The Objective
Andreu Jaume

La muerte de una civilización

«Trump rubricó su mensaje con un cínico ‘Dios bendiga al pueblo de Irán’, convirtiéndose de palabra en el redentor que emprende la destrucción»

Opinión
La muerte de una civilización

Ilustración generada con IA.

En El destino de la palabra, su imprescindible alegato contra la degradación del lenguaje por la saturación informativa, Adan Kovacsics empieza recordando cómo en el año 2006 el presidente George W. Bush objetó el concepto de «dignidad humana» tal y como se había estipulado en la Convención de Ginebra, considerándolo «demasiado impreciso» para ser entendido y acatado. A su juicio, los presos de Al Qaeda no merecían el trato propio de los «prisioneros de guerra» y podían ser clasificados como «combatientes enemigos ilegales», un grado que permitía la tortura y la vejación. Más allá de la controversia jurídica, Kovacsics constata que en esa suspensión del consenso en torno a la noción de «dignidad» empezó el vaciamiento moral del lenguaje público de nuestro tiempo.

Cuando el pasado 7 de abril, el presidente Donald Trump anunció en su red social que «esta noche morirá toda una civilización para no volver jamás», estaba en realidad culminando ese proceso de desahucio político en el que estamos inmersos, cada día más alarmante por el clima de general indiferencia y claudicación en el que se produce. Hasta donde se me alcanza, solo León XIV salió a improvisar una condena firme ante los periodistas, calificando de «inaceptable» la sentencia de Trump. Se dirá que las palabras del mandatario no eran más que una bravuconada de negociador duro y que no había que tomárselas en serio. Pero se olvida que en esa apreciación radica justamente el desistimiento moral que ha hecho posible la declaración del presidente y su eco en el desierto de la opinión pública, transformada en nuestra época en mera exhibición de una indecencia privada.

Cuando Adan Kovacsics denuncia con crudeza cómo el virus de la información ha matado a la palabra, sigue y mantiene con vida la indignación de Karl Kraus, a quien ha traducido y estudiado como nadie en este país. A principios del siglo pasado, el escritor austríaco ya nos enseñó cómo la tragedia tiene su primer acto en el escenario del lenguaje, que anuncia la catástrofe en forma de su propia aniquilación periodística. Para Kraus, la irrupción del periodismo en el ámbito del espíritu supuso la disolución de la palabra hasta el punto de que «ya no puede haber poetas porque el reportero es uno». Una observación que adquiere toda su amarga verdad si se aplica a la actual cosmología de las redes sociales.

Porque fue en su red social donde el presidente de Estados Unidos, máxima autoridad de una República fundada según un ideario ilustrado, se convirtió en reportero de su propia abyección anunciando a bombo y platillo, con un siniestro imperativo de destino, la muerte de «toda una civilización». Trump no se dirigió contra el régimen de los ayatolás ni contra su ejército, sino contra la «civilización» de Irán, requisito imprescindible para considerar aniquilable a toda su población. Las redes sociales, si bien se mira, propician la materialización de lo que se dice en voz alta, fenómeno que en el caso de un presidente de República como el de los Estados Unidos, sobre todo si se trata de una declaración en forma de profecía, adquiere rango de orden ejecutiva. La obscenidad del acto político nos demuestra hasta qué punto hemos perdido cualquier atisbo de pudor o de vergüenza. En la Alemania nazi, la palabra del Führer sustituyó a la ley como principio rector. Pero ni siquiera Hitler se atrevió a sacar a la luz la aniquilación del pueblo judío, que tuvo que llevarse a cabo en secreto y con alevosía concertada, a sabiendas de que el exterminio no tenía traducción posible dentro del espacio público. Una cosa era el antisemitismo, con su tradición social comúnmente aceptada, y otra muy distinta la Vernichtung, que no por casualidad tenía que ser nombrada en voz baja con el eufemismo de «Solución Final».

Trump rubricó su mensaje con un cínico «Dios bendiga al gran pueblo de Irán», convirtiéndose de palabra en el redentor que emprende la destrucción en nombre de la divinidad que le ampara. El movimiento que va desde la frase «esta noche morirá toda una civilización» al estrambote de la bendición teológica, con que se da por hecha la muerte anunciada, dibuja en realidad la extinción simbólica de lo que un día fue el fundamento de la civilización que representa el estadounidense. Porque si nos sentimos moralmente superiores a regímenes tiránicos como Irán –y tantos otros menos codiciables– es justamente por ciertas ideas relativas a la convivencia, la libertad o la dignidad que no admiten matices ni devaluaciones, sobre todo en el ámbito público, que es el que todos compartimos gracias a un derecho que se basa en un valor objetivo. Si de pronto las palabras ya no importan y el lenguaje se convierte en quincalla, entonces no hace falta pelear por nada y cualquier cosa puede volver a ser posible. 

«Ni siquiera Hitler se atrevió a sacar a la luz la aniquilación del pueblo judío, que tuvo que llevarse a cabo en secreto y con alevosía concertada, a sabiendas de que el exterminio no tenía traducción posible dentro del espacio público»

La frase de Trump ya no es noticia y su sentencia no se ha cumplido, sino que se ha postergado. Con respecto a la guerra, la opinión pública está ya entretenida con otros detalles de la actualidad, gracias a la vertiginosa velocidad —el galope de Gish— con que se suceden los acontecimientos en la cinta del consumo compulsivo de noticias. La mayor bajeza que puede oírse en descargo del presidente es que está consiguiendo sus objetivos y que su estrategia logrará liberar a los iraníes de una teocracia sangrienta. Pero entre tanto, Occidente ha permitido que en su lenguaje ocurra una catástrofe que se ha asumido sin apenas denuncia ni reflexión. El pensamiento está desapareciendo de nuestra esfera pública con escandalosa complacencia, felices todos de llevar la vela en nuestro propio entierro. Gracias al desarrollo tecnológico, la propaganda nos está cegando de un modo que nunca había sido tan eficaz.

Algunos dirán que en el fondo todo esto no tiene ninguna importancia. ¿Pero estamos seguros de lo que estamos afirmando cuando sostenemos algo así? ¿Somos conscientes de cómo se envilece, al decirlo, nuestra mirada obediente? «La información es poder», dice Adan Kovacsics, «por eso su fruto es la impotencia». En este juego de palabras vacías llenas de cadáveres, tras este péndulo diario entre el delirio y la imbecilidad, se va fraguando una lenta y corrosiva desmoralización colectiva que sirve para anestesiarnos ante cualquier barbaridad. «La realidad se disuelve en la representación», escribe también Kovacsics, «y la representación en la realidad». Hasta el punto de que nos estamos quedando sin ninguna experiencia de la verdad.

Y eso nos conduce a este callejón sin salida existencial que supone no creer ya en la trascendencia de las palabras. ¿Qué nombramos al decir dignidad, libertad, inocencia o democracia? ¿Son los valores un producto de la propaganda o hay algo irreductible que subyace a ellos? Se trata de una vieja discusión filosófica a la que, como siempre, se adelantó Shakespeare en una era anterior al periodismo y en la que, por tanto, las palabras aún sonaban y herían. En Troilo y Crésida, una de sus comedias problemáticas, el Bardo puso a discutir a Héctor y Troilo sobre Helena y, hablando del valor de esta última, dice Héctor: «Mas el valor no reside en la voluntad particular / sino que contiene su propia estima y dignidad / tanto en lo que es precioso por sí mismo / como en quien lo valora: es loca idolatría / que el servicio supere al dios / y la voluntad adore inclinándose / aquello que ella misma fomenta infecciosamente / sin ninguna imagen del valor fomentado». 

El significado de la palabra dignidad, por tanto, no puede dejarse al arbitrio de quien gobierna y detiene. (Ya hemos visto las consecuencias de ello en la actuación abusiva y espeluznante de la policía migratoria de Trump). El constante flatus vocis del presidente no es, como sostienen algunos, inocuo, sino que es su propia vaciedad la que va engendrando esa «loca idolatría» que hace de su servidumbre un dios que a su vez adora lo que ella misma fomenta, infectándonos a todos, pero ya sin ningún vislumbre de lo que un día fue el bien invocado en la palabra. Así es como la profecía de Trump acerca de la muerte nocturna de toda una civilización se cumple en el acto mismo de pronunciarla, pero con respecto a la civilización sentenciadora que dice encarnar el presidente. 

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