recibe con todos los honores. Cortés se arrodilla y el propio emperador lo levanta. Cortés se enferma y el emperador lo va a visitar. Hernán Cortés es un buen súbdito, es leal al rey, todo lo ha hecho en su nombre, le envía el quinto real. Pero al mismo tiempo, se manda solo: inventa sus reglas y tuerce la ley un poco como se le antoja. Es el hombre más poderoso de América, y es amado por los indios. El emperador admira a Cortés y lo premia con el marquesado del Valle de Oaxaca, que es la mitad de Nueva España. Pero, por otro lado, no puede admitir que se brinque todas las normas y protocolos. Al final se impone la razón de Estado, que es: no podemos dejar esto en manos de Hernán Cortés.
P.- Cortés es una figura fundacional de México y sin embargo se le diaboliza. ¿Esa inquina es de la época de la independencia o posterior?
R.– Tiene dos etapas, en la independencia (1810-1821) y en la Revolución (1910-1920). Todavía en 1794, los restos de Cortés, después de muchos avatares, fueron inhumados con grandes honores de Padre de la patria. Un fraile dominico, Fray Servando Teresa de Mier, dio el discurso laudatorio donde ponía a Cortés prácticamente al nivel de enviado de Dios. Treinta años después, en 1823, este mismo hombre, Servando Mier, que ya no es fraile, es el que promueve la idea de quemar los restos, que habían sido oportunamente escondidos. ¡De repente los criollos, es decir, españoles, se sienten herederos de los aztecas y de un pasado glorioso arrebatado por España! Luego, en el resto del siglo XIX, nos olvidamos de Cortés, porque estábamos ocupados peleándonos entre nosotros, contra los franceses, contra los norteamericanos, contra Maximiliano…. Y después de la Revolución, hacia 1920, el gobierno posrevolucionario, que tiene que reconstruir un México que lleva 30 años en guerra civil, empieza a difundir una narrativa mentirosa de conquista. Porque es además un gobierno marxista, estalinista, basado en la teoría del conflicto. Y somos las víctimas de la peor injusticia histórica, que es la conquista, y si este país es un desastre es no por nuestra culpa, sino por España. Ese fue el discurso oficial que acabó calando en la educación, en los muralistas, en el cine, en la cultura popular. Y aún así, mientras a México le va bien, entre 1930 y 1970, nadie se preocupa por Cortés. Cuando las cosas empeoran en los años 70 con los populistas, de nuevo nos acordamos de Cortés.

P.- El odio a Cortés ha sido revivido por una ideología indigenista, que a pesar del nombre, emana de una izquierda blanca y burguesa. Y esa visión mutila tres siglos de la historia de México: el Virreinato, de principios del siglo XVI hasta 1820, es como un agujero negro entre el mundo idílico precolombino y la independencia. Y sin embargo, la etapa novohispana define los rasgos esenciales del México de hoy.
R.– Eso es lo que yo digo todo el tiempo. Le pregunto a los mexicanos: «¿Te gusta México?». «Sí». «¿Amas a México?». «Sí». «¿Qué te gusta y qué amas?». Y la respuesta es: la comida, la bebida, el folclor, los trajes típicos, la charrería, el barroco, el neoclásico, las catedrales, las ciudades virreinales, los pueblos mágicos… Bueno, pues date cuenta de que todo lo que te gusta de México es de 1521 en adelante. Que te arrebaten 300 años de historia no es un acto inocente: es un acto de manipulación. Entonces tienes a un mexicano muy confundido, muy esquizofrénico, que ama a México, ama la cultura mexicana, pero odia el proceso histórico que dio lugar a la cultura mexicana que ama. Eso es de psiquiatra, y de uno muy bueno, además. Pero claro, en España les pasa lo mismo, porque también les arrebatan esos 300 años. Y si en ambos lados del océano nos arrebatan los 300 años de historia compartida, es muy fácil ir borrando los lazos de hermandad, la cultura, el linaje y las tradiciones, y que nadie en México entienda lo que es. México es un país mestizo, hispanohablante y cristiano, donde la gente parece estar muy encabronada con el proceso que nos hizo ser mestizos, hispanohablantes y cristianos. Con lo cual tienes a un mexicano que piensa que ama a México, pero en realidad odia a México y luego piensa que lo que se independizó fue el imperio azteca. Y dices: «Bueno, ¿y tú cuándo crees que se construyó Querétaro, Zacatecas, Puebla, Morelia, Oaxaca, Mérida, todas tus catedrales, todos tus templos, todos tus acueductos…?». Es una locura.
«El mexicano está confundido, esquizofrénico: ama a México, ama la cultura mexicana, pero odia el proceso histórico que dio lugar a esa cultura que ama. Es de psiquiatra»
P.- Se pregunta quién ha construido nuestra memoria y quién ha sembrado la semilla de destrucción. ¿Cuál es su respuesta?
R.– Una mezcla entre anglosajones y marxistas. Todas las independencias están manoseadas por la masonería anglosajona, que influye en los gobernantes: los ingleses principalmente en Sudamérica, los norteamericanos, particularmente en México. Es un proceso muy curioso. Este país nace en 1821 todavía católico, hispanohablante, y Agustín de Iturbide dice: «Hay que desatar el nudo sin romperlo, porque somos hermanos de los que están del otro lado del océano». Pero para cuando llegas a Benito Juárez, ya los liberales de mediados del XIX están dispuestos a echarse en manos de los norteamericanos con tal de gobernar ellos. Y los Gobiernos liberales pasan a laicos, y de ahí a comecuras, hasta llegar a la Revolución, que es particularmente atea, y luego a la guerra cristera, con las matanzas de cristianos. Estados Unidos interviene para intentar destruir la tradición hispana.
P.- En las épocas de crisis revive el fantasma de Hernán Cortés. Eso explicaría por qué Andrés Manuel López Obrador, antecesor de Claudia Sheinbaum, de repente exige al Rey de España que pida perdón «por el genocidio». Y lo hace cuando su gobierno estaba desbordado por la corrupción, la criminalidad y el narcotráfico.
R.– Yo creo que en ese caso en particular ni siquiera es por eso. Eso pasa con el actual gobierno: vamos a distraernos de todos los verdaderos problemas. Lo de López Obrador era absolutamente ideológico. Es un hombre cegado por la ideología. Claro, se ha vendido como el gran defensor del pueblo. La narrativa de conquista viene a decir que ni siquiera 200 años después de la independencia nos hemos recuperado de todas las cosas horribles que nos hicieron los españoles. El origen de toda nuestra miseria es la conquista, y yo voy a defender al pobre pueblo de esa injusticia histórica pidiéndole al Rey que se disculpe.
P.- ¿Qué le parecieron las palabras de Felipe VI, reconociendo que hubo abusos?
R.– Todo lo que dijo el Rey es verdad. ¿Hubo abusos en ese proceso? Sí. Pero es que hay abusos en toda la historia de la humanidad, de Persia a Grecia. ¿Quieres abusos en Mesoamérica? Ahí tienes los aztecas. En América se estaba cometiendo un genocidio cuando llegó Hernán Cortés. Sacrificaban a 10.000 personas al año. Una ciudad al año en promedio. Tener una maquinaria de sacrificio humano que opera a diario, siempre matando a otros pueblos por ser otros pueblos, es la definición de genocidio. Y eso termina cuando llega Hernán Cortés. ¿Qué le faltó decir al Rey? Que los abusos no eran la norma y que fueron castigados siempre que se pudo. Por eso la Corona no le deja el liderazgo a Hernán Cortés ni a los aventureros. Manda burócratas, administradores, legisladores, veedores, oidores, audiencias, frailes, porque hay que hacer una estructura legal que los proteja a todos, a españoles y a indios. Tienes el caso del Nuño Beltrán de Guzmán, que llega enviado como presidente de la Audiencia y hace de todo menos poner orden: mata, violenta, marca a los indios con hierros candentes. Y ese señor fue denunciado por otro español, el obispo Juan de Zumárraga, juzgado por las leyes españolas, condenado a cadena perpetua y murió en prisión. Los abusos se castigaron porque ese no era el objetivo de lo que estaba ocurriendo, que no era una conquista, sino la expansión de un reino que incluía a los pueblos indios. Yo espero que España no se disculpe nunca.
P.- Frente a estas exigencias periódicas de disculpas, ¿qué es lo que, en su opinión, tendría que hacer España?
R.– Ignorarlas por completo. Ya que hoy en día todos juegan al ofendido, si España se disculpa, el ofendido seré yo y muchos mexicanos. De este proceso al que llamamos conquista, nació el México mestizo, hispanohablante y cristiano que somos hoy. Nacieron nuestras ciudades virreinales, nuestras catedrales, nuestra música, nuestra gastronomía. Todo. Este México existe porque la historia fue lo que fue. Y que España pidiera disculpas por ese proceso sería terrible, sería como decir a México: lamento que existas.
P.- Creo que usted acompañó a Isabel Díaz Ayuso en su viaje por México, un tanto accidentado. ¿Cometieron algún error?
R.– Yo no acompañé a Isabel Díaz Ayuso en su viaje, yo coincidí con ella en un evento muy bonito, con Nacho Cano, por el musical de Malinche, para conmemorar la evangelización y el mestizaje en México. Yo di un discurso. Isabel Díaz Ayuso dio el suyo. No sé si se equivocó o no, porque no sé qué objetivo perseguía, porque con los políticos nunca se sabe (risas)… El tema es saber medir… Porque Díaz Ayuso dijo que México no existía antes de Hernán Cortés, y es verdad. Existían todos esos pueblos, sí, pero no eran México, eran enemigos. Todos esos pueblos son parte de un todo a raíz de que llegó Hernán Cortés y a raíz de que llegó España. Entonces lo que dijo Isabel Díaz Ayuso es correcto. México no existía antes de España. Pero por cómo son las cosas… Yo sí puedo decir eso en México, soy mexicano, y no es que me vaya bien diciéndolo. Pero no lo puede decir ella. Bueno, quedó claro que no debió decirlo. Es curioso que esté mal decir la verdad, pero así es esto de la política.
«¿Quieres abusos en Mesoamérica? Ahí están los aztecas. En América se estaba cometiendo un genocidio cuando llegó Hernán Cortés. Sacrificaban a 10.000 personas al año»
P.- Usted escribe: «Comprender a Hernán Cortés es la única forma de comprender México, España y la tan confundida Hispanidad. Somos un conflicto eterno en espera de resolución». ¿Se llegará a resolver alguna vez este conflicto?
R.– No sé, es una enfermedad mental muy grave la que padecemos. Al final no podemos negar la hermandad: estamos igual de locos (risas). Yo quiero pensar que se puede arreglar porque si no, no me dedicaría a lo que me dedico. Sería como la voz que clama solitaria en el desierto, que afortunadamente no lo soy. Pero a veces pienso que no se puede. Es el Estado el que quiere promover estos discursos de odio contra nosotros mismos, tanto en México como en España. El pueblo, los ciudadanos, tenemos que aspirar a ser más poderosos que el Estado.
