The Objective
Ricardo Cayuela Gally

Carne de cañón

«La lectura no es falsa erudición, sino una manera de moldear nuestro cerebro para así entender mejor los murmullos del amor y los negros heraldos de la traición»

Opinión
Carne de cañón

Ilustración generada con IA.

El metro, el tren de cercanías, el consultorio, la sala de espera burocrática, la playa, viejos territorios de la lectura, están hoy colonizados por el móvil, en una suerte de epidemia colectiva. Sin importar la edad, el sexo, la raza ni la pinta, lo que unifica a la humanidad, diría en su primer informe un extraterrestre distraído, es esa jeringuilla de radiofrecuencia a la que están todos atados, verdadero potro de rabia y miel para el que no existe metadona. ¿Qué dices, amargadito, si el móvil no es otra cosa que una terminal de lectoescritura, una ventana al mundo del conocimiento, una oficina portátil?; me corrige el ímpetu no analógico de mi cerebro. Y, además, afirma sentencioso: nunca se ha leído (ni escrito) tanto.

Pero, maltrecho superviviente de la galaxia Gutenberg, con decenas de libros abandonados haciendo equilibrismo en la mesita de noche, me resisto a llamar lectura a esas cápsulas de fragmentación, minúsculas y arbitrarias, servidas sin orden ni concierto por el algoritmo de nuestras redes sociales, tumbas que cavamos con la pala de nuestro refinado buen gusto. Tarumba, insiste mi yo digital, ¿en serio no te das cuenta de que el móvil mantiene vivo el arte de la correspondencia, hace realidad el viejo sueño de conversar por escrito y te permite realizar toda suerte de investigaciones? ¡Estás a un clic del hallazgo trascendente!

Como todo lo divino y lo humano, ya lo dijo antes Lichtenberg: «Un móvil es como un espejo negro: si un mono se asoma a él, no puede ver reflejado a un apóstol». Y, ¿qué veo cuando me asomo al espejo negro de mis compañeros de infortunio, otra vez detenidos entre Pinto y Valdemoro? Allá, vídeos de gatitos; acá, un gamer trata de sobrevivir en Minecraft, mientras acullá Shakira mueve las caderas. Para colmo, el único ser analógico en el vagón grita que va en el tren y que los torreznos estaban cojonudos, sentencia que, por otra parte, intuyo correctísima.

Salgo de la trampa mortal de Óscar Puente (trenes cancelados, retrasos convertidos en norma, Atocha otra vez saturada) involuntariamente impuntual, y me dirijo a la cita a toda velocidad (es una licencia) a través del señorial parque. Es abril y no huele a azahar —no estoy en Córdoba, tristemente—, sino a dopamina (sí, ya sé que es inodora, pero se palpa): con la sonrisa boba del posado —soldaditos de plomo de la autoestima rota convertidos en píxeles, perritos de Pávlov de la gratificación instantánea—, miles de divinos narcisos se autorretratan delante de una estatua anodina, por cuyas venas corre, sin embargo, más sangre que en las suyas. Lo anticipó Lezama Lima: «Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pleamar fugó sin alas».

La lectura es un aprendizaje. Una gimnasia mental. Un proceso interno sin recompensa externa. Un camino sin meta. La lectura apenas mitiga nuestra ignorancia. Una vida de lectura alcanza tan solo para unos pocos miles de libros. Estamos condenados a no saber casi nada. Pero la lectura no es falsa erudición, sino una forma de estar en el mundo, una manera de moldear nuestro cerebro para así entender mejor los murmullos del amor, las lisonjas de la falsa amistad, los negros heraldos de la traición. La lectura es una ventana a los potros salvajes de la imaginación. La lectura intensifica los sabores de la vida, dulces y amargos por igual, aunque para ello te separe momentáneamente del flujo de la vida. La lectura es umami. Es un diálogo con los sabios del pasado (lo dijo mejor Quevedo), una máquina gratuita de empatía, la única forma de escapar a los límites de nuestra vida (solo podemos estar en un lugar a la vez y el día solo tiene 24 horas) y viajar por los confines de la experiencia humana sin aduanas ni fronteras (lo dijo mejor Vargas Llosa). La lectura es la velocidad de la luz de la conciencia, la energía invisible que mantiene vivo al espíritu humano. Pero la lectura requiere silencio, tiempo, concentración y aislamiento. Es decir, la lectura está muerta.

«Sin importar la edad, el sexo, la raza ni la pinta, lo que unifica a la humanidad, diría en su primer informe un extraterrestre distraído, es esa jeringuilla de radiofrecuencia a la que están todos atados»

Dicho de otra guisa, me resisto a creer que ese devorador de TikTok en público, instalado en la soledad de su casa, se transforma en un lector voraz de Ezra Pound, de Olga Orozco, de José Watanabe. Pero estoy siempre dispuesto a que me demuestre lo contrario y ampliar así la cofradía. Sumar un ingrávido a la resistencia. La lectura sucede en un mundo paralelo, pero al mismo tiempo es la mejor guía para orientarse en este bajo mundo sublunar. Sí, ya sé que ya lo dije. También es un ¡fuera máscaras! Juro que he cortado amistades, cancelado ligues, postergado cenas sine die cuando descubro que el otro dice, orondo, que le gusta Benedetti como poeta. La lectura es la certeza de la subjetividad. 

La lectura está muerta. Pronto lo estará también la escritura. No se puede escribir sin leer o, seamos indulgentes, haber leído previamente. La solución que detecto es peor que la enfermedad. El sonsonete monocorde de la IA replica en todos los textos y sus recursos de parvulario son reconocibles al instante: sus síes pero noes, tan prudentes y ecuánimes. Sus repeticiones cansinas en todos los párrafos de la misma idea. Y sus dos puntos falsamente conclusivos: ¡he dicho! Escribir no es programar al «muñeco», como lo llama mi mujer, para que trabaje por nosotros. Hay días en que detecto 10, 12 textos escritos con su ayuda mientras desayuno con la prensa. Y pronto llenará también todas las estanterías, donde ya vegetan los primeros volúmenes no escritos por humanos, cargados de esa ecuanimidad impostada, esa redacción aséptica, esa nadería. Como nadie lee, qué más da. El círculo se cierra: que con su pan se lo coman.

Si la lectura está muerta, ¿por qué sobrevive el libro? Porque el libro conserva aún su aura de objeto de prestigio, su carga simbólica sigue encendida, es todavía percibido como una mercancía valiosa. Esta idea es de Ignacio Camacho. El libro vive de la estela de su hechizo, de la alargada sombra de su espejismo. Y solo como regalo, como superstición compartida, aunque el vudú tenga la forma inane de Uclés. Pero no olvidemos: un libro sin lectores es sólo un amasijo de papel y tinta. Un libro sin lectores es puro ecocidio. Por cierto, y con esto acabo esta optimista tarjeta de felicitación retrasada por el día del Libro, el tiempo de lectura no existe. Nadie lo tiene. Todos estamos cansados, ocupados y distraídos. Uno debe otorgárselo. Es el obsequio que uno se hace a sí mismo en correspondencia con el incomprensible milagro de estar vivos.

Con el dedo índice lacerado por el móvil, y la vista adulterada por el furor ultravioleta, cautivos y desarmados, ateridos de miedo por el triunfo de los bárbaros, que somos nosotros mismos, los ciudadanos nos dirigimos al matadero, pura carne de cañón analógica en el nuevo festín caníbal de los amos digitales.

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