Los votantes del PSOE y la suspensión de la incredulidad
«El problema es que, por más que me esfuerzo, no veo el respeto a la coherencia interna, la fidelidad a la lógica propuesta de la ficción socialista en sus actuaciones»

Ilustración generada con IA.
Carlos Granés, en su brillante libro El rugido de nuestro tiempo, descubre el perturbador cruce entre arte y política que marca nuestra era. La idea es que la política se ha contaminado de la rebeldía y provocación del arte de vanguardia —para mal—, llenándose el escenario político de payasos iconoclastas, y el arte se ha contaminado de la mesura y respetabilidad de los antiguos políticos de la era democrática —para mal—, llenándose la escena artística de censores, buenas conciencias adoloridas que nos regañan desde el púlpito de su superioridad moral con el dedito levantado. El mundo al revés. Lo interesante es que esto no solo sucede entre los protagonistas, políticos encumbrados y artistas de renombre, sino entre sus respectivos públicos, que podríamos calificar de feligresías.
Fue Coleridge el primero en pensar seriamente por qué los seres humanos aceptamos con total naturalidad las mentiras de la ficción. Y acuñó una frase que se ha citado infinidad de veces: «la suspensión voluntaria de la incredulidad», ese pacto tácito entre público y creador que constituye la «fe poética» y borra la prevención natural de la mente contra las mentiras de la ficción. Algo parecido a la forma en que juegan los niños a piratas y marineros. Por cierto, quien mejor ha estudiado a los románticos ingleses entre nosotros es Jordi Doce en su premiado ensayo Imán y desafío.
La «fe poética» sirve tanto para una novela de pura fantasía, como El señor de los anillos, como para Conversación en La Catedral, cumbre de la escuela realista. Vale para dragones o para el alter ego del autor. Es esta fe la que nos permite ver detrás de ese siniestro artesonado de papel cuché un jardín encantado y lo que nos permite aceptar sin reírnos que James Bond salte de un descapotable en llamas a un helicóptero en vuelo rasante sin perder la flema británica. La única exigencia es la coherencia interna, que la ficción no rompa las reglas de juego que ella misma propone. Ese es, de hecho, el clavo ardiente al que se agarran los creadores woke cuando trasladan la maravillosa pluralidad de la sociedad actual al pasado y convierten a la corte isabelina en un anuncio de Benetton.
Todo esto para decir que he renunciado a entender al Gobierno de Pedro Sánchez, que es, como bien explicaba el sábado Félix de Azúa en estas páginas, una simple maquinaria de supervivencia política para evitar los pasos de la justicia y que fue, desde el principio, aun antes de llegar al poder, una mafia organizada para el robo y la mentira. Y que, desde luego, hará todo lo que esté en sus manos, legal e ilegalmente, para permanecer en la Moncloa, aun a riesgo de pervertir las reglas del juego democrático, como clama con toda razón Guadalupe Sánchez en sus dos últimas entregas. Lo que me interesa es entender a sus electores, a ese votante fiel del PSOE que no va a cambiar por nada del mundo, pase lo que pase, y que ha decidido suspender voluntariamente su incredulidad. Para Manuel Arias Maldonado, según explica en (Pos)verdad y democracia, la razón es que el mundo se ha vuelto tan complejo, con tantos relatos y verdades en disputa, que el votante normal simplifica sus opciones y decide comprar un único relato que le oriente sin necesidad de tener que confrontar visiones.
Esto, claro, tiene un correlato en los medios, muchos de los cuales han dejado de ser espacios de reflexión e interpretación de la realidad para convertirse en trincheras partidistas. Lo vemos estos días en que quiso la buena estrella del presidente del Gobierno que el juicio por el caso de las mascarillas de Koldo, Ábalos y Aldama como protagonistas coincidiera en el calendario judicial con la deriva más perturbadora de la trama Gürtel, la Kitchen, el intento desde el Ministerio del Interior de desviar y adulterar la investigación a la que era sometido el tesorero del partido, Bárcenas, y su famosa caja B. Así, cada parte se queda con su agravio moral y con sus razones que lo refuerzan sin mirar nunca a la acera de enfrente.
«Lo que me interesa es entender a sus electores, a ese votante fiel del PSOE que no va a cambiar por nada del mundo, pase lo que pase, y que ha decidido suspender voluntariamente su incredulidad»
El problema es que, por más que me esfuerzo, no veo el respeto a la coherencia interna, la fidelidad a la lógica propuesta de la ficción socialista en sus actuaciones. ¿Partido feminista, entre prostitutas, queridas enchufadas y vejaciones verbales?; ¿venir a regenerar la vida pública? Esa fue la peregrina excusa de la moción de censura donde inician todos estos horrores, mientras se amañaban contratos desde el minuto uno con un cinismo y una avaricia vulgar que hacen enrojecer a Torrente, ese precursor y catalizador, cuya coherencia interna es mucho mayor que la de este entramado académico que conforman el doctor en economía Pedro Sánchez y la directora de máster Begoña Gómez.
Esto no es, por supuesto, un fenómeno exclusivo. Todo votante tiende a proteger el relato propio y a disculpar sus grietas. La suspensión voluntaria de la incredulidad es, en alguna medida, el cemento de cualquier identidad política. Lo llamativo aquí no es su existencia, sino su intensidad y, sobre todo, su resistencia frente a contradicciones cada vez más evidentes.
Las encuestas son constantes. Dejo de lado las ficciones de Tezanos porque no tengo tanta fe poética en su cocina. El PSOE no baja del 25% de intención de voto. Si asumimos que la gente que se abstiene de votar votaría igual que los que lo hacen, con el leve sesgo que se quiera, uno de cada tres españoles está encantado, hechizado, ha suspendido voluntariamente (o no, según el monto del subsidio) su incredulidad.
Donald Trump, en su primera campaña, sorprendido de la credulidad de los votantes americanos y de que no lo condenaran pese a sus asertos racistas y sus flagrantes mentiras, dijo aquello de que podría salir a la Quinta Avenida y disparar al azar a un transeúnte y aun así lo votarían. Imaginemos que Pedro Sánchez le toma la palabra y, apostado en la Gran Vía, decide llevar a la realidad las fantasías de su némesis. La meliflua condena del editorial de El País empezaría con la palabra «pero»; los tertulianos en la radio y la televisión hablarían con conocimiento de las reglas de la legítima defensa, todos de manera sincronizada; Bolaños llamaría facha a Cayetana Álvarez de Toledo en el Congreso y la televisión pública demostraría con un borroso vídeo que Sánchez, en su agudeza, se estaba adelantando a un ataque peor, inminente y devastador de la derecha extrema y la extrema derecha. En fin, mejor volvamos a la ficción coherente, esa donde Gregorio Samsa se despierta una mañana, después de un sueño intranquilo, para descubrir sin salir de su cama que se ha convertido en un monstruoso insecto. Qué alivio lógico.