The Objective
Andreu Jaume

Zapatero o el bien destructivo

«Zapatero, jugando a ser el cuerpo incorrupto de la Iglesia, ha terminado entrampado en la corrupción de unos regímenes totalitarios consolidados»

Opinión
Zapatero o el bien destructivo

Ilustración de Alejandra Svriz.

Hay una escena en la película Nixon (1995) de Oliver Stone, en la que el malhadado republicano, interpretado por un camaleónico Anthony Hopkins, contempla un retrato de John F. Kennedy y se dice a sí mismo: «Cuando te miran a ti, ven lo que quisieran ser, y cuando me miran a mí, descubren lo que son». La escena, de vibras shakesperianas, sirve hoy para ilustrar la súbita desilusión que estos días ha invadido el espejo de cuantos se reconocían en la imagen mesiánica de José Luis Rodríguez Zapatero, el presidente que se acostó siendo nuestro Kennedy para despertarse, gracias a un auto judicial, convertido en el escarabajo de Nixon. El desencanto que ha embargado a nuestros creyentes se explica sobre todo porque, en el imaginario sentimental del país, los indicios de corrupción —sobre todo de ese tipo de corrupción— corresponden exclusivamente a la derecha. El portavoz de esa perfecta falacia patética es sin duda Gabriel Rufián, que con su demagogia mussoliniana le advirtió no hace mucho al presidente del Gobierno en el Congreso aquello de: «Grábenselo a fuego, señorías del PSOE, la izquierda no puede robar. No podemos robar». Y luego, señalando a la bancada del PP y Vox, remató diciendo: «Estos señores, sí». 

Reparemos en que Rufián, el nuevo monaguillo de esa Iglesia, no estaba condenando la corrupción en la cosa pública, sino tan solo pidiendo que el latrocinio siguiera siendo practicado por sus naturales perpetradores con el fin de que los redentores de siempre pudieran seguir acusando y ostentando el poder. La perversión, lejos de ser una mera ingenuidad de alguien sin memoria y por tanto sin moral, constituye la perfecta síntesis del clima de opinión que ha hecho posible un fraude como el que encarna Zapatero. Su presunta culpabilidad en los delitos que se le imputan hunde sus raíces en una forma de entender la política que ha terminado por ser tan devastadora precisamente por haberse arrogado la pureza inviolable e infalible de las buenas intenciones. Pero la bondad, como tantas otras virtudes de índole personal, no tiene nada que hacer en el espacio público. Antes de explicarme, de todos modos, no queda más remedio que rebobinar.

No somos pocos los que en mi generación confiamos en Zapatero cuando ganó por primera vez las elecciones en 2004. Entonces no habíamos cumplido aún los 30 y llevábamos bastante tiempo desencantados con el panorama político —o quizá sería mejor decir desentendidos del mismo—, sin que nada nos preocupara demasiado. Nacidos con la democracia, habíamos llegado a la edad civil muy decepcionados con los últimos Gobiernos de Felipe González, que vivía una lenta agonía rodeado de una corrupción cada vez más indigesta. Al mismo tiempo, desconfiábamos de una derecha que nos parecía premoderna en muchos aspectos, lo mismo, hélas, que la izquierda más radical, como siempre aliada en este país con el nacionalismo más reaccionario. Ahí estaba la Izquierda Unida de Julio Anguita, que se presentaba con Iniciativa per Catalunya, el partido que custodiaba las ruinas de aquel PSUC que había sido el maestro de Jordi Pujol, nada menos, en su idea de que Catalunya és un sol poble, el adagio que escondía la putrefacta segregación clasista de la que ha vivido y sigue viviendo el nacionalismo —ayer Pujol y Mas, hoy Salvador Illa, qué más da— con el beneplácito y la obsecuencia vergonzosa de toda la izquierda. 

Los atentados del 11-M de 2004 en Atocha y la posterior manipulación informativa por parte del Gobierno de José María Aznar consiguieron movilizarnos como no lo había hecho nada en nuestra breve historia electoral. (Ya entonces, de todos modos, aquel cálculo que se oía en tantos corrillos y que pronosticaba una mayoría absoluta al PP si la matanza era de ETA, o su derrota si se confirmaba la hipótesis yihadista, me parecía y me sigue pareciendo nauseabundo, asomo de la cara siniestra de la democracia, pocas veces denunciada). De pronto, un candidato que nunca nos había entusiasmado parecía que podía cambiar las cosas con aquel súbito sorpasso, el milagro que siempre imbuye al votante joven de una especie de poder taumatúrgico para transformar el mundo. La bonanza económica y las primeras leyes con las que se ampliaron derechos —el matrimonio homosexual o la dependencia— nos congraciaron con un Gobierno que parecía cumplir con su programa.

Las primeras señales de alarma, de todos modos, llegaron con el embrollo del Estatuto catalán, impulsado por un Maragall senil al calor de la promesa que había hecho Zapatero por haber recibido el apoyo del PSC como secretario general del PSOE. Ahí de pronto vimos aparecer a un presidente que se enredaba en incomprensibles disquisiciones jurídicas, poéticas y redentoristas para justificar un compromiso que no sabía cómo cuadrar con el resto de sus federaciones ni tampoco con la ley fundamental. Su promesa fue que aquel estatuto solucionaría el problema catalán «para siempre». Y en aquella voluntad de eternidad ya se empezaba a incubar lo que sería el intento de secesión de Puigdemont y compañía, la crisis de Estado más grave que hemos vivido en la democracia desde el 23-F.

«Nacidos con la democracia, habíamos llegado a la edad civil muy decepcionados con los últimos Gobiernos de Felipe González, que vivía una lenta agonía rodeado de una corrupción cada vez más indigesta»

Algo parecido intuimos con su arriesgada operación de volver a la Guerra Civil para recuperar un discurso del victimismo que —en la teoría— pretendía dar sepultura a los muertos que aún no la tenían, pero que en el fondo quería instituir una memoria de parte en el relato oficial del conflicto. Su morboso y sospechoso interés por vengar el nombre de los republicanos vencidos, por otro lado, contrastaba con su creciente voluntad de propiciar una amnesia inmoral y servil con respecto a todo lo que tuviera que ver con el terrorismo de ETA. En esa cuestión volvió a aparecer el presidente visionario que se consideraba dueño de una verdad mistérica, hasta que le estalló una bomba en Barajas que desfiguró su sempiterna sonrisa beatífica en una mueca que era el trasunto de la prosaica realidad. Aun así, pasados los años y sumido ya el país en la ruina económica que le obligó a recortar sueldos, pensiones y alargar la edad de jubilación, Zapatero no dudó en atribuirse el mérito por el fin de la violencia de ETA, como ha seguido haciendo con creciente impudicia en estos últimos años, humillando la memoria y el reconocimiento de todos los que de verdad se enfrentaron a la banda y que han sido olvidados y ninguneados por el pacto contranatura de Sánchez con Bildu, bendecido, por supuesto, con su angélico visto bueno.

Alguna vez he comparado a Zapatero con Mr. Chance, el personaje interpretado por Peter Sellers en Being There (1979), un jardinero de inteligencia muy limitada que de pronto tiene que abandonar la casa donde siempre ha servido y salir por primera vez al mundo. Una serie de azares lo conducen a las esferas de poder en Washington, donde sus metáforas sobre flores, abonos y maneras de podar se interpretan como una extraña sabiduría zen que pronostica ciclos económicos, aupándole hasta la mismísima presidencia de los Estados Unidos. Más allá del sarcasmo, el símil sigue siendo útil para ilustrar hasta qué punto puede llegar a ser destructiva y fraudulenta una concepción del poder basada en la exhibición del bien.

La bondad, por su propia esencia, es siempre de índole privada. Por ello, cuando se hace pública, al dejar de estar oculta en la persona en la que se cifra, se adultera inmediatamente porque ha sido transferida a un espacio que por su propia constitución es supramoral. Ese ámbito debe ser regido y atendido de acuerdo a unos principios propios de la naturaleza pública. Una determinada ley no puede ser bondadosa o malvada, sino que debe ser justa de acuerdo con una serie de parámetros compartidos por toda una comunidad política. La reciente ley de amnistía, por ejemplo, auspiciada por supuesto por el gurú Zapatero, podrá ser todo lo bondadosa que se quiera, pero en el fondo es tremendamente injusta y por ello deletérea. 

Fue Maquiavelo el primero en advertir, en unas célebres páginas de El príncipe, cómo la esfera pública debía protegerse de la injerencia de la Iglesia católica, tratando de hacer entender a los hombres «cómo no ser buenos». Por supuesto, Maquiavelo no quería decir que debíamos ser malvados, sino que justamente la acción política no podía guiarse por las mismas motivaciones que inspiran la vida moral. El gobernante no debe hacerse grandes ilusiones con respecto al alma humana ni en general sobre el mundo, sino que debía anticiparse siempre a lo peor. En la Condición humana (1958), Hannah Arendt comentó con detalle esta reflexión de Maquiavelo, secundándola y aclarando que para el italiano «la razón por la que la Iglesia tuviera una corruptora influencia en la política italiana» se debía «a su participación en los asuntos seculares como tales» y no «a la corrupción individual de obispos y prelados». Para él, según Arendt, la alternativa planteada por el problema del dominio religioso sobre la esfera secular era ineludiblemente esta: «O la esfera pública corrompía al cuerpo religioso y, por lo tanto, también se corrompía, o el cuerpo religioso no se corrompía y destruía por completo la esfera pública». 

El problema no ha dejado de agravarse en la modernidad, sobre todo a medida que la injerencia de la Iglesia católica en la esfera secular ha sido desplazada por la invasión de la «ideología», que, tal y como pronosticó Maquiavelo, ha terminado por destruir a la esfera pública, una destrucción a cuya culminación más dramática estamos asistiendo en nuestro propio tiempo. La coincidencia de posturas ideológicas aparentemente tan dispares como las de Trump y Sánchez en la degradación institucional se explica por ese proceso en que el cuerpo religioso, transmutado en sectarismo, se adueña del ámbito secular y lo inutiliza para el bien común, poniéndolo al servicio de la propaganda de uno u otro bando. 

Zapatero, jugando a ser el cuerpo incorrupto de la Iglesia, ha terminado entrampado —ya se verá con qué responsabilidad penal— en la corrupción de unos regímenes totalitarios a su vez consolidados como tales por ser considerados «salvadores» de acuerdo con el credo de una determinada religión ideológica. Su deshonra en realidad supone el justo escarmiento de una denigrante manipulación sentimental de los asuntos públicos que debería servir como señal ominosa no solo para sus adeptos, sino para todo el espectro político. Porque lo que en el fondo venía a decir el personaje de Nixon en la película de Oliver Stone, al reconocerse como el verdadero y desagradable rostro del pueblo americano, es que la corruzione de los gobernantes, como escribió Maquiavelo comentando a Tito Livio, no es sino el fruto de la corrupción de los propios ciudadanos. 

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