Ayuso en México
«Todo quedó empañado por un protagonismo no bien preparado en una disputa histórica extremadamente delicada»

Ilustración de Alejandra Svriz.
La visita de Isabel Díaz Ayuso a México ha sido un compendio de simplificación histórica y torpeza diplomática. No porque no existan argumentos legítimos para discutir el relato oficial mexicano sobre la Conquista, que los hay de sobra, ni porque sea obligatorio plegarse al ridículo nacionalismo telúrico construido por el obradorismo, sino porque intervenir en un conflicto histórico así exige inteligencia, contexto y una investigación previa sobre las sensibilidades que vas a tocar. Ayuso llegó a México a agitar el avispero, pero sin traje de apicultor adecuado. Su intuición política, que tan eficaz le es para ganar una y mil veces el debate en la Asamblea de Madrid, no era suficiente. México es algo mucho más complejo y denso que la montaraz izquierda madrileña.
El problema empezó con una incomprensión radical de la figura de Hernán Cortés. Como ha demostrado Christian Duverger, Hernán Cortés no encaja en la lógica imperial de la Corona española. A Cortés le bastó poner un pie en Mesoamérica para entender que no podía gobernarla ni con la brutalidad de la presencia española en el Caribe ni con la dinámica cruzada de la Reconquista. Tenía delante un jeroglífico: un mundo nuevo, no mencionado en la Biblia, ajeno a la categoría de «bárbaro» del mundo clásico, fuera de la cosmogonía medieval, densamente poblado, de gentes civilizadas, urbanas, refinadas artísticamente, pero idólatras hasta el sacrificio humano y el canibalismo ritual. Su respuesta fue mestizaje y evangelización. La Nueva España que imagina solo podía gobernarse mediante alianzas indígenas, en la misma lógica cultural con que las culturas sedentarias de Mesoamérica asimilaban la constante migración de los nómadas chichimecas.
La Corona reaccionó precisamente contra la autonomía política y simbólica de Cortés. Las Cartas de relación, convertidas en un fenómeno editorial europeo, fueron prohibidas, y Cortés llamado a juicio. No por defender a los indígenas, sino porque la monarquía no podía permitir la aparición de una legitimidad paralela en ultramar. Carlos V quería un virreinato administrado desde arriba, con consejos, burócratas y jerarquías semejantes a las del resto de la monarquía católica. Lo mismo que le había impuesto a Castilla tras la derrota de los comuneros. También quería un clero regular que pusiera en su sitio a las órdenes mendicantes, que recorrían las altas tierras de México predicando la Buena Nueva en náhuatl, mixteco, maya y zapoteco. Cortés, que no era un santo, soñaba con algo más híbrido y acaso más peligroso: una sociedad nueva nacida del pacto y del mestizaje. Fue derrotado en lo personal, pero no en el largo aliento histórico. De hecho, ahí reside precisamente una de las singularidades históricas de Hispanoamérica.
Como explicó John Elliott, basta comparar la experiencia española con la inglesa para comprenderlo. La Nueva Inglaterra puritana no produjo mestizaje ni integración indígena; produjo desplazamiento o segregación de los nativos. En la India británica, siglos después, el patrón fue parecido: clubes reservados, ciudades-fortaleza, distancia racial, administración sin integración cultural. La experiencia hispánica fue distinta, no necesariamente idílica pero sí moralmente superior: mestizaje, continuidad cultural indígena, sincretismo religioso y una cultura compartida. México nace de esa mezcla. Y sin olvidar la tercera raíz, la sangre africana que forma también parte del caldero mexicano.
México mantiene una relación profundamente conflictiva con Cortés. Y esto pese a que Cortés pertenece a la historia mexicana mucho más que a la española. Es una figura constitutiva de México, no de España. La nación mexicana no es una continuidad indígena imaginaria, pero tampoco es una simple prolongación peninsular. Además, la migración europea, judía y libanesa de los siglos XIX y XX moldea al país contemporáneo mucho más de lo que se reconoce y su impronta es visible. Ahí están el abuelo cántabro de López Obrador o los padres judíos asquenazíes de la presidenta. El nacionalismo mexicano moderno, especialmente desde la Revolución, necesitó construir un relato de agravio permanente donde la Conquista apareciera como una violación originaria y el Virreinato como un paréntesis de tres siglos. López Obrador explotó ese relato hasta extremos caricaturescos y Claudia Sheinbaum lo ha heredado parcialmente, aunque con más pragmatismo y menos histrionismo.
Ese victimismo histórico sirve además para ocultar problemas mucho más concretos y actuales. México atraviesa una degradación institucional gravísima. Las reformas judiciales y electorales impulsadas por el eje López Obrador-Sheinbaum han terminado con la autonomía de los poderes del Estado. México ha dejado de ser una democracia. El país se desliza hacia un sistema de poder hegemónico donde el partido gobernante coloniza las instituciones. Mientras tanto, la violencia del narcotráfico devora vidas y haciendas, destruye regiones enteras. Las acusaciones del Departamento de Justicia estadounidense contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, muestran hasta qué punto existe una relación entre poder político y crimen organizado, otra de las herencias envenenadas de López Obrador.
Pero precisamente porque ese contexto existe, Ayuso debió actuar con prudencia. No mezclar la justa denuncia del sistema político mexicano y las necesarias alianzas con los pocos líderes de la oposición que resisten el embate del poder con un discurso chovinista. Sus referencias a Cortés y la Malinche parecían extraídas de una corriente revisionista mexicana extremadamente discutible, esa que tranquiliza a cierta derecha española diciéndole exactamente lo que quiere escuchar: que España llevó la civilización a un continente bárbaro. Es una lectura tan dogmática como la indigenista. Reduce la complejidad de la Conquista y el virreinato a un relato edificante de cruz, imprenta y universidades. Y la historia real es mucho más incómoda, contradictoria y fascinante.
La paradoja de todo esto es que España y México estaban encontrando lentamente una vía razonable para desactivar el conflicto artificial creado por López Obrador y su exigencia de disculpas públicas. Las palabras matizadas de Felipe VI sobre la historia compartida y la actitud mucho más pragmática de Sheinbaum apuntaban hacia una reconciliación discreta. Y es ahí donde el Partido Popular no termina de encontrar una posición inteligente. Entre la culpa descolonizadora de la izquierda española, el victimismo nacionalista mexicano, la extrema derecha española obsesionada con el imperio providencial y la extrema derecha mexicana, que busca en España una retaguardia cultural frente a Estados Unidos, existe un espacio amplio y fértil. Un espacio donde pueden reconocerse simultáneamente los horrores y las grandezas de la experiencia hispánica, la violencia de la Conquista y la realidad creadora del mestizaje, la brutalidad imperial y el nacimiento de una civilización compartida. Ayuso desaprovechó completamente ese terreno.
Y es una lástima, porque Madrid ha desarrollado durante años una relación extraordinariamente positiva con el mundo hispanoamericano. La integración de comunidades latinoamericanas en la capital española funciona mejor que en el resto de las ciudades españolas. Las políticas culturales sobre la lengua común y la hispanidad impulsadas desde la Comunidad de Madrid son valiosas y genuinamente integradoras. Su postura ante el exilio cubano y venezolano, entrañable y justa. Todo eso quedó empañado por un protagonismo no bien preparado en una disputa histórica extremadamente delicada. Sin descartar que mucho de lo que se ha dicho sea una distorsión malintencionada del Gobierno mexicano y sus satélites mediáticos, Ayuso podía haber reivindicado la complejidad de Cortés, sus luces y sus sombras. Podía haber recordado que México fue tierra de acogida para miles de españoles: los republicanos del exilio, los emigrantes económicos de distintas épocas. Podía haber hablado de una relación bilateral construida sobre afectos reales y no sobre fantasmas ideológicos. Podía incluso haber criticado con firmeza el deterioro democrático mexicano sin convertir la Conquista en una provocación identitaria. Pero para eso hacía falta densidad intelectual y fineza diplomática. Y el viaje terminó revelando exactamente lo contrario.