Sánchez y el lado correcto de los mapas
«Creerse en el centro del mundo o en el lado correcto de la historia es algo bastante frecuente. Lo terrible es que también le pasa a Trump y a los ayatolás»

Imagen creada con inteligencia artificial.
Hace unos días, Pedro Sánchez habló en la Universidad Tsinghua, de Pekín, un centro de excelencia que compite con el MIT por la supremacía en investigación en ingeniería y computación. Allí contó la historia del mapa del mundo que mostró Matteo Ricci en la corte del emperador de la China a finales del siglo XVI, un mapamundi centrado en el Mediterráneo, con el Nuevo Mundo a la izquierda y Oriente a la derecha, como era habitual en estos mapas occidentales, que estaban conociendo entonces su época dorada (es la época clásica de la cartografía holandesa y veneciana; Ricci era de Macerta, por cierto, en la costa que baña el Adriático).
Es conocida la anécdota que contó Sánchez sobre la rectificación que hubo de realizar el misionero. Al comprobar el lugar marginal que ocupaba su país en el mapa, las autoridades chinas se disgustaron. El hábil jesuita rehízo entonces el mapa y colocó a China en el centro, con Europa a la izquierda y América a la derecha, una maniobra diplomática y epistemológica muy efectiva (para su supervivencia, no se andaban con chiquitas los mandarines).
Se olvidó Sánchez de añadir que también Ricci empleó unos prismas de cristales venecianos y algunos relojes para despertar la curiosidad y admiración de sus anfitriones. Todas las culturas tratan de fascinar a las otras con artilugios mecánicos y tecnologías mágicas. Y todos los políticos, los misioneros y los comerciantes tratan de colocar sus discursos, sus dioses y sus productos en sus viajes y empresas. Es frecuente halagar a los anfitriones para ganarse su favor. Ven en ellos futuros clientes, aliados o incluso súbditos. Felipe II, por cierto, llegó a planear una gran armada para conquistar la China. O bien nadie le había enseñado un mapa de la China o bien estaba crecido y después de hacerse con media América y llegar hasta Filipinas, les dijo a sus allegados en El Escorial: «Sujetadme el cubata».
No creo que Sánchez sueñe con conquistar la China (aunque dada la grandilocuencia cosmopolita, multicultural, policéntrica y decolonial del presidente, vaya usted a saber). Sí me parece posible, en cambio, que China quiera contar con aliados, satélites y clientes en Europa, ahora que Donald Trump ha decidido que Europa no es un buen aliado, que prefiere jugar un día al póker con Rusia, otro a la guerra con Irán y mañana váyase usted de nuevo a saber.
Realmente, hay que agradecer al asesor o asesora de Exteriores que le haya colado en el discurso al presidente la anécdota del mapa de Ricci. Demuestra interés por la historia y revela la persistencia de ciertas actitudes y prácticas diplomáticas en los encuentros culturales. Aunque tampoco estaría de más que alguien le soplara que las historias universales, el derecho internacional público y el relativismo cultural son más occidentales que la proyección Mercator. Y que la China de entonces, por cierto, se autodenominaba el «Imperio del Centro», Zhōngguó, 中国.
«Los mapas, como las historias, son miradas, perspectivas. Pero es difícil estar a la vez en el centro y en un lado (aunque sea el bueno)»
Pero seamos razonables. O empáticos, que diría un moderno. O misericordiosos, que hubiera dicho Ricci. Creerse en el centro del mundo o en el lado correcto de la historia es algo bastante frecuente. Nos pasa a muchos: a los niños, a los adolescentes y a los mayores. A los chinos y a los europeos. A los que esgrimen el progreso y la igualdad, y a quienes invocan la libertad y la justicia. Lo terrible es que también le pasa a Trump y a los ayatolás, y que también le pasaba a Mao Tse-Tung y a Hitler. Y al pueblo elegido, ay, también al pueblo elegido.
Nos quedan al menos un par de certezas en este mundo lleno de dudas y de problemas. Los jesuitas fueron grandes gestores de la hibridación cultural, maestros a la hora de conjugar tradiciones y componer relatos sincréticos. Como los hábiles políticos en campaña, llegaban a todos los sitios y decían lo que sus anfitriones querían oír. Pero luego te convertían, claro.
Y dos, en lo que a mapas se refiere, hay proyecciones conformes, que conservan los ángulos y los perfiles de las costas, y proyecciones equivalentes, que respetan el tamaño de las áreas representadas. Pero no los hay que sean conformes y equivalentes al mismo tiempo. Trasladar la superficie esférica de la Tierra a un plano bidimensional exige sacrificar o privilegiar unas cosas u otras. Los mapas, como las historias, son miradas, perspectivas. Pero es difícil estar a la vez en el centro y en un lado (aunque sea el bueno). Ni el mejor prestidigitador puede generar la ficción de representarlo todo, de enunciar la verdad absoluta, de representar la quintaesencia de Occidente y estar fuera de este mundo, en fin, de estar en misa y repicando.