Zapatero, el huevo de la serpiente
«La idea clave de Sánchez es el control del aparato del Estado, por ello coloniza instituciones neutrales y condiciona empresas reguladas»

Ilustración de Alejandra Svriz.
José Luis Rodríguez Zapatero aparece en la historia como la respuesta del Partido Socialista a la mayoría absoluta de José María Aznar en el año 2000. La izquierda española llevaba lustros convencida de que la alternancia, aunque inevitable en toda democracia plena, era en la práctica imposible moralmente, en tanto que encarnaba la jerarquía moral del país, a lo que contribuían de manera enorme el estamento cultural, universitario, mediático y artístico. Por eso la victoria de Aznar en 1996 fue interpretada como un accidente derivado del desgaste terminal del felipismo: corrupción sistémica, GAL, clientelismo, crisis, deuda. El agotamiento de ciclo no importaba frente al hecho indisputado de estar del lado correcto de la historia.
La sorpresa llegó después. Aznar no solo gobernó sin desmontar libertades ni instalar un franquismo sociológico, como alertaba la izquierda mediática, sino que además gestionó una etapa de expansión económica inédita. España crecía, entraba en el euro, atraía inversión, consolidaba una clase media patrimonial y aspiraba a jugar un papel atlántico. La mayoría absoluta de 2000 fue el momento decisivo. La izquierda comprendió entonces que el «problema» no era coyuntural. La sociedad española podía acostumbrarse a votar a la derecha sin mala conciencia. Y eso era intolerable para un ecosistema político e intelectual construido sobre la identificación entre progreso y hegemonía socialista.
Ahí nace el zapaterismo como proyecto histórico. No como un programa de gobierno, sino como una operación ideológica amparada en los amplios márgenes del Estado del bienestar europeo. La idea es más vieja que los cerros y es puro Carl Schmitt: polarizar en la dialéctica amigo-enemigo. Zapatero aplica esa lógica a una sociedad que había normalizado la alternancia. Había que impedir que PP, pero también PSOE, fueran vistos como dos partidos homologables —democristiano y socialdemócrata— dentro de una democracia liberal europea. Era necesario devolver a la derecha al basurero de la historia, al rincón de la sospecha moral.
La instrumentalización inmoral del 11M proporcionó la ventana histórica. Aznar había decidido limitar su Gobierno a dos mandatos consecutivos en un fair play democrático que nadie recuerda. La inesperada derrota del PP, ahora con Mariano Rajoy al frente, no fue solo electoral. Fue interpretada como una victoria moral. Zapatero llega al poder sin experiencia vital ni luces intelectuales —su experiencia de mundo se limitaba a ser licenciado en Derecho por la Universidad de León y a actuar como un apparatchik socialista—, pero con una intuición mefistofélica: había que convertir cualquier discrepancia en un dilema identitario, el fantasma de las dos Españas.
La división debía operar en varios planos al mismo tiempo. En el simbólico, mediante la reapertura permanente de la Guerra Civil como fuente de legitimidad contemporánea, justo lo contrario de lo que representó la Transición. En el plano territorial, España dejaba de concebirse como nación histórica para pasar a definirse como un agregado artificial de nacionalidades en negociación constante. En ese sentido, el anuncio de que aceptaría cualquier reforma del Estatuto aprobada por el Parlament catalán fue mucho más que una demagogia electoral: implicaba reconocer una soberanía política implícita al Parlamento catalán, donde constitucionalmente solo existía autonomía administrativa.
En política exterior, el movimiento fue igual de consciente. Zapatero entendió que el antiamericanismo seguía siendo un cemento emocional eficaz en la izquierda y alineó la política internacional española sobre esa base. La retirada de Irak funcionó como gesto inaugural. España abandonaba la aspiración de actor estratégico para regresar a una posición simbólica, puramente sentimental.
El matrimonio homosexual fue presentado menos como una ampliación de derechos civiles que como un mecanismo de delimitación moral: quien dudara quedaba situado fuera de la modernidad. La derecha quiso aceptarlo pidiendo tan solo un cambio cosmético de vocabulario, pero Zapatero obviamente se negó. El consenso era anatema.
«Zapatero aplica esa lógica a una sociedad que había normalizado la alternancia»
Lo más grave, sin embargo, ocurrió con las negociaciones con ETA. Se rompió el consenso antiterrorista y la dinámica según la cual era posible derrotar a la banda desde la ley, para sustituirla por unas turbias negociaciones a espaldas de la oposición y de la opinión pública, que se saldaron con la legitimación del discurso etnicista de ETA y de sus satélites. Además, cualquier resistencia a ese proceso se vendió como prueba de la pulsión autoritaria de la derecha.
El zapaterismo podía administrar relatos, pero no entendía la economía. Estaba claro que no bastaban dos tardes. Durante su administración, España vivió una expansión artificial sostenida por deuda, crédito barato y burbuja inmobiliaria. El Gobierno confundió ingresos extraordinarios con prosperidad estructural y negó la crisis que azotaba al mundo desde 2008.
Entonces apareció el verdadero límite del proyecto. Para evitar el rescate y la posible expulsión del euro, hubo que ejecutar recortes, reformas y ajustes incompatibles con la narrativa gubernamental. El Gobierno que había convertido la política en sentimentalismo identitario tuvo que someterse de golpe a la aritmética financiera. No había ya retruécanos gramaticales a los que acudir y Zapatero abdicó de presentarse a la reelección. Solo Alfredo Pérez Rubalcaba logró contener parcialmente la destrucción electoral gracias a su elevada capacidad dialéctica.
Rajoy heredó un país exhausto y no entendió la naturaleza del adversario. Creyó que la crisis había desacreditado definitivamente el ciclo anterior y que bastaba con restaurar crecimiento, empleo y normalidad institucional. Gobernó como si la polarización hubiera sido un exceso pasajero. No comprendió que el conflicto no era solo económico, sino cultural y emocional. Y mientras el PP administraba la crisis heredada —la mayoría de los electores piensa que los recortes fueron del PP—, la izquierda siguió construyendo marcos de legitimidad. Por eso, si dejamos de lado el cinismo de la clase política catalana, el procés es la consecuencia lógica del zapaterismo. España, concebida como realidad artificial, inevitablemente laminaba la soberanía nacional. La respuesta institucional de 2017 evitó la ruptura gracias al Rey, a sectores de la judicatura y a una parte de la sociedad civil catalana heroica, pero dejó intacta la arquitectura ideológica que había permitido llegar hasta allí.
«La respuesta institucional de 2017 evitó la ruptura gracias al Rey»
Pedro Sánchez representa la sublimación de este modelo, su perfeccionamiento. La amnistía constituye el punto culminante porque introduce una idea decisiva: la ley ya no es el marco común, sino un instrumento contingente en manos del poder. En el frontispicio de la amnistía hay un lema en toscano antiguo: «Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate».
La lógica amigo-enemigo con Sánchez alcanza una dimensión delirante, de pura ingeniería humana. Y, además, España se desplaza hacia el eje bolivariano en América Latina, bucea en el pozo del antisemitismo para colocar a España equidistante entre Hamás e Israel y apuesta, con un grado máximo de irresponsabilidad, por China en la lucha de gigantes por la hegemonía mundial.
La idea clave de Sánchez es el control del aparato del Estado, con sus enormes ramificaciones; por ello coloniza instituciones neutrales, condiciona empresas reguladas, apoya redes mediáticas afines y ocupa como un pulpo organismos públicos mientras deslegitima los controles democráticos: la prensa libre, el poder judicial y la oposición política. Jean-François Revel describió esta dinámica en La tentación totalitaria: la inclinación de ciertos actores políticos a justificar cualquier exceso en nombre del bien.
Hasta aquí la parte decente del proyecto socialista. La otra implica descubrir que esta dinámica era solo una fachada, un parapeto para el latrocinio. Pero esa, por suerte, está en manos de los jueces. El juicio de la historia será indulgente en comparación.