The Objective
Joseba Louzao

Trump vs. León XIV, o la autonomía de la Iglesia

«El enfrentamiento entre el presidente de EEUU y el Papa no es una anomalía de un presente caótico. Se trata de un episodio más entre la política y la religión»

Opinión
Trump vs. León XIV, o la autonomía de la Iglesia

Imagen creada por inteligencia artificial.

Durante los años de la Transición española a la democracia se produjo un fenómeno que alteró algunos de los esquemas más asentados de la historia contemporánea española. El anticlericalismo, tradicionalmente asociado a la izquierda, cambió de signo en aquel tiempo. De pronto, quienes habían defendido un régimen de cristiandad comenzaron a señalar a obispos, sacerdotes y religiosos como si fueran peligrosos enemigos públicos. La Iglesia, que había sido sostén simbólico del franquismo, se convertía entonces en un problema, incluso de orden público. Recordemos que, por ejemplo, se abrió una cárcel para sacerdotes en Zamora y se intentó expulsar del país a un obispo, como en el caso de Antonio Añoveros. Solamente la amenaza de excomunión a Franco zanjó el conflicto.

La figura de Vicente Enrique y Tarancón condensó este giro. Sobre el cardenal recayeron los insultos más graves, se orquestaron muchas campañas y no fueron pocas las amenazas que se profirieron. Los gritos de «Tarancón al paredón», que compitió con aquel grotesco «Sofía Loren sí, Montini no», se convirtieron en síntomas de una mutación profunda. En la misa funeral del dictador, Tarancón tuvo que entrar y salir por la puerta de atrás. La tensión en la calle era evidente. La Iglesia española, tanto en su jerarquía como en buena parte de sus bases, se había desenganchado del régimen franquista y había apostado por la democracia. Con los aires del Concilio Vaticano II, Tarancón había decidido asumir las lógicas de una sociedad plural. Los obispos defendieron la separación entre la Iglesia y el Estado, la autonomía de ambas instituciones y el respeto de los derechos y libertades básicas.

No es difícil pensar en aquellos episodios al observar el choque frontal que ha iniciado Donald Trump contra León XIV. Porque una parte del catolicismo español se ha puesto del lado del líder estadounidense. De nuevo, el papa vuelve a ser reducido a su apellido, una de las formas que se tiene para deslegitimar al pontífice desde dentro. Y así tenemos a una izquierda aplaudiendo, como ya hacían con Francisco, a León XIV y una parte de la derecha atacando al papa. Para algunos, además como gran anatema, León XIV es más político que su antecesor porque lo hace sin levantar muchas sospechas.

Desde el momento en que se formuló la distinción entre lo de Dios y lo del César, se ha iniciado una tensión entre ciertos liderazgos políticos y el papado a lo largo de la historia. Una relación ambivalente en la que, hasta tiempos muy recientes, siempre uno ha querido dominar sobre el otro. Por suerte, el siglo XX transformó a la Iglesia y apostó por otra forma de estar en el mundo. Los que no han cambiado tanto han sido los políticos. El caso de Donald Trump es ilustrativo. Durante el último cónclave, su entorno dejó entrever el interés por influir en la elección pontificia.

«Cuando la Iglesia refuerza mis posiciones, es bienvenida al espacio público. Cuando las cuestiona, se convierte en un problema»

Como señaló Alberto Melloni, y he profundizado en uno de los capítulos del libro La derecha desnortada (editado por Armando Zerolo), se trataba de una «tentación carolingia» para someter la Iglesia a un proyecto político propio. Este interés ya se percibió en la extraña visita del vicepresidente estadounidense a un papa moribundo. Parecía que el encuentro quería reflejar que la Casa Blanca protegería y daría un altavoz al pontífice, siempre y cuando este se aviniese a apoyar las tesis de Estados Unidos. Hasta se insinuó que el pontífice debería ser norteamericano, y a ese juego se dedicó Trump en sus redes sociales.

El resultado del cónclave fue paradójico. El escogido fue un norteamericano, pero el nuevo pontífice no encajaba en el molde esperado. En las últimas semanas, el enfrentamiento entre Donald Trump y León XIV ha pasado de desacuerdos puntuales sobre la guerra a un choque abierto entre los dos. Trump ha atacado al Papa por sus posiciones pacifistas, mientras León XIV ha reafirmado sin matices la autonomía de la Iglesia frente a cualquier presión que le impida ejercer su autoridad moral. Quienes llevan media vida defendiendo una Iglesia fuerte en el ámbito público han pasado a cuestionarla porque no confirma sus posiciones. Y quienes llevan media vida atacando a la Iglesia le aplauden. Al menos, hasta que se posicione en otros conflictos morales aún abiertos.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la Iglesia católica se convirtió en un poder blando que algunos autores han denominado un mediador ético primario en la escena internacional. El enfrentamiento entre Trump y León XIV no es una anomalía de un presente caótico y desordenado. Se trata de un episodio más entre la política y la religión. Por desgracia la dinámica sigue igual. Cuando la Iglesia refuerza mis posiciones, es bienvenida al espacio público. Cuando actúa con una conciencia crítica que las cuestiona, se convierte en un problema. Al final, vamos a creer que el problema no es tanto la presencia de la Iglesia en la vida pública como su autonomía –compartamos o no sus posicionamientos.

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